VIRGILIO PIÑERA

 

VUELTA DE UN NARRADOR SECRETO

Nació en Cuba en 1912. Vivió en Buenos Aires unos doce años y volvió a la isla en tiempos de la revolución. En 1971 su obra fue censurada en la isla y se le prohibió publicar en el exterior o salir de su país. Murió olvidado en 1979.
"ALGO DEL MUNDO DE HOY NOS VUELVE SENSIBLES A LA INTEMPERIE SINGULAR DE SU OBRA

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REINALDO LADDAGA

por qué Virgilio Piñera? ¿Por qué ahora? Es que hasta hace nada, dos, tres años, los textos de este cubano que nació en 1912 y murió en 1979 eran virtualmente inaccesibles, confinados como estaban en viejas ediciones retenidas en remotas bibliotecas. Y resulta que, en el curso de unos pocos meses, se recogen sus cuentos completos en un considerable volumen, en otro todos sus poemas, en varios más el teatro, y en estos días ha salido nuevamente una espléndida novela, La carne de René, que había sido publicada hace casi medio siglo en Buenos Aires. Y en esta breve movilización editorial, la imagen del escritor se ilumina, aunque se vuelve también más intrincada y, por lo tanto, más problemática e incierta. Pero no tan incierta y problemática como para que no sea ahora manifiesto que se trata de uno de los cuatro o cinco escritores cubanos verdaderamente imprescindibles, y uno de los diez o doce escritores centrales de la literatura en español contemporánea.
Pero ¿por qué precisamente ahora? ¿Por qué no antes? Por nada, quizá; por el azar de la vida de los textos, vida especialmente azarosa cuando pertenecen a un autor que se pasó la vida un poco de exilio en exilio (una docena de años, primero, en la Argentina, entre mediados de los 40 y fines de los 5O, y otra quincena, los que mediaron entre su regreso a Cuba y su muerte, virtualmente reducido -homosexual, reluctante a las celebraciones estatales- al silencio). Pero ¿sólo por eso? No, sin duda: ha de haber algo en esta literatura que la ponga en resonancia con la situación que ha llegado a ser la nuestra. ¿Pero qué?
Hace algún tiempo, Reinaldo Arenas decía que lo propio de Piñera era su invencible propensión a poblar sus escritos de criaturas que "han sufrido y sufren la persecucíón, pero la habitan", que "han hecho de esa persecución un modo de vida o sobrevida", que hacen poco más que correr "en cualquier dirección, pero hacia lo oscuro y húmedo: intersticio, hueco promisorio, sótano". Lo que es cierto. Pero no es sólo que eso les suceda a los personajes de Piñera es que los textos mismos, en su entramado inmediato, tienen el aire de despojos que hubiera dejado alguien en fuga, de avisos de último momento, de comunicaciones pronunciadas por un hablante que estuviera a punto de esfumarse, de escabullirse en el más próximo intersticio, de dejar el lugar en que estaba en el silencio y a su interlocutor suspendido en la pregunta: ¿por qué esta loca agitación, estos giros y estas brusquedades?
Y es natural, sin embargo, que así sea: es que ellos se emiten desde un sitio en que el mundo humano aparece como un espacio donde, como escribía -a comienzos también de los SO- Harmah Arendt, "bajo las más diversas condiciones y circunstancias, observamos el desarrollo de los mismos fenómenos: desamparo en una escala sin precedentes, desarraigo de una profundidad sin precedentes". Es por eso, quizá, que ellos resuenan con una peculiar intensidad entre nosotros, ahora que las evidencias sobre las formas de la convivencia que habíamos llegado a dar por naturales desaparecen a velocidad de vértigo, y se abren, en nuestro espacio común, pliegues extraños, que recorren poblaciones migratorias o multitudes que los actos de poderes remotísimos convierten en repentinamente irrelevantes, y que trazan una red de movimientos que, incluso en el reparo de los sillones de lectura, es imposible no sentir.
