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PINTORES DE LA BOCA

ir a pintores de la boca1

  DE LAS CALLEJAS DEL PUERTO A LA INMORTALIDAD por Isidoro Blaisten

"El humo llueve sin prisa / con espirales de hollín. / Bajo la lumbre carmín / se duermen los caseríos, / y en un fondo de navios / pasa Quinquela Martín". Creo que estos versos de Orlando Mario Punzi muestran con precisión cómo en el barrio de La Boca arte y vida formaban parte de un mismo paisaje. La mayoría de los artistas de La Boca nacen en el barrio y algunos llegan a la Academia: el escultor Pedro Zonza Briano, autor del monumento a Leandro N. Alern, y el pintor Miguel Diomede ocuparon un sillón en la Academia Nacional de Bellas Artes.Muchos tienen que librar su imprescindible lucha contra la pobreza y casi todos estudian en las agrupaciones culturales del barrio. En la biblioteca del Sindicato de Caldereros, una tarde, Quinquela descubre el libro El arte de Augusto Rodin y ahí comprende su destino. Y es en Unione e Benevolenza donde se forma Cúnsolo. En 1940, Fortunato Lacámera funda la agrupación Impulso, que ya había sido anticipada por el Ateneo Cultural de La Boca, en 1926. El barrio es un polo de atracción y vienen artistas de otros barrios: el extraordinario grabador y escenógrafo Abraham Vigo y el excepcional Fació Hebequer, pintor, dibujante y grabador, que tanto admiraba Roberto Arit. De La Boca fueron la cantante Rosita Quiroga, el compositor Pedro Láurenz, y el gran músico del barrio, con el que Punzi remata su poema "El gorrión y la luna": "Alguien silba con unción / un tema de tango muerto. / Y en las callejas del puerto / se aleja la melodía / mientras llora todavía / por Juan de Dios Filiberto". Es en estas "callejas del puerto" donde Victorica, Lacámera, Daneri, pintarán lo mejor de su obra. Es aquí donde dos grandes pintores: Cúnsolo y Diomede, se harán inmortales.En los cuadros deshabitados de Víctor Cúnsolo siempre algo está por suceder. Algo extraño va a pasar y hay una atmósfera rara que confiere a la calle, al río, al puerto y a los barcos una magnitud de ensoñación. Un sosiego, una paz dormida están esperando. No se sabe qué esperan, pero esperan. Es como una respiración de ángeles. Cúnsolo crea una inmovilidad eterna, impone un lugar y delimita una arquitectura: todo puede suceder, pero siempre aquí, en estos límites precisos.No sé si Cúnsolo alcanzó a conocer a De Chirico: esa arquitectura que se impone sobre los seres, sobre las cosas y sobre la desolación, pero a mí me lo recuerda. Pero, a diferencia del gran maestro italiano, Cúnsolo no necesita de la reminiscencia de los clásicos. En sitios plebeyos, entre barracas inhóspitas y galpones destruidos, los mástiles desnudos van hacia lo alto, señalan el lugar donde han pasado las gaviotas, las huellas invisibles que dejan en el cielo. No hay nadie. Entonces el color estalla como un ramo de pólvora y la luz misteriosamente se duplica y brilla y vuelve a brillar sobre el río inmóvil. Cúnsolo murió a los 39 años, pero antes nos dejó la contemplación estupenda de un arrabal melancólico que él tornó luminoso como la esperanza."Una naranja es, para mi, un mundo necesario, perfecto". Esta confesión de Miguel Diomede creo que podría explicar su credo artístico. Para Diomede, el mundo es la pintura y busca en ella necesariedad y perfección. El hecho de que el mundo pueda caber en una naranja recuerda el descubrimiento de Borges en "El Aleph": "Vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo". Toda la historia del mundo cabe en "El Aleph" y todos los problemas de la pintura caben en una naranja. "Resolver" esa naranja es, para Diomede, resolver los problemas de la pintura. Sabe que la luz que ahora ilumina esa naranja mañana no va a ser la misma y anhela registrar ese paso. Y quisiera registrar el paso del tiempo en los rostros de todos los retratos y todos los autorretratos que pinta, y el ínfimo resplandor en el espejo y el matiz pasajero, esa fugacidad y sus enigmas, la perduración del instante en todos los objetos, juntos y al mismo tiempo, como están en el mundo, como quisiera que estuvieran en el cuadro. Y lo más difícil, sin apartarse de la figuración, sin destruir las formas, aunque creo que poco a poco las iba destruyendo. Por eso volverá una y otra vez a retocar infinitamente sus trabajos y pensará que los cuadros no se terminan, se abandonan.En esa búsqueda entregó su vida. Podría haber sido uno de tantos pintores efectistas, porque poseía una extraordinaria capacidad técnica, pero era un hombre honesto, un artista cabal y su lucidez le advertía que ese refinamiento del color, esa limpidez de nacarados imposibles e iridiscencias magníficas sólo podría lograrse a través de una elaboración incesante. Y en esa elaboración incesante lucha contra el tiempo: "Pinto cuadros chicos, de pequeño formato, si no, con mi manera de trabajar, no terminaría nunca", dijo una vez. Diomede reflexiona como pocos; elimina todo lo innecesario, lo superfluo. Es un obsesivo, un perseguidor; busca lo fundamental en lo elemental y quizá, sin estridencias, lo más profundo de la condición humana.

