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Benito Quinquela Martín

  disfrazado de gran maestre en la orden del tornillo cuchara de albañil afinada usaba para pintar por la cantidad de pintura que ponia en su juventud Un día de trabajo (1958, óleo sobre te!a típica Crepúsculo (1922), era su obra preferida y aunque la quiso el mismísimo Mussolini, Quinquela nunca la vendió.  
 

 

 
 

Un cuarto de siglo atrás moría el artista más emblemático del barrio más emblemático de Buenos Aires. Huérfano, autodidacta, generoso, genial por donde se lo mire, Benito Quinquela Martín tuvo una vida bien digna de ser considerada otra de sus obras de arte.“Un artista debe pintar su vida y su ambiente. El arte es fácil. Todo aquello que exige excesivo esfuerzo de creación no es arte personal ni verdadero”, fue la máxima de Rodin que Quinquela siguió toda su vida.
Quinquela vendió un cuadro en Nueva York y oMdó ponerle la firma. El dueño descubrió la falta y le ofreció un billete de ida y vuelta y mil dólares para que la firmara. Quinquela se negó porque estaba en Europa, por lo que el cuadro terminó viajando a París, donde fue firmado.
Un día tuvo la idea de convertir un abandonado desvío ferroviario en una calle alegre. Y consiguió que los vecinos la pintaran con luminosos colores. El potrero se convirtió en calle y se llamó Caminito.Quinquela fue un solterón insobornable, pero mujeres no le faltaron. Los amigos solían recordar las veces que le hicieron la pata para que las amantes no se le cruzaran en la escalera.

Huérfano. “Mi nacimiento se pier de en la sombra de lo desconocido”, decía Quinquela. Y no usaba metá foras; fue abandonado en el orfeli nato Casa de los Expósitos de Bue nos Aires, e121 de marzo de 1890, Lo dejaron envuelto en una pañoleta, con una carta que decía: “Este niño ha sido bautizado y se llama Benito Juan Martín”. Junto a la nota había un pañuelo con una flor bordada y cortada por la mitad, un recurso clásico para reconocer a un familiar abandonado cuando la madre deci día recuperarlo.
De aquellos primeros años, Quin quela sólo guardaba vagos recuer dos: guardapolvos grises, disciplina con amor, yla ansiedad de la espera, porque él tenía la certeza de que al guien lo iba a venir a buscarylo iba aquerer como hijo. Las monjas cada tanto reunían a los niños, mientras una pareja esperaba en la sala. Beni to sabía que en esos minutos podía decidirse su destino; la pareja elegía a un niño y se lo llevaba. El 16 de no viembre de 1897, por fin, lo eligieron a él. “Mi vieja me conquistó ense guida —asegura Quinquela en la au tobiografia recogida por Andrés Mu ñoz en 1963—, y desde un primer momento encontró en mí un hijo y un aliado”. lustina Molina, así se lla maba, era analfabeta, descendiente de aborígenes de Gualeguaychú, y se ocupaba de la casa y la carbonería. Manuel Chinchella, el padre adopti vo, era un italiano fortachón que re dondeaba los ingresos de la carbo nería hombreando de a dos bolsas de carbón por vez en el puerto. Aunque su relación con Benito era dis tante, cada vez que Manuel volvía del puerto una caricia de mano ruda le tiznaba la cara al niño. Pero cuando el viejo Chinchella no tenía trabajo en el puerto, acostumbraba irse al al macén a tomarse sus copas ya jugar al truco. “Mis padres formaban un matrimonio que era un modelo de incompatibilidad de caracteres. De todas las casas de la Boca, la nuestra era la que mantenía el récord de pla tos rotos en reyertas conyugales”, so lía recordar Quinquela. Al poco tiempo de estrenar familia, Benito comenzó la escuela en la que apren dió a leer, escribir, sumar y restar, cuando estaba aprendiendo a multi plicar sus padres lo sacaron para que ayudara en la carbonería. Tenía 10 años, y se entretenía haciendo garabatos en las paredes con carbón.
