VICTOR HUGO

Arriba: la novela Nuestra Señora de París. Arriba: el escritor. Derecha: versos manuscritos sobre su escritorio de la casa de Place de Vosges (París). El caserón que Hugo compró en la isla de Guernsey, donde se exiló. Allí terminó de escribir Los miserabtes. Abajo: La Coupee, escenario del libro Los trabajadores del mar

 

Cuando murió, el 22 de mayo de 1885, dos millones de franceses escoltaron su carroza fúnebre. Fue novelista, poeta, dramaturgo y político, y retrató como nadie el siglo XIX. Cultor de la desmesura, vivió dos grandes amores, mil aventuras, un largo exilio: 83 años sin desperdicio.

La actriz Juliette Drouet dejó todo por él: en cuarenta anos de amor secreto, le escribió 20 mil cartas.

Hubo quien se tomó el trabajo de contar los versos que firmó Hugo, el señor de los excesos: son 153.837.

Las cosas no andaban bien entre Joseph Leópoid Hugo y su mujer cuando nadó su tercer vastago, Víctor. El, general bajo las órdenes de Napoleón, se la pasaba viajando; ella, una monárquica que no tragaba al diminuto emperador, sufrió lo suyo aquel 26 de febrero de 1802. Juró que aquel sería el último hijo: no hacían falta más testigos para lo inevitable, el fin de la pareja. En el principio, entonces, fue el caos. Por años, cada vez que amanecía Víctor no sabía en qué cama estaba. ¿ Sería en la de la casa natal de Besancon, o en la de París, junto a mamá? ¿ La luz que se filtraba no era la del alba en Napóles o Madrid, lo que indicaba que estaba de viaje con el ejército de papá? Y había más. El menor de los Hugo escuchaba discusiones políticas pero no sabía de qué lado estar: con el rey depuesto o con el emperador que soñaba con Rusia.

"Niño, ante todo la libertad." Víctor Danneau de Lahorie, su padrino, lo hamacaba sobre sus rodillas cuando pronunció la frase que Hugo recordaría toda su vida. Más tarde, desapareció: nadie pensó en explicarle al pequeño que Lahorie, un tenaz republicano, escapaba de los sabuesos de Napoleón. "Niño: lee." Ahora era su madre la que lo llamaba "niño", aunque corría 1812 y Hugo creía merecer otro trato. Leyó. "Han sido fusilados por conspirar contra el Emperador los ex generales Malet, Guidal y Lahorie", era el lacónico mensaje del cartel. Sin su padrino para explicárselo, Hugo supo que tendría que arreglárselas solo para saber qué era la libertad, y por qué estaba ante todo. La batalla de Waterloo fue el Rubicón que el emperador corso no supo cruzar. Con Bonaparte encarcelado en la isla de Elba, el sueño imperial hecho añicos y la restauración monárquica en 1815 no quedaban bandos para ele gir. El rey mandaba. Hugo, que ya te' nía decidido darle la espalda al man' dato paterno -estudiar leyes-, poníc todo en verso, traducía a Virgilio y bo cetaba obritas de teatro. Unas rima' descaradamente chupamedias llamaron la atención de Luis XVIII y k solucionaron todos los problemas económicos cuando tenía apenas 17 años. "Hijo sublime", exageró el rey mientras ordenaba que se le pagara al precoz poeta una pensión vitalicia. E] agradeció y corrió a contarle la buena nueva a su amor.