Poeticas del silencio
por Sylvia Iparraguirre

La Boca fue el barrio periférico que albergó la bohemia emblemática de los años veinte, aquella de los artistas que maduraron su arte a orillas del Riachuelo. Pero La Boca fue, sobre todo, lugar de trabajadores, donde las ideas socialistas y anarquistas traídas por inmigrantes artesanos e hijos de campesinos se abrían paso en el creciente entorno industrial de fábricas, curtiembres y fundiciones. Un dinamismo incesante del trabajo -hombres en movimiento, carga y descarga de barcos, barcazas llevando trabajadores a la Isla Maciel, el ensamblado, en 1914, de las enormes estructuras de hierro del transbordador tantas veces pintado por Quinquela- daba la pauta de un país que avanzaba hacia su futuro. Pero en 1930 la situación cambia dramáticamente. El crack económico mundial de 1929 y el golpe de Estado de Uriburu son sucesos nacionales e internacionales que marcan a fondo a la sociedad argentina. Fábricas que se cierran, desocupación, conflictos sociales. Este es también el marco en el que "los modernos" darían su batalla y en el que seguirían pintando los artistas boquenses. En la década siguiente, la de 1940, empezarían los embates del arte abstracto. Nuevos jóvenes pintores, entre otros los reunidos en la revista Arturo, cuestionarán a los consagrados y abrirán una línea que culminará en el llamado Arte Concreto Invención. Al margen del ir y venir de las polémicas estéticas e ideológicas, pintores solitarios como Cúnsolo o Diomede parecen representarse sólo a sí mismos.Los depurados, sintéticos y fascinantes cuadros de Víctor Cúnsolo nos hablan de un pintor introvertido que, en apariencia, nada tenía que ver con el tono bullicioso del barrio o con la fuerza temperamental de su amigo Juan Del Prete. Fue un solitario que murió joven, pintó escasos veinte años e hizo su propia búsqueda. Casi un autodidacta. No viajó ni conoció directamente las vanguardias que se desarrollaban en Europa, pero las intuyó con una certeza pasmosa, guiado seguramente por la necesidad expresiva de un lenguaje nuevo. Su pintura, en la que ambiente y autor se corresponden de modo tan personal, podría sostener aquella máxima de Tolstoi, pinta tu aldea y serás universal (máxima que puede extenderse a los interiores maravillosos de Fortunato Lacámera). Si Del Prete y Pissarro, sus amigos, participaron activamente en la tormenta que desencadenó la exposición de Pettoruti en 1924, Víctor Cúnsolo permaneció en su estudio, buceando en su propio yo y reflexionando sobre la forma. La conclusión a la que llegó fue la misma a la que llegara Gómez Cor-net, uno de los pintores que más participación tuvo en las batallas de los modernos, al regreso de todo ese aprendizaje: "auscultar el pulso de nuestra propia existencia, saber lo que queríamos, a dónde íbamos". Esto es lo que hace el solitario Cúnsolo pintando el puerto, los muelles, las brumas, las barcas, envueltos en un quietismo silencioso y transparente, sin moverse de su taller. Hijo de inmigrantes, había nacido en Sicilia en 1898. Llegó a la Argentina a los quince años. De la infancia italiana queda un chico que dibujaba en las paredes y hacía estatuitas de arcilla. La familia se instala en Barracas. Por un tiempo trabaja en una carpintería, luego comienza a asistir a las clases de dibujo y pintura de un viejo maestro italiano, Mario Piccione, en la mítica sociedad Unione e Benevolenza. Según se dice, completó los cinco años en cinco meses. En los salones de Unione conoce a Juan Del Prete, también italiano y casi de su misma edad. Del Prete lo introduce en las ruidosas reuniones del grupo El Bermellón y le presenta a Pissarro. Bautizado así por Del Prete, el grupo se reunía en un taller de Pedro de Mendoza y Australia. Es el comienzo de la pintura de Cúnsolo, cuando adopta una resolución de tipo impresionista. Se discutía largamente lo que sucedía "en el centro" y se seguían las críticas de arte, especialmente las de Atalaya, en la publicación Campana de Palo. Unos años después, Pissarro y Del Prete recorren Montparnasse y serán parte del grupo de París. Cúnsolo, en La Boca, pinta telas marcadas por la intuición