Carbonero y pintor. Un día, de m drugada, el padre lo despertó: “Ve tite rápido que tenés que venir co:
migo”. Caminaron hasta el puerto  donde habían amarrado barcos c boneros de Entre Ríos. Fue el día su debut como obrero portuario. mediodía regresaron a la casa desde que llegara la sopa, el viejo Chinchella, sin decir nada, le sin un vaso devino, y después de con le convidó el primer cigarrillo. Es gestos füeron para Benito la bienve’ nida al mundo de los adultos. Quinquela fue descubriendo el ambiente del puerto y aunque no solo bastaba con ser artista, seguía dibujando Carbón, cartones, papeles y bolsas de arpilleras fueron los materiaque usó para sus primeras obras.
Quinquela tenía 17 años cuando co menzó a tomar ciases enla academia de Alfredo Lazzari, un pintor italiano que se convirtió en su maestro. El único que tuvo. La libertad inculcada por Lazzari lo empapó al punto que se dedaró artista libre yno volvió a la academia. Completó su formación autodidacta en la Biblioteca del Sin dicato de Caldereros, donde encon tró la frase que su espíritu ya busca ba: “Un artista debe pintar su vida y su ambiente. El arte es fácil. Todo aquello que exige excesivo esfuerzo de creación no es arte personal ni ver dadero”. El pensamiento del escultor Auguste Rodin desplegado en el li bro El Arte, fue la nueva máxima de Quinquela. Y lo fácil para él era ms pirarse en lo que lo rodeaba: la Boca. Pero para el viejo Chinchella todos esos artistas de la Boca no eran más que vagos de profesión. Así fue que después de una pelea con su padre, Quinquela decidió irse de su casa para poder pintar más tiempo. Des cargaba carbón una semana y con eso vivía el resto del mes a mate y ga lleta, mientras con su caballete y sus pinturas a cuestas recorría el muelle olas calles del barrio. También pmtó para comeryvestir; hizo el retrato de Octavio Carbone, un zapatero amigo de él, a cambio de un par de zapatos y el de Francisco Borrone, otro amigo, por un café con leche. Décadas des pués, Quinquela les cambió a las fa milias de ambos estos retratos por obras más nuevas de él, “por una cuestión afectiva”.
Varios meses vagó sin familia y sin hogar, hasta que el amor por suma dreylas lágrimas de ella hicieron que volviera acasa. Construyó sutalleren lo alto de la carbonería, en Magalla nes 970, ypactó con el padre alternar su vida entre el trabajo yla pintura.
La Boca, su única inspiración.“A el maestro, como le decían los que lo conocían, no le gustaba que lo ala baran. Cuando él hacía alguna dona cióno alguna ayuda y la gente lo al zaba ylo victoreaba, él se enojaba y los puteaba para que lo bajaran”, re cuerda Leonor Masella de Galeano, viuda de Néstor Galeano quien tra bajó junto al pintor muchos años.
Esa actitud fue constante en su vida. Durante la exposición en Madrid quisieron condecorarlo por ser el pri mer pintor argentino que figuraba en el Museo de Arte Moderno. Re chazó tal honor. Lo mismo ocurrió en Italia, cuando quisieron nom brarlo Cavallero Oficiale, yen Francia, cuando lo propusieron para la Le gión de Honor. “Habrá de disculpár. seme, pues, si un amor y una convi vencia que ya duran medio siglo, me llevaron algunas veces a embellecer las cosas ylos seres de un barrio. Esa adhesión y ese sentido me conquis taron el título de pintor de la Boca, que es el único que aspiro yel que me corresponde en realidad”.