Quizás, en efecto, sea a eso que se debe el atractivo repentino de las arquitecturas esperpénticas del cubano, de las escenas de banal horror que narra en un español que es a veces opresivamente austero, y que otras veces se desencadena en una danza de frases incididas, cortadas, torsionadas, cobradas por una vitalidad particular, eufórica y, a la vez, como asfixiada.
El miedo adhiriéndose al placer, el placer desplegándose en el miedo, los seres que van hacia lo oscuro, el rechazo y la atracción de la intemperie: estas son las Figuras que. despliegan, obsesivamente., los escritos de Piñera, desde su primer texto auténticamente ambicioso, un largo poema de 1942 llamado La isla en peso, donde se describe a Cuba como un territorio que no admite ningún asentamiento, al mar que lo rodea como un placa deslizante, al sol como un azote y al pueblo de la isla como una masa de anárquicos ludiones, hasta el teatro del final, hasta piezas como El no, donde dos amantes abstinentes se reúnen, día tras día, mes tras mes y año tras año, y permanecen en silencio, uno frente al otro, en cierta sala, resistiéndose a todo lo que quiera arrancarlos de esa inercia, a separarse o a unirse cabalmente, mientras sus cuerpos se degradan y el mundo en tomo suyo se fractura. Pero ellas alcanzan su definición mejor diminutas edificaciones goyescas (así las veía José Bianco) de los Cuentos fríos, una colección de prosas de 1956, en ciertas comedias de finales de los 40 compuestas un poco a la manera de Ferdydurke, el libro de Witold Gombrowicz de cuya versión española Piñera es el principal responsable, o en las novelas: la escuálida y brillante fantasía que es Pequeñas maniobras y, por supuesto, La carne de Rene
¿Qué es lo que se narra en este libro? Las alternativas de la vida de un adolescente confrontado a las oscuras operaciones que se traman en un mundo imaginario de sujetos dominados por una creencia fija respecto a qué cosa constituye lo propio de lo humano, a qué cosa debiera una vida dedicarse. "Ya 
que practico el culto de la carne, no el de la atlética e intacta, sino el de la trucidada, pero eso sí, viva y palpitante como esta llaga." Eso le dice a René, el adolescente en cuestión, su padre, un cierto Ramón que es el líder de un movimiento más o menos político cuyos contornos se nos describen imprecisamente (todo en el libro aparece como inmerso en áreas de sombra), y secretamente consagrado a explorar lo que, a su juicio, puede hacerse con la carne si se la somete a la flagelación, la torsión, la quemadura: a los placeres singulares que asocia con esos ejercicios. A lo que llama "el servicio del dolor".
De episodio en episodio, se narra el paso del protagonista por las escuelas en las que este servicio se enseña, por los templos donde sus ceremonias se celebran, por las residencias donde se lo practica, por los salones donde se reúnen hombres y mujeres que desean a René precisamente porque descifran en él la marca del amenazado (cuando alguien diga que él ,les una criatura espléndida", indicará también que su "seducción" proviene de "ese aire que está pidiendo protección contra las furias del mundo", y que "se manifestaba en su carne de víctima propiciatoria'', que se imagina "herida por un cuchillo o perforada por una bala", expuesta "para su uso placentero o doloroso").
El paso de René por esos ámbitos, y, sobre todo, sus maniobras para procurarse, en medio del pueril y extenuado pandenionio que se despliega en torno suyo, algun intersticio, algún sótano, algún hueco: las evasiones sucesivas de este René que, cuando haya terminado la novela, habrá cobrado un perfil que hace pensar en esas criaturas angélicas de Herman Melville, Bartleby o Billy Bud, o en ciertos personajes de Kafka de los cuales es el remoto pariente (del Kafka que heredaba, por entonces, un Jorge Luis Borges, pero más aún del que heredaba otro argentino, Antonio Di Benedetto, con cuya trayectoria la de Piñeda tiene paralelos interesantes).