de Cézanne y por el acatamiento de una razón constructiva que las depura, llevándolas hacia un lenguaje esencial. En 1924 manda obras al salón Mutualidad de Bellas Artes; luego a La Peña, en 1927, y a Amigos del Arte, en 1928. Entre 1927 y 1931 había mandado al Salón Nacional, en el que seguiría participando desde La Rioja en 1933, 1934 y 1935. Estos envíos consolidan su presencia en el medio local donde la crítica y cierto público atento reconocen su pintura. En 1928, críticos y colegas que militan en la vanguardia revulsiva lo reconocen: "Una comprensión simple y depurada de la pintura. Y esto gracias a una progresiva simplificación de los elementos a su significado plástico". (Alberto Prebisch) o "...con escasos elementos, nuestro artista trata de concretar las visiones de su mundo objetivo en formas claras y bellas, apartándose en todo lo posible de esa pintura (...) superficial y efectista" (Emilio Pettoruti). Hacia fines de los años treinta la tuberculosis que padecía hace crisis y debe dejar atrás Barracas y La Boca para buscar un clima más benigno. Se instala en Chilecito, La Rioja, en 1933. El encuentro con el paisaje, una realidad completamente nueva, lo sacude. Una especie de regreso a las fuentes cézannianas y un replanteo del color dan, tal vez, algunas de sus mejores obras. Durante tres años pinta en La Rioja. Vuelve a Buenos Aires, donde muere antes de cumplir los treinta y nueve años. Lejos de Quinquela Martín, más cerca de Lacámera pero igualmente distante de su recogimiento íntimo, Cúnsolo es y no es (en el sentido de "típico") un pintor boquense. Lo es sin duda por formación y biografía. No lo es en tanto su búsqueda personalísima da cuadros en los que la ausencia de la figura humana y la resolución neta y geométrica crean una atmósfera metafísica, a la vez que poética y onírica (El puerto, Elevadores, Barcas). O, como expresa Vicente Caride: "Su instinto de lo esencial da profundidad a sus síntesis de colores y de planos. Es estricto sea cual fuere el género que cultiva, naturaleza muerta, figura o paisaje; en todas sus telas aparece la misma preocupación de orden, de legibilidad, la misma nitidez y cuidado, suprimiendo todo lo accidental, lo inútil, para obtener una superficie lisa".Nacido en una familia extremadamente humilde, Miguel Diomede (1902-1974) ejemplifica al hijo de inmigrantes italianos que en medio de penurias familiares logra hacer aquello en lo que fanáticamente cree, la pintura, y abrirse un camino hasta el reconocimiento. Tuvo una temprana relación con la muerte (su padre muere cuando él tiene cuatro años, su madre cuando tiene catorce) que marcaría con tono sombrío los años de juventud. Parte de su vida la pasó en un empleo subalterno en un Ministerio, empleo del cual no renegaba porque le permitía concentrarse en lo único que verdaderamente le importó, la pintura. Silencioso, modesto, de pocas palabras, todos los que lo conocieron decían que Diomede se parecía a su obra. Exponía muy poco, pintaba lentamente, volvía una y otra vez a sus cuadros. No quería desprenderse de ninguno, siempre le parecían inconclusos. Decía: "Cuando veo un cuadro mío en una exposición o en un museo lo comprendo a Bonnard, que iba a retocar los suyos en las salas donde estaban expuestos". Poeta del silencio, intimista colosal, artista de la profunda delicadeza, éstas son algunas de las frases con que críticos de arte y comentaristas han intentado caracterizar a Miguel Diomede y su obra. Lo cierto es que eligió la soledad para pintar y el despojamiento para su obra. Desde esos pilares dedicó cuarenta y cinco años de fervor a la pintura. El reconocimiento vino más tarde. Cuando en 1958 Romero Brest, director del Museo Nacional de Bellas Artes, decide hacer una retrospectiva de Diomede, recibe múltiples elogios. Lo mismo ocurre con galerías y museos del interior: las muestras deslumhran a la crítica y al público. Poco visto antes, en las retrospectivas el conjunto de telas se despliega, potenciándose unas a otras, y aparece la obra de un pintor insospechado. Se hacen patentes los años de severa y estricta ordenación mental para transmitir lo casi intransmitible: delicadeza,la cualidad más señalada de su obra. En Pedro de Mendoza sobre la Vuelta de Rocha, en el barrio que nunca dejó, estaba su taller. Desde allí nos llega su propia voz: "Yo nací en Buenos Aires, en este mismo barrio de La Boca, en la calle Suárez al 200. A los diez años obtuve el premio de una medalla en un concurso de dibujo de Caras ^ Caretas. Siempre me apasionó el dibujo. Pero solamente un año pude estudiar en la Academia Nacional de Bellas Artes, junto a Centurión. Este maestro me allanó el camino para continuar en tercer año en la Academia, pero el trabajo me requería y debí seguir mi aprendizaje por mi propia cuenta... Después con Faggioli, con Arcidiácono, con Rosso nos largábamos a pintar en la Isla Maciel, era allá por 1929. Creo que en pintura hay que intentarlo todo para dominar el oficio: figura, paisaje, naturaleza muerta... Hasta 1938 ó 39 estaba dentro de cierto expresionismo. Mi materia era entonces más abundante, más pastosa...". Afirmaría también que sus maestros permanentes eran Cézanne y Bonnard. Un concepto de Leonardo regía toda su idea de la pintura: "Creo que, siguiendo a Leonardo, la pintura debe ser cada día más mental. Se trata de buscar lo vivo de los movimientos pictóricos y de utilizar con inteligencia sus conquistas, aplicándolas con lucidez" (El Hogar, 1952).La crítica afirma que es hacia la década del 40 cuando sus tendencias más personales comienzan a afirmarse mediante un dominio mayor de su propio lenguaje. Tendencia que se manifiesta en la armonía, en la integración plástica de los elementos representados en la tela. Todos los géneros despiertan su interés, pero hay una inclinación hacia la figura y la naturaleza muerta. Diomede pintó retratos (Ada, Rita, La mujer en verde), paisajes (El río, Quinteros en la Isla Maciel, Riachuelo, Calle de La Boca); naturalezas muertas (Uva y durarnos, Naranjas, Jarra blanca y peras). Destaca Elena Poggi que uno de los logros de Diomede en el género retrato consiste en aislar los caracteres objetivos del modelo, robándole su vida anímica secreta. En cuanto a las naturalezas muertas, requieren rigor y lucidez para lograr la armonía, de la que Diomede es maestro, ya que los objetos se presentan sueltos en la realidad y deben ordenarse en la composición dentro de ciertos límites impuestos por sus volúmenes naturales y sus formas. Diomede fue un pintor apartado de los "ismos", un hombre completamente integrado a su pintura, un perfeccionista al que Osiris Chierico recuerda en una imagen: "Alguna vez Luis Seoane, que lo admiró mucho porque lo comprendió mucho, lo comparó con el pintor que Vermeer puso de espaldas al espectador y frente a la tela, en actitud de entrega total, de concentrada reflexión sobre la fugacidad de aquello que intenta detener con su pincel".El 22 de agosto de 1937 en las páginas del diario La Nación se señala la inauguración, ese mismo día, del Salón de Artistas Noveles de La Boca. Organizado por el Ateneo Popular de La Boca, la restricción a noveles la sustenta el articulista en la voluntad de la institución que "anhela propiciar a quienes están en los comienzos, máxime cuando se trata, como ahora, de cultores humildes.*.". El Ateneo es, desde su fundación en 1926, un importante centro cultural barrial que ha realizado múltiples actividades destinadas a la promoción de las artes plásticas, la música y la literatura al mismo tiempo que sostiene diversas publicaciones. En diciembre de ese mismo año promoverá una de las actividades más significativas de su historia: organiza en las céntricas salas de Amigos del Arte la exposición postuma de Víctor Cúnsolo, el más temprano y justo homenaje al joven artista fallecido ese año.Víctor Cúnsolo responde al perfil de los artistas de La Boca. Inmigrante, había nacido en Sicilia de un matrimonio de artesanos; llega a la Argentina con diez años. Se forma luego en la asociación Unione e Benevolenza con el maestro italiano Mario Piccione, es decir, en los espacios de formación no tradicionales. Luego de una primera etapa, donde en sus paisajes de contornos indefinidos prima la pincelada visible cargada de materia, sufre un cambio radical en