Primera exposición. En el puerto, Quinquela se encontraba habitual mente con otros pintores, igualmente apasionados por los motivos ribe reños. Hasta allí llegó, una mañana de 1916, el pintor y por entonces Di rector de la Academia Nacional de Bellas Artes, Don Pío Collivadino. Le preguntó a Quinquela a qué se dedi caba y este le contestó: “Soy carbone ro, señor”. Collivadinoquedótanim presionado con su pintura que quiso ver más. Caminaron hasta la carbo nería yla atravesaron, tratando de es quivar las manchas de tizne que el carbón dejaba en el elegante traje de Collivadino. Subieron porla estrecha escalera de madera hasta el taller del pintory después demiraryelogiarlos cuadros del “carbonero”, Collivadino le dijo: “Usted va a ser el pintor de la Boca. Yo, en cambio, no pintaré ja más motivos delpuerto. Hasta ahora me fascinaban, pero ya no existe ninguna razón, pues es imposible acer carse a lo que usted hace”. Coffivadino se marchó dejando a Quinquela con fuso por la catarata de elogios. Una semana después, apareció por el barrio otro señor preguntando por “el carbonero que pinta”. Los vecinos le indicaron dónde quedaba la carbo nería y hasta allí llegó Eduardo Tala drid, el secretario de la Academia, en viado por Collivadino. Manuel Chin chela llamó a su hijo: “ ¡Te busca un señor de guantes!”. Tala drid ascendió al atelier de Quinque lay allí acordaron preparar una expo sición. El 4 de noviembre de 191S se inauguró en plena calle Florida la pri mera muestra individual de “el car bonero” de la Boca. El éxito fue ro tundo; vendió varios cuadros, la críti ca alabó su obra y el viejo Chinchella empezó a tomar enserio, eso de que el hijo fuera pintor.
Crepúsculo. Crepúsculo en el Astihero o Crepúsculo a secas fue su obra preferida, la que más quería. En 1922 pintó esa tela, sobre la que el naranja y el negro fueron suficien tes para representar a un barco em papado de tristeza, e inmenso como la soledad.
La llevaba a todas las exposiciones que realizaba y la llevó en 1929 a Roma. Allí, mientras visitaba la muestra, el rey Víctor Manuel III le preguntó qué era la Boca. Quinque la le contestó: “Es un puerto de Bue nos Aires donde hay muchos italia nos que comen pizza y faina”. Al día siguiente apareció por el salón Beni to Mussolini. Se acercó a algunas de las obras expuestas y sorpresiva mente le dijo a Quinquela: “Lei é il mio pittore” (usted es mi pintor). Quinquela le preguntó en su italiano porquéloconsiderabaasí. El Ducele contestó en perfecto castellano: “Por que usted pinta el trabajo” y le pidió que le dedicara su retrato. Mussolinitambién firmó uno suyo y se lo dio. Acto seguido le extendió a Quinque la un cheque en blanco por un cua dro del que se había enamorado: Cre púsculo. Pero el maestro le dijo que no la vendía, que era su obra preferi da. Mussolini le respondió que lo perdonaba porque era buena perso na y porque se llamaba Benito, como él, y eligió otra obra: Momento Viole ta, que hoy está en el Museo de Arte Moderno de Roma con el nombre traducido: Momento Viola.
Pintar de memoria. Cada viaje y cada exposición significaban para Quinquela menos obras y más tra bajo. Y como sólo podía pintar en la Boca, a la vuelta de cada viaje o tras clausurar alguna exposición se ence rraba en su barrio a pintar. “Constm yo mentalmente la obra, que me per sigue a veces durante días, y aun me ses, pero cuando voy al cuadro, ya la he pintado en mi interior, de modo que la realización es rápida. Pinto casi todo de memoria, las cosas que apa recen en mis cuadros existen en la realidad, sólo que organizadas de otra manera, yo las traigo a la tela a medi da que las necesito, voy sacando del archivo de la memoria lo que me hace falta”, explicó Quinquela en su autobiografía.
Primero dibujaba con carbonilla, para esbozar la obra, y luego ponía el color con la espátula, instrumento que u.só casi exdusivamente en reem plazo del pincel, desde 1918. Para pin tar un cuadro de gran tamaño, dos o tres metros de tela, raramente em pleaba más de tres o cuatro días. Nun ca más de una semana. Esa rapidez le permitió pintar a lo largo de su vida cerca de 3.000 telas y varios murales.