Y entonces, ¿por qué La came de René, ahora? ¿Por qué Piñera, estos días? Por el azar de la vida de los textos, pero también porque hay cosas en nuestro mundo más inmediato -con sus vastas regiones desestructuradas, su multiplicación de catástrofes, pero también, aquí y allá, sus enigmáticas promesas- que nos vuelven repentinamente hipersensibles a los mensajes. que emite la intemperie singular que es como el hábitat del cual provienen los escritos del cubano. Que nos hacen particularmente receptivos a su insistente resistencia a permitir que las pequeñas maniobras, las sugerencias y evasivas, las breves cadenas de las que se tejen sus escritos lleguen a estabilizarse en la forma de la Obra continua, compacta, consistente, forma que aborrece porque ve en las celebraciones que provoca un tácito elogio de la fuerza (y un elogio de la fuerza participa del "servicio del dolor"). Y que ajustan nuestros sensores a su tono, que es el de quien aborda el español como si fuera un artefacto de precaria arquitectura del cual fuera preciso apoderarse un poco a la manera de un ladrón, entre dos fugas. Y a su obstinación por describir, texto tras texto, los contornos de humanidades vulnerables y siempre vulneradas: porque en ellas reside la única forma de belleza que podamos, en estos tiempos oscuros, aceptar. 

LAS ISLAS Y LOS CUERPOS
por ENRIQUE FOFFANI

En 1969, y a raíz de la publicación de su libro La vida entera, Virgilio Piñera escribe su autodefinición como poeta y lo hace a través de un perfil demasiado modesto y temeroso de la crítica futura, como si quisiera anticiparse a juicios adversos y ponerse al reparo. Se llama a sí mismo "poeta ocasional Denominación bastante rara porque ningún poeta ocasional hace de la poesía un ejercicio continuo ni deja al morir cajas con más de un centenar de poemas inéditos. Pero sobre todo falsa a juzgar por el hecho contundente de que la poesía de algún modo abre y cierra su escritura tal como cabe sospechar a partir del poema "Isla", escrito en el mimo año de su muerte, en 1979.
este arco poético, que atraviesa toda su obra, revela dos cuestiones esenciales de la escritura de Piñera Una es que ese último poema es crucial no sólo porque adquiere el gesto de cierre, sino porque esa clausura retorna el tema de la insularidad de la poesía que había sido el centro de su poema "La isla en peso" de 1943, casi en los albores del trayecto. Se trata de que "Isla" sella a fuego no sólo una obra sino también su propia vida. Lejos de pensarse el genio y figura de una obra enteramente suya y original, el poeta cubano, en un ejercicio magistral de lo que un poeta puede hacer con su obra, se dispone a obedecer su propio movimiento interno. Esto es: hacer de la poesía un destino, menos como fusión que como una última argucia de inscribir su vida en el poema, hacer de él el espacio d s . 
aún del que heredaba otro argentino, Antonio Di Benedetto, con cuya trayectoria la de Piñeda tiene paralelos interesantes).
Y entonces, ¿por qué La came de René, ahora? ¿Por qué Piñera, estos días? Por el azar de la vida de los textos, pero también porque hay cosas en nuestro mundo más inmediato -con sus vastas regiones desestructuradas, su Si bien la muerte propia había sido una de sus obsesiones más reiteradas y sobre todo en la última época en la cual aparecía con una progresiva y rotunda proximidad, ahora Piñera acuña definitivamente en el poema la negación de la muerte. Por lo tanto, la culminación más extraordinaria que tiene lugar en esta última composición no puede ser más sorprendente: el poema deviene isla y con él Piñera mismo. Es necesario trascribir todo el poema para ver hasta qué punto es capaz de llegar un poeta que se define a sí mismo ocasional, autodefinición que no es sino, como el título de su último libro, "una broma colosal un gran disparate, una confesión chistosa urdida astutamente para enfrentar la posteridad y adelantarse a los críticos. El poema "Isla" dice así:
"Aunque estoy a punto de renacer,/ no lo proclamaré a los cuatro vientos/ ni me sentiré un elegido:/ sólo me tocó en suerte/ y lo acepto porque no' está en mi mano/ negarme, y sería por otra parte una descortesía/ que un hombre distinguido jamás haría./ Se me ha anunciado que mañana/ a las siete y seis minutos de la tardes/ me convertiré en una isla/ isla como suelen ser las islas./ Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,/ y poco a poco, igual que un andante chopiniano,/ comenzarán a salirme árboles en los brazos,/ rosas en los ojos y arena en el pechos./ En la boca las palabras morirán/ para que el viento a su deseo pueda ulular../ Despues, tendido como suelen hacer las islas,/ miraré fijamente el horizontes/ veré salir el sol, la lunaJ y lejos ya de la inquietud/ diré muy bajito:/ ¿así que era verdad?"