su obra. En los Salones Nacionales de 1928, 1929 y 1930 Cúnsolo presenta una serie de paisajes de La Boca donde ese cambio es evidente. Son los mismos años en que, junto a Fortunato Lácamera, toma contacto con la obra de artistas italianos contemporáneos; en su biblioteca conservará celosamente un ejemplar del catálogo de la muestra del Novecento italiano. En esa época Cúnsolo frecuentará también a Alfredo Guttero y Lorenzo Gigli, quienes regresaban al país cargados de las novedades de la plástica europea. La factura rápida de sus primeros paisajes es entonces abandonada, los contornos se vuelven nítidos y el motivo se aproxima a una visibilidad que, sin embargo, no es una representación fiel de lo real. Paisajes de La Boca, paisajes de Chilecito, naturalezas muertas y algunos retratos constituyen los motivos de sus cuadros, en los que estructura geométricamente la composición. El espacio boquense de los alrededores del Riachuelo se transforma con deformaciones de la perspectiva y acentúa los planos de la arquitectura creando efectos de profundidad. Los paisajes de Chilecito, donde se ha trasladado luego de contraer tuberculosis, sufren el mismo proceso que los paisajes urbanos: las rocas son casi cuerpos geométricos y un camino se aproxima a una lisa linea curva. Todo el motivo aparece sometido a un estatismo en los límites de lo real. Su obra desconcertó a la critica tradicional al mismo tiempo que cierta crítica vanguardista, que suele medir la novedad de los artistas por la mayor o menor proximidad con la abstracción, ignoraba una obra que, sosteniéndose en la tradición —figuración y géneros tradicionales— la reformulaba desde la modernidad.El mismo artículo de La Nación citado anteriormente continuaba señalando "Almas de artistas... Pero la existencia los constriñe a otros menesteres, rudos y ásperos, ajenos a sus vocaciones auténticas". Se refería a la condición de asalariados de los participantes del Salón de Artistas Noveles, y el articulista reclamaba que los participantes pudieran dedicarse a su arte. El año anterior el Primer Premio del Salón le había sido concedido a Miguel Diomede. Boquense típico, de familia humilde, durante buena parte de su vida, Diomede comparte el trabajo asalariado con su producción artística, tal cual lo describe el crítico de La Nación. Fue presentado siempre como autodidacta y efectivamente no asistió a la Escuela de la Academia, sin embargo, trabajó durante cierto tiempo con un grabador catalán y es probable que a su lado haya recibido cierta formación. Los temas de sus obras son algunos paisajes de La Boca, naturalezas muertas, retratos y figuras. En su pintura parecen convivir dos vertientes. En una de ellas la línea adquiere cierto protagonismo, se deja entrever tenuemente y refuerza con sutileza un perfil, el contomo de una mano o circunscribe los límites de una fruta. En su segunda vertiente trabaja por el color y el protagonismo absoluto lo tiene la mancha que muestra la existencia desdibujada de un paisaje o instala la presencia de una fruta. En los paisajes de La Boca las indicaciones espaciales están dadas por el color; así, un rojo avanza o un azul retrocede señalando la disposición de los elementos. Trabaja con materia muy diluida, lo que le permite una superposición de pinceladas que hacen emerger los volúmenes de adentro hacia afuera. Sus pequeños toques de color diluido dejan aparecer el grano de la tela y generan texturas. Los contornos se difuminan y una zona de color invade la otra. Todo en su obra tiende ,i desdibujarse, como si la materialidad de los objetos y de las personas se hubiera detenido entre el surgir y el realizarse o como si fueran parte de un sueño y las cosas y los seres humanos se perdieran en la distancia. A su modelo, que también pinta, le recomienda: "Trate... de verse por dentro en lo que no se puede ver pero se siente, y llegará a conocer el lenguaje de su personalidad". Su insistencia en los retratos, autorretratos y naturalezas muertas aparece así como parte de un ejercicio repetido incansablemente en el que pretende aprehender la esencia, siempre inalcanzable, de su objeto; su propia esencia.