Viajes y exposiciones. Su primera exposición en el exterior la realizó en Río de Janeiro, Brasil. Pero su obra trascendió al mundo en 1923, cuan doinauguró su exposición en Madridyvendió varios cuadros. El rey de Es paña Alfonso XIII lo recibió en su pa lacio y el Museo de Arte Moderno de Madrid adquirió dos pinturas suyas. Con las pesetas que trajo de España les compró a sus padres la casa don de vivían (hoy, la galería de arte La Carbonería) y cerró la carbonería que por entonces estaba en quiebra. Tra bajó duro poco más de un año prepa rando las obras que serían su tarjeta de presentación ante los franceses, en París. En 1927 viajó y expuso en Nueva York Más tarde, fue Roma, y en1930 Londres. Elmaestrocadavez que hacía un viaje salía pensando vol ver en un mes, pero se terminaba quedando 6 ó7 meses. Al regresar de Londres, su madre le reprochó:
“ ha viajado? ¿Cuánto más piensa estar fuera del país? Un día se va a ir y cuando vuelva me va a en contrar muerta”. Aquellas palabras calaron profundo en el corazón de Quinquela. Tanto que desde aquel día no viajó nunca más allá de Punta del Este, ni siquiera después de la muerte de su madre.
Historia de una firma. Durante su muestra en Nueva York, Quinquela vendió dos obras a un señor de ape llido Havemeyer, quien las donó al Museo Metropolitano. Las obras eran Día de soly Día gris en la Boca.A esta última, Quinquela olvidó fir marla. Cuando Havemeyer descu brióla falta, le ofreció el billete de ida yvueltay mil dólares, para que vía ja- ray firmara la pintura. Quinquela le contestó que no podía volver a Esta dos Unidos, que iba a estar presen tando su muestra en Roma. Enton ces, Havemeyer le envió la obra a Pa ris —hasta donde Quinquela viajó—y le pagó mil dólares por agregarle al cuadro el detalle que faltaba.
Donaciones y regatos. Ya enla dé cada de 1930 Quinquela era un artis ta que vendía mucho, reconocido internacionalmente y muy querido en su barrio. Sentía que todo lo que era se lo debía a la Boca y decidió devol ver parte de ese legado, sobre todo a los niños. Quería que ellos tuv eran lo que él no tuvo en su infancia, y so bre todo que crecieran y se educaran entre colores. En 1933 compró y donó un terreno al entonces Conse jo Nacional de Educación, para que se levantara un edificio de tres pisos. La planta baja y el primer piso, desti nados a la Escuela N°9 Pedro de Mendoza; el segundo para el Museo de Artistas Argentinos, y el tercero para su vivienda y taller. Fue muy compinche de los chicos del barrio, que hoy ya adultos recuerdan que Quinquela les escondía a Bobi, un perro callejero que ellos adoraban, para que la perrera no lo llevara.
Para Quinquela, la escuelayel museo debían servir para educar los senti mientos artísticos de los niños. Por eso, propuso donar dieciocho mura les, que ocuparían todo el ancho de las aulas, sobrelos pizarrones. Peroel Consejo de Educación no opmaba lo mismo. Para ellos las aulas decoradas distraíanalos alumnos. “iQué ironía!
—replicó Quinquela— ¿Qué mejor ve hículo para su imaginación e inteli gencia que rodearlos de un ambiente artístico?”. La pelea no fue fácil, pero Quinquela pudo pintar los murales. En los años que siguieron, “el maes tro” compró otros terrenos sobre los que se construyeron: la Escuela de Artes Gráficas, el Instituto Odonto lógico Infantil, el Jardín de Infantes, el teatro de la Ribera yel Lactario Mu nicipal —donde se les daba leche ma terna a los bebés que por algún mo tivo no pudieran recibirla—, lugar que hoy ocupa el Jardín Maternal.
Generoso a ultranza, Quinquela ven dió muchas de sus obras y otras tan tas las regaló. Al morir, once pinturas y la mitad de un pañuelo cortado en diagonal eran toda su fortuna. Uno de los amigos de Quinquela, el escultor Julio César Vergottini, hace al gunos años recordó un episodio del que fue testigo cuando ya los padres adoptivos de Quinquela habían muerto. “El objeto más preciado de Benito era un pedazo de pañuelito blanco que guardaba celosamente desde la infancia. Una vez, él ya era famoso, apareció en su estudio una pareja mayor. Traían la otra mitad del pañuelo y le dijeron que eran sus pa dres. Entonces, Benito les dijo que él no conocía más padres que los que lo habían cuidado. La pareja se fue y nunca más los volví a ver,..”