El poema-isla, rodeado de las aguas blancas de la página, permite leer hacia atrás y recobrar los puntos más intensos de la poesía. No solamente "La isla en peso", que es uno de los grandes poemas de la poesía cubana del siglo XX, sino también la recurrente refracción del concepto de la muerte como acabamiento. Más que una actitud idealista, esta concepción de la muerte se vuelve mística, pero en el sentido que llega a adquirir en el cubano, es decir, una visión animista y animada capaz de restar esteticismo para sumar vitalismo y sin dejar de lado la carnalidad del cuerpo. Antón Arrufat, que compila y prologa la obra poética de piñera elige como título -y no sin fundamento- La isla en peso, casi con seguridad a raíz del peso de una insularidad que en el caso de Virgilio se vuelve paradójicamente nómade, nunca inmóvil en su contundente inmovilidad.
El vitalismo de Piñera no sólo puede leerse en la poesía. Su alocución contra los necrófilos puede extenderse, incluso, a toda su obra literaria capaz de superar el límite de los géneros. No es casual que muchos de los temas de su teatro y cuentos y novelas aparezcan en la poesía.
Lejos de difuminar la particular impronta que cada género ofrece al escritor como conjunto de posibilidades, esta presencia constante del tema estaría poniendo de manifiesto que Piñera finalmente es un escritor que no responde a las etiquetas definitorias y que tampoco la figura del narrador se impone sobre el dramaturgo o éste sobre la del poeta. En este sentido, la suya es una obra impregnada de significaciones en migración continua de género a género, de poema a novela, de pieza teatral a cuento, de disparate a ensayo, como si la escritura en sí albergara el deseo de contrarrestar todo aislamiento, todo compartimiento estanco, contrarrestar toda insularidad.
Sólo el poema acepta gozoso el devenir isla. Quizás porque, desde la vasta y profunda perspectiva de una obra, el poema consigue en su imaginario incorporar el cuerpo del poeta en el cuerpo de la isla a través del proceso incandescente de la metamorfosis. Mucho se han estudiado las estrechas relaciones entre los cuentos y las novelas a partir del tema de la carne. Pero poco en verdad en función de la poesía, y este aspecto no es menos importante.
Su primera novela, de 1952, carne de René, y un cuento anterior, fechado en 1944 y también llamado "La carne" (que formará parte de su libro Cuentos fríos de 1956), se vuelven paradigmáticos del motivo de la carne y todas sus connotaciones, de las idiomáticas a las filosóficas, de las literarias a las teológicas, de la pura anatomía a las referencias más irónicamente argentinas, tal como lo demuestra uno de los subtítulos de capítulo de esta novela, "Tierna y jugosa", alusión que se orienta asimismo hacia otras significaciones.
Presencia no sólo constante sino índice de una ferviente saturación, la carne en la narrativa de Piñera despliega una compleja red de significaciones que hacen de la insistencia el ritmo sintáctico de la obsesión. Sin embargo, lo más importante de este aspecto es lo que la carne suscita en sus relatos: ya sean la tortura, la mutílacion, el desmembramiento, el placer, el sufrimiento, el hambre, la defecación, todo lo que involucra a la carne en su relación inescindible con el cuerpo.
A través de una narración que pone en entredicho al realismo, estas acciones inquieren un particular modo de narrar cuya impasibilidad el mismo Piñera describe en el prólogo de sus Cuentos fríos como una "frialdad aparente»: fríos porque se limita a exponer los meros hechos, pero calientes porque el autor está bien metido en el horno, ya que él y sus semejantes, su cuerpo y su alma, "arden lindamente en el infierno que él mismo se ha creado". Esta suerte de infierno frío es una paradoja, un universo tan impasible como tierno, un mundo narrado que se construye alrededor del cuerpo como centro de amor y aversión, dolor y placer.