Explicacion de obras

Miguel Diomede; Autorretrato, 1955;óleo sobre cartón, 60,5 x 50,5 cm; colección Mauricio Isaac Neuman, Buenos Aires
Miguel Diomede; Autorretrato con fondo verde
, c. 1950/73; óleo sobre tela, 66,5 x 52 cm; coleccn privada, Buenos Aires
Miguel Diomede; Desnudo de escalda, 1971; óleo sobre tela, 6¡,5x5l cm; colección privada, Buenos Aires
Miguel Diomede; Calle de LaBoca, 1956; óleo sobre tela pegada sobre carton 30x 24 cm; .colección privada, B
uenos Aires
Miguel Diomede, Paisaje de La boca 1960 (detalle); olea sobre tela pegada sobre cartón,32 x-45,7 cm; colección privada, Buenos aires'
Victor Cunsolo  puerto vista  de Rocha1930 detalle: oleo sobre carton 68 x 76,5 cm;
coleccion privada buenos aires
Víctor Cúnsolo; El puerto /930 (detalle). óleo sobre cartón, 71 x80cm; Museo Provincial de Bellas Artes, La Plata. Buenos Aires
Victor Cunsolo  vuelta de rocha oleo sobre carton 69x54 cm coleccion privada Buenos Aires
Víctor Cunsolo; La iglesia de la Boca,1930; óleo sobre nmdera, 78 x 69
cm, Mimsteno de Educación. de la Nación, Reblica Argentina
Victor Cunsolo Paisaje de la rioja 1937 oleo sobre madera  69,2 x59,5 cm Coleccion Mauricio Isaac Neuman  Buenos Aires
Victor Cunsolo Elevadores 1929 oleo sobre carton 69,5 x 59 cm coleccion privada Boston usa

Miguel Diodeme Desnudo de espalda, 1971
A la manera de un tapiz, fondo ^ figura son tratados al mismo nivel y pasan a ser un rotundo ejercicio de color. Los cálidos amarillos 'y rojo") de la izquierda 'y los blancos 'y grises de la derecha rodean la escalda femenina: un
infinito pasaje. ' de pinceladas diluidas para diferentes zonas de color. Cada porción de la tela imita al descubrimiento de. nuevos detalles.
Miguel Diomede; Desnudo de escalda, 1971; óleo sobre tela, 6¡,5x5l cm; colección privada, Buenos Aires
Miguel Diomede  Calle de La Boca, 1956
Calles, veredas, casas y aun el recorte del cielo han sido geometrizados. En esta obra,a diferencia de las anteriores,'entorno tiende a desaparecer, el artista define los componentes. y luego, en su interior, trabaja el color. La materia diluida permite ver el grano de la lela, el hilo detiene el color y crea múltiples texturas.
Miguel Diomede; Calle de LaBoca, 1956; óleo sobre tela pegada sobre carton 30x 24 cm; .colección privada, Buenos Aires
Miguel Diomede | Paisaje de La Boca, 1960
El dibujo, en esta obra, cobra relevancia: cierra el contorno de la arquitectura del fondo 'y define las aristas de la caseta del primer plano. El color tema dentro de esos limites: los azules retroceden ^ los rojos avanzan. El grano de la tela se incorpora ¿a la obra como un elemento plastico 'mas.
Miguel Diomede, Paisaje de La boca 1960 (detalle); olea sobre tela pegada sobre cartón,32 x-45,7 cm; colección privada, Buenos aires'
Victor  Cúnsoio puerto Vuelta de Rocha, 1930
 Tratada como un cuerpo sólido, la masa quieta del agua se . hace impenetrable y
sobre ella, como en un espejo, •se duplica  la imagen de los barcos. Al fondo, los edificios se 'enciman  unos a otros y falsas perspectivas les hacen adquirir aspecto de un decorado teatral. El humo de las bar cos es el único rasgo de vitalidad del paisaje.