Caminito y el tango de Filiberto. La Boca toda lleva marcas de Quin quela. A través de los edificios por él donados comenzó a librar una batalla de colores, a la que muchos vecinos se plegaron. Para el pintor, los colo res del barrio tienen un motivo y un sentido. “Las casas de madera y cinc necesitan ser pintadas con frecuencos... silbábamos yla gente nos mira ba...”, recordó Quinquela.
Las mujeres. Quinquela Martín fue durante 85 años un solterón insobor nable. “No encontré la mujer ideal”, le contestaba a los amigos cuando és tos le preguntaban por qué no se ha bía casado. Pero mujeres no le falta ron. “Lo buscaban mucho, yél no las dejaba escapar. Me decía que les re galaba combinaciones para después poder ver cómo les quedaban”, con tó hace años Rosa Gómez de Filiber to, viuda de Juan de Dios.
A fines de 1927, en Nueva York, co noció a la escultora Georgette Blan di, quien se enamoró perdidamente de él y le ofreció su fortuna a cambio de casarse con ella, según cuentan los que lo conocieron. Pero Quin quela no aceptó. De todos modos, al morir ella le dejó parte de su fortuna, que por diferentes cuestiones nunca llegó a las manos del pintor.
Los amigos solían recordar las veces que le hicieron la pata para que las amantes no se cruzaran en la escalera. En 1975, dos años antes de su muerte, Quinquela decidió abandonar su sol tería y se casó con Marta Cerruti, quien había sido su más fiel amiga en los últimos años. Según Leonor Ma sella de Galeano, quien trabaja en el Museo desde 1976: “Nunca quiso ca sarse, pero los amigos, al verlo tan en fermo, le insistieron para que se casa ra con Marta. Ella podía cuidarlo”.
El cajón y el funeral. “Yo quiero dormir mi último sueño entre colo res”, dijo una vez Quinquela. Y a cumplir ese deseo lo ayudó su amigo Federico Cichero, dueño de la coche ría más antigua de la Boca. “En una comida, Cichero le dijo que fuera a la cochería, que le iba a regalar un so bretodo. Cuando Quinquela llegó, Cichero le dijo que el sobretodo ‘era demadera”, cuenta Leonor Masella. Años antes de su muerte, Quinqueladetalló los colores que usaba par pintar su ataúd: “Celeste, verde 1 món, verde nilo, colorado, azul, am rulo, verde y marrón para las suces vas franjas en que está cruzado el c jón por fuera. Además, en la tapa u pintado una cruz y un barco. El int flor primero lo pinté de rosa, lueg agregué el celeste y el blanco, los cc lores de nuestra bandera, pues se rr ocurrió que nada debe haber m dulce que reposar rodeado por los o lores de la patria”. Y explicó: “Es q he presenciado el sepelio de muchc pintores y siempre me dio mucF tristeza comprobar cómo los que h bían dedicado su vida a la búsque del color tuvieron que emprender último viaje en un tétrico cajón n gro. Para un pintor eso debe s como morir dos veces”.
El cajón estuvo expuesto al públic durante 23 años en la cochería. “Cac año Quinquela mandaba aalguno sus empleados para que le renova la pintura”, recuerda Leonor.
Los últimos cinco años de vida 1 pasó en la casona de un amigo, en calle Suárez 1620. Murió el 28 enero de 1977, a las 16.20. Fue vela( en su taller estudio y colocado en cajón. Una multitud fue a desped lo. Pero la dictadura de Jorge Rafi Videla oprimía en la Argentina y i estaban bien vistas las demostrad nes populares. El féretro fue escoli do por los jerarcas —Videla y Mas ra, entre otros—, yhoy, a 25 años de su muerte, los vecinos de la Boca crece con tristeza que no pudieron despedirlo como se merecía.