Entre la retórica masoquista y el grotesco, tanto la narrativa como el teatro de Piñera no sólo no desalojan el humor sino que, ligados a diversas formas congéneres como el disparate y el chiste, sitúan su obra en una frontera inestable, en el régimen siempre ambivalente de la vacilación. Su poesía, en cambio, reelabora esta dimensión pero la despliega a su modo. Hay algunos poemas en su obra que se vuelven particularmente simbólicos al remitir a dos cuestiones de peso como son la concepción de la poesía y de la vida. Se trata del poema "Naturalmente en 1930 sin fecha, y los "Poemas lamentables" de 1969. En el primero habla de otro cubano, Julián del Casal, poeta Decadentista del fin del siglo XIX, y describe una escena en la que éste araña con sus uñas un cuerpo, desgarrándolo, despellejándolo. Escena ésta como la que suele aparecer en sus relatos, pero que el poema transforma en otra cosa, y al preguntarle Piñera el porqué de su violencia, Casal le responde que adentro de ese cuerpo estaba el poema. Esta escena vuelve a confirmar que su concepción de la poesía está más cerca del cuerpo que del alma, que el poema es un órgano o una arteria y, por tanto, entrañado en lo más visceral de la existencia.
En el cuento "La carne" se narra la historia de una ciudad donde, frente a una veda de carne, sus habitantes comienzas a extraer de sí lonjas de carne y terminan comiéndose el cuerpo como única forma de alimentarse. De un modo grotesco, el relato aclara que estos sujetos no pierden la alegría, quizá porque estaban bien alimentados. De manera similar, los versos de "Poemas lamentables" se centran también en la auto mutilación. Pero ya no actúa como la narrativa, cuya ironía permítr interpretar como posible que, ante tiempos hostiles para los sujetos sin recursos, corresponde una economía de autoabastecimiento. Ahora el poema, aun si recupera este planteo crítico, añade otras connotaciones que apuntan más íntimamente a su concepción ética de la existencia y de la literatura.Ligada a sus cicatrices, a sus heridas, a sus mutilaciones, a sus marcas, a cada una de las señales que puedan surgir de esa superficie profunda de la piel, la obra de piñera pareciera proponer que nada alcanza su verdad si no se la marca sobre el cuerpo. El título que Severo Sarduy elige para uno de sus libros podría cifrar el valor que adjudica Piñera a su concepción poética: Escrito sobre el cuerpo, como fundamento del cuerpo en tanto metáfora de la escritura. Pero a juzgar por lo que plantea en esta composición, este "escribir sobre el cuerpo" no es concebible en el mero despliegue del juego o el mínimo atisbo de una postura esteticista Piñera necesita sostenerse en un sentido que lo reconduzca al ámbito de las relaciones sociales cuyo centro es la solidaridad. Este poema deja entrever que el arte es una forma de amor, un don para el otro, una auto mutilación que compromete siempre al cuerpo. Por eso el cuerpo segrega múltiples significaciones y todas expresan su libertad en el lenguaje ético y solidario fraguado a partir de la relación con el otro.
Quizás esté aquí condensado, en este punto de máximo despojamiento, una de las razones por la cual la poesía elige de modo privilegiado, entre otras, una lengua casi siempre coloquial, un habla saturada de frases hechas, de clisés, de giros idiomáticos Como si ese radical despojamiento del cuerpo que llega a la mutilación cuajara también en ese lenguaje casi neutro, aunque filoso y directo, de una lengua que fluye de manera inmediata. De aquí parece nutrirse el espesor social de su poesía, de ese flujo corriente de la lengua.