Victor Cunsolo  puerto vista  de Rocha1930 detalle: oleo sobre carton 68 x 76,5 cm; coleccion privada buenos aires
Miguel Diomede Autorretrato con fondo verde» 1950/73
La representación de sí mismo pasa a ser parte del ejercicio pictórica. La imagen registra el paso de los años y es terreno inagotable de busquedas. Fondo y chaqueta crean el marco i y. 'el encuadre del rostro iluminado desde la derecha. ki rojo del pañuelo provoca la ruptura e invade la piel con .sus reflejos.
Miguel Diomede; Autorretrato con fondo verde, c. 1950/73; óleo sobre tela, 66,5 x 52 cm; colección privada, Buenos Aires
Victor Cunsulo Paisaje de la boca 1931
  LasI casas,Los diferentes elementos del paisaje casas, balcones, plazoletas y barcos, han sido reducidos a formas elementales que por su simplificacion evocan los dibujos infantiles. El puente esta indicado por dos poderosas torres El raquitismodel arbol acentúa la risteza del paisaje obrero
Víctor Cúnsolo El puerto, 1930
Cunsólo somete: el paisaje a una transfiguración  alteraciones de. la perspectiva, horizonte alto, desproporcion enrtre los diferentes elementos contomos nítidos, colores lisos casi sin indicaciones de volumen. Su obradenota la influencia, de la pintura italiana italiana contemporanea La
ausencia de vida humana acentúa el clima de desolacion
Víctor Cúnsolo; El puerto /930 (detalle). óleo sobre cartón, 71 x80cm; Museo Provincial de Bellas Artes, La Plata. Buenos Aires
Victor Cunsolo La Vuelta de Rocha 1929
La precisa y nitida curva de la "y Vuelta de. Rocha se aproxima a una línea trazada con el compás. El cuerpo oval, volcado hacia volcado hacia el espectador, como la barcaza del primer plano, se constituye el elemento central de la obra. a. partir del cual se estructura composición. El paisaje boquense adopta la quietud desolada paisajes metafísicas de Giorgio De Chirico.
Victor Cunsolo  vuelta de rocha oleo sobre carton 69x54 cm coleccion privada Buenos Aires
Víctor Cúnsolo La iglesia de La Boca, 1930
La diagonal de la calle boquense exagera la pendiente. figuras humanas apenas esbozadas y el pasaje de un carro por la calle transversal recuerdan que allí aún existe la vida. La cortina del almacén adquiere una rigidez semejante a las telas de las obras» de Lacámera e indica la cercanía de las busquedas ¡pictoricas de ambos artistas.
Víctor Cunsolo; La iglesia de la Boca,1930; óleo sobre nmdera, 78 x 69 cm, Mimsteno de Educación. de la Nación, República Argentina
Víctor Cúnsolo Elevadores, 1929
La pureza de la línea insiste en la depuración extrema de los elementos, todo lo superfino ha sido eliminado. En el primer plano, la riqueza plástica de la oposición de rojos y ' negros es acentuada por la neutralidad espectral del agua v el cielo. Los silos y galpones de Buenos Aires recuerdan la
modernización del país, que se afirma como granero del mundo.
Victor Cunsolo Elevadores 1929 oleo sobre carton 69,5 x 59 cm coleccion privada Boston usa
Miguel Diomede; Autorretrato, 1955;óleo sobre cartón, 60,5 x 50,5 cm; colección Mauricio Isaac Neuman, Buenos Aires
Miguel Diomede (1902-1974)
Autorretrato 1955
los aristas han recurrido frecuentemente al autorretrato. En ocasiones, 'es el interes romantico
hacia su propia persona. Aqui la mirada del artista se dirige., inquisitiva, hacia si mismoy hacia el espectador. Luces y sombras definen y ocultan, recortan los angulosos rasgos del artista •v descienden prolongandose en el blanco en de la camisa.
Miguel Diomede; Autorretrato, 1955;óleo sobre cartón, 60,5 x 50,5 cm; colección Mauricio Isaac Neuman, Buenos Aires
Victor Cunsolo  Paisaje de la rioja 1937
la rigurosa construccion geometrica del paisaje se eleva verticalmente y bloquea el espacio .El cielo muy iluminado  acentua el contraste y otorga una monumentalidad  agobiante a las construcciones.A su lado surge diminuta  la carpa de circo .El paisaje riojano  ha sido sometido  la misma transformacion que los paisajes boquenses
Victor Cunsolo Paisaje de la rioja 1937 oleo sobre madera  69,2 x59,5 cm Coleccion Mauricio Isaac Neuman  Buenos Aires