Pero esa póstuma invasión de los n litares en el mundo de Quinquelai fue más que un acto vacío, que i rozó lo esencial. “El color no tiene f Cada color expresa un momeni una emoción y yo quiero rendir homenaje a los colores aun después muerto”, postuló el maestro. Tenia  razón, después de Quinquela ya: da lo mismo cualquier color •

Le sobraba un tornillo

Por el taller de Quinquela pasaron desde el presidente Marcelo T. De Alveary su esposa, Reglna Pacini, dos grandes amigos, hasta artistas y personajes de talla, como García Lorca, Alfonsina Stomi oLuigi Pirandello. La cita era los domingos. En cierta oportunidad, junto a su amigo, el ceramista Lucio Rodríguez, consideraron que los locos debían ser merecedores de honores. llamaron locos a aquellas personas cultoras de la verdad, del bien y de la belleza de espíritu. Así crearon La Orden del Tomillo, eligiendo a Quinquela “Gran Maestre de la Orden”. La entrega de tomillos se realizaba una vez por mes. Comenzaba con pi fainá y vino tinto, y seguía con una fuente, de más de un metro de largo, repleta de tallarines multicolores que Quinquela servía a cada comensal. Luego, luciendo el uniforme de Gran Maestre adornado con tomillos, que Oscar Verzura, “capitán” de Casa Amarilla, le había regalado, citaba a la persona. La tomaba por los hombros y la hacía girar, como atornillándola. Luego, le pegaba con el bastón de mando en la nuca y le decía: “Ya estás atornillado, pero no te lo ajustes demasiado que es conveniente llevarlo flojo”.
Entre 1948 y 1972, Quínquela rindió homenaje a 322 personas. Algunos de ellos: los músicos y compositores Alberto Ginastera, Mariano Mores, Francisco Canaro y Cátulo Castillo, las actrices Zully Moreno, Lola Membrives, ns Marga y Tita Merello, los actores Luis Sandrini y Charles Chaplin —a quien vino a buscarle el Tomillo su hija Geraldine—, los pintores Miguel Carlos Victorica, Fortunato Lacámera y Raúl Soldi, y el doctor Raúl Matera.cia. Sus antiguos ocupantes, la ma yoría de ellos marineros, utilizaban los restos de pintura que quedaban después de pintar los barcos. De allí quela pared podía ser verde, las puer tas amarillas y las persianas rojas”, supo explicar Quinquela. Teniendo en cuenta esta característica del ba mo fue que se le ocurrió al artista transformar un abandonado desvío ferroviario en una calle alegre. No ne cesitó extremar sus gestiones para conseguir que los vecinos que vivían enlas casas cuyos fondos daban al po trero, las pintaran con luminosos co lores. Más tarde, seinstalóalliunver dadero museo al aire libre, con obras donadas por prestigiosos artistas. Así el potrero se convirtió en calle y se lla mó Caminito. Más tarde Juan de Dios Filiberto le haría un tango, Caminito. “Una tarde nos detuvimos con Juan de Dios en Caminito y allí salieron los primeros compases... Estábamos so los, nos emocionamos como dos chicos.-

revista viva clarin 27/01/2001

 

Fue hacia 1931 cuando Benito Quinquela Martín (1890 - 1977), el pintor del barrio de la Boca, conquistó definitivamente Europa con sus características imágenes portuarias del Riachuelo. Apenas un año antes había expuesto en Londres, en la galería Burlington coronando, de este modo, una notable presentación en el Viejo Mundo. La había iniciado en España, allá por 1922, cuando trabajaba en el Consulado de Madrid. Su estadía en la capital española duró apenas un año, tiempo suficiente como para exponer sus óleos de tintes exaltados en el Círculo de Bellas Artes madrileño. Y de allí al corazón del Viejo Mundo fue un viaje sin interrupciones. En 1926 sus obras ocuparon la parisina galería Charpentier, poco antes de alcanzar el Palazzo delle Esposizioni en Milán, Italia, donde este artista de dramático ingreso al mundo, de solitaria infancia,  recibió las felicitaciones de Víctor Manuel III y de Benito Mussolini. Lo cierto es que a pesar del abandono y de no conocer a ciencia cierta su día ni hora de