Pero a su vez la poesía registra a través del lenguaje los estados del cuerpo y éste se vuelve escritura, cicatriz o marca de lo que vive el sujeto. Del despojamiento a la marginalidad, la lengua poética se extraterritorialaza en otras lenguas: el francés, residuos de latín o idiomas inventados a la manera de las jitanjáforas o del gligico de Cortazar 0 como ese resto lingüístico rioplatense que destella quizá de manera excepcional pero lo suficientemente intenso como es el vesre resto o marca sobre el cuerpo biográfico de Piñera en el poema ''Decoditos en el tepuen.Lenguas descarriadas, tartamudas, recompaginadas y llevadas al extremo de su sintaxis, como el poema "Si muero en la carretera", donde el poeta cubano parece dispuesto a probar a toda costa la elasticidad de la lengua y su capacidad de organizar el orden de las palabras. Entre el lenguaje corriente y las lenguas inventadas, entre el francés o el latín y ese fraseo cuba~ no de todos los días se tensiona su poesía, como si Piñera quisiera en última instancia despostarle a la lengua toda su carnadura verbal: verbo o res, la carne se hace palabra o la palabra se hace carne, es- decir encarna, obtiene un cuerpo, en un proceso de inversión de la premisa bíblica.
Witold Gombrowicz declaró a piñera amigos en la etapa de sus respectivas estadías en Buenos Aires, el jefe del Ferdydurkismo Sudamericano, según cuenta el polaco, porque "tú me has tratado sin mezquindad, ni reserva, ni recelos, con amistad fraterna y, también, porque al cubano le debe el nacimiento de la novela Ferdydurke, además de la traducción.
De alguna manera, los dos fueron escritores del margen, no marginados. Los dos eligieron esa mirada al sesgo desde donde ver el centro o los lugares prestigiosos de la consagración. Además de autodefinirse como "poeta ocasional en el poema "El hechizado", dedicado a la figura de Una Lima Virgilio piñera se sitúa en segundo lugar: "Por un plazo que no puedo señalar/ me llevas la ventaja de tu muerte:/ lo mismo que en la vida,fue tu suerte/ llegar primero mero. Yo, en segundo lugar". Ocasional y segundón, son dos atributos que, con el correr de los años, se desvanecen. Entre confesiones precavidas y extrañas modestias, la poesía de piñera fue ganando un lugar tal vez ni por él mismo imaginado.
Tanto el distanciamiento que su poesía establece con la de Lezama corno ese sutil enhebramiento de los motivos más sólidos que la fundan, hace que la lírica de Piñera crezca y alcance al lector que puede estar a su altura. Como un pilar solidario, tal como Gombrowicz definía la amistad fraterna de Virgilio, su poesía habla en frío y en caliente del placer y del dolor de la relación entre los hombres, tal vez porque el poeta cubano sabe que por debajo del calor tropical de la isla hay una corriente fría que sólo el poema puede expresar. El homenaje a Julián del Casal se debe entre muchas otras causas al hondo simbolismo que surge de su libro Nieve, una nieve impensable y absurda en Cuba pero que Virgilio Piñera retorna como motivo central de su escritura para enunciarla de un modo que acentúa la paradoja: "Frío en caliente", como aquella neblina que describe en su poerna "La isla en peso una neblina que va "cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sábana". 

una obra múltiple

Virgilio Piñera nace en Cuba, en la provincia de Matanzas, en 1912. Desde mediados de la década del 30, vive en La Habana. De 1942 es su primer gran poema "La isla en peso"; de 1945, su primer libro, Poesía y prosa. En 1946, viaja a Buenos Aires, donde se vincula con Macedonio Fernández y Witold Gombrowicz. En 1948, se estrena en Cuba su obra Electra Garrigo. Cuatro años después, Siglo Veinte publica, en Buenos Aires, La carne de René, y losada en 1956, sus Cuentos fríos. Para 1958, ha regresado a La Habana.' En 1960 se publica su Teatro Completo; en 1962, se estrena la obra Aire frío; en 1968, sale Presiones y diamantes, una novela; en 1971, su poesía reunida, La vida entera. A partir de 1971, su obra es censurada en Cuba, y se le prohíbe publicar en el exterior o salir de la isla. En octubre de 1979, muere de un ataque cardíaco