nacimiento (se sospecha que Quinquela nació a principios de marzo de 1890), el artista hizo de todo un barrio su hogar al que logró exponer, con inocultable orgullo, en el mundo entero. En ello mucho tuvieron que ver sus padres adoptivos, Manuel Chinchella -de allí Quinquela- y Justina Molina, quienes lo rescataron de la Casa Cuna llevándolo a una carbonería de la Boca en 1896. Fue recién para los 17 años cuando Quinquela pudo iniciar sus estudios de pintura con Alfredo Lazzari, una época donde se frecuentaría con Fortunato Lacámera, José Torre Revello, el uruguayo Abraham Regino Vigo, José Arato y Facio Hebequer. Quinquela expuso por primera vez en ocasión del Centenario, en una muestra que organizó la Sociedad Ligur de la Boca. Y, en 1914, intervino en el salón de los Recusados propiciado en un local comercial de la avenida Corrientes al 600, con un comentado manifiesto que él también firmó como integrante del que dio en llamarse Grupo del Pueblo: "Concurrimos  con nuestro esfuerzo particular -decía el manifiesto entre otras cosas-, a llenar un vacío que existe en nuestro naciente arte social". Pero el camino de Quinquela no coincidiría plenamente con el de quienes lo acompañaron en ese entonces, artistas de orígenes políticos que se balanceaban entre la anarquía y el socialismo. En realidad, la pintura de Benito Quinquela Martín era un canto al trabajo que brotaba de buques y acerías ribereñas, un arte del efecto hecho a golpes de espátula, de una personalísima presencia visual. Merced a todo ello, en 1918, uno de sus óleos, el llamado "Rincón de Riachuelo", pudo participar por primera vez en el Salón Nacional. Después, Quinquela hizo su primera exposición personal en los codiciados salones de la galería Witcomb, la misma que en 1953 iba a ser escenario de un espectáculo nunca visto hasta entonces, cuando este plástico que en su infancia fue estibador volvió a poner en esas paredes su obra y en la porteñísima calle Florida se formó una fila de más de una cuadra, apiñando gente que pugnaba por asistir a esa exposición que constituía el acontecimiento cultural de Buenos Aires. En 1928 los óleos de Quinquela llegaron a La Habana (fueron expuestos en la sede del "Diario de la Marina") y conquistaron Nueva York. Los críticos del mundo entero elogiaban la pintura del maestro boquense con argumentos parecidos a los firmados por Francisco de Alcántara cuando, en el madrileño diario "El Sol", definió de este modo a Quinquela: "Tiene un gran corazón y una voluntad poderosa, todo lo que falta a los rebaños de artistas de hoy, que manosean la misma receta para pintar, se olvidan de sentir y querer". La muerte de Benito Quinquela Martín  -ocurrida en el Instituto del Diagnóstico en enero de 1977 y a causa de un trastorno cardíaco- fue una herida para una Buenos Aires que perdía a uno de sus mitos, un crespón muy negro para la Boca que se encendía en su color. En ese, su barrio, y más ampliamente su hogar, Quinquela pintó colectivos y escuelas, apadrinó literatos y pintores y repartió lo que tuvo a manos llenas. Allí campeaba su ángel en el taller de la Vuelta de Rocha, una presencia que crecía en la calle de sus amores, Caminito, convertida por decisión de este hombre que apenas cursó estudios primarios (hasta tercer grado) en concurrido epicentro cultural. Ahí mismo, en la Boca, dejó su "orden del tornillo", una "orden plebeya" en el particular escudo del barrio coloreado por Quinquela, pero a la cual se avinieron "presidentes de la República, escritores, científicos y obreros". Más aún: la del tornillo, su nobilísima distinción, fue codiciada "por personalidades del exterior", como recordó Eduardo Baliari en la memorable necrológica publicada por Clarín antes que la población despidiera los restos del pintor en el Cementerio de la Chacarita el 23 de enero de 1977.

ORIGEN DE DATOS:Copyright Clarín 2000.

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