Adéle Foucherle estaba predestinada. Por ella, Hugo tomaba riesgos de todo tipo. Noche por medio, se escabullía de su casa de la calle del Dragón -en París- y enfilaba rumbo a lo de si; amada. Haciendo equilibrio con un paquetito de libros bajo el brazo, trepaba dos pisos hasta la ventana de la única buhardilla iluminada. Adéle lo esperaba: juntos leían, reíany se acariciaban, pero sin que los calores llegaran un poco más allá. Hugo ya era un volcán literario en erupción; Adéle, su musa inspiradora. A los 20 años, el futuro demonizador de los curas tuvo que recurrir alos servidos de uno. Apenas se acallaban los gritos de "Vivan los novios" cuando los flamantes marido y mujer se entregaron al frenesí tantas veces ima-ginadoytanaduras penas contenido. En medio del maremoto de los sentidos, ni Hugo ni Adéle habían reparado en el semblante taciturno de Eugenio, el hermano mayor del poeta. Mientras la pareja se ponía al día después de un lustro de abstinencia, Eugenio no pudo callar un segundo más su enfermiza pasión por Adéle. Lamentando su timidez alos gritos, pro-damó su amor secreto a medio París. Dicen que en el asilo psiquiátrico de Charenton no hubo día que Eugenio no llorara por su fruta prohibida, y que murió con el nombre de la Fou-cher en sus labios. Hugo -"con 'h' de 'hombre'", solía fanfarronear- tuvo cuatro hijos con Adéle. Pero ella se cansó de él: cómo aguantar la falta de medida, ésa era la cuestión. Sin buscarlo, Adéle terminó en los brazos de Saint-Beuve, un crítico literario que era un asceta espiritual, lo contrario de su marido. Por desgrada, también era un amigo de Hugo. Caprichos del destino: nadie hubiera apostado que sería ella, tan mosquita muerta, la primera en vulnerarlos votos de fidelidad. Si ya era un apóstol de la desmesura, una vez despechado, Hugo empezó a ejercer como evangelista de los excesos. Dionisos, el patrono de los que saludan a los límites como viejos co-noddos cada vez que los superan, era su guía. Al aburrido Apolo -símbolo del "todo en su medida"- no lo podía ver ni en figuritas. Todo lo que quiso hacer lo hizo, y sin culpas. Aquí atcaba una fuente de cangrejos con caparazón y todo, sin pensar en la indigestión; allá piropeaba a la mujer más deseada de París sin reparar en la mirada torva de su marido. Aquí y allá deda lo que se le venía a la cabeza, y escribía posesionado. Usaba la primera persona sin pudores. Rompía con la artifidosidad del canon literario. Laberíntico por vocadón, en cada página le hada zancadillas a los creyentes del relato lineal. Campeón mundial de la digresión y excesivo en todos los flancos, espantaba a los amantes de "lo bueno si breve...". Mientras, iba mutando. Sus ideas monárquicas juntaron polvo, y de a poco fueron aparedendo en su vida y su obra destellos de lo que sería: unli-bertario, un ludiador por los derechos de los que nada tenían... En fin, un sodalista sui generis, un romántico así en las letras como en los asuntos públicos. Su voz era la de un profeta bíblico; su idea de la Historia, una lucha épica entre el Bien y el Mal. Sus Odas y Baladas (1826) lo consagraron como poeta. Las obras de teatro Her-nani y Lucrecia Bofgio le dieron estatura de gran dramaturgo. Su primera novela, Han de Islandia (1823), también lo transformó en best seller literario. Cuando publicó su obra Crom-well (1827), logró sacarse de encima todos los deber ser del dasidsmo galo y debutó como padre, tutor y encargado de una nueva forma de entender el arte: el romantidsmo. "La noche del 16 al 17 de febrero de 1833 fue una noche bendita. Ella tenía, por endma de su sombra, el délo abierto." ¿Ella? ¿Quién? Un personaje de Los miserables, pero también Juliette Drouet, el amor eterno de Víctor Hugo. Una Penélope sin agujas de tejer en las manos, una víctima de la espera; ésa era Juliette, la de la noche bendita del amor consumado con el délo de testigo. Casi un personaje de folletín, la Drouet. Huérfana desde su primer llanto, criada en un convento por monj as con la cachetada cil lo que le había negado ei nacedor en cuanto a suerte se lo dio en hermosura. Tenía, Juliette, una belleza de las que duelen. Hugo, el dramatur';" 1-'. atravesó con la mirada apenas actuando un rol menor en un e de su obra Lucrecia Borgia. Ella, que tenía una vida disolui femismo usado por las aristó. . que no querían usar palabras tes-dejó todo por él. Fue laváis escape del escritor, enlas buen-las malas. En su hombro él durante años la muerte de su hi; poldine, ahogada en el Sena. A los oídos de Juliette, él juró que dejaría a Adéle, lo que nunca se atrevió a hacer. Ella le decía "no, mi amor" cuando él empezaba a incordiarla con el mantra "creo que me volví loco". Ella siempre lo esperó, aun sabiendo que era en vano abrigar esperanzas, que el suyo era un amor condenado a ser un secreto a voces. Mientras vivía tironeado entre Adéle y Juliette, Hugo empezaba a incur-sionar en política y era electo diputado por París para la Asamblea Nado-nal. Llegó al Parlamento por derecha, pero salió por izquierda. Apenas Luis Bonaparte quiso entronizarse como Napoleón III (en 1851), el escritor puso el grito en el délo y el cuerpo para defender a los franceses de los delirios de un Bonaparte que era una copia borrosa de su famoso tío. Hugo ya sabía lo que era estar le] os de casa, pero nunca imaginó que pasaría diecinueve años fuera de Franda. Primero se refugió en Bélgica, pero pronto se hizo notar demasiado: lanzaba diatribas contra "Napoleón, el pequeño" (así lo llamaba) y conspiraba nochey día. Páralos franceses, era El desterrado, un símbolo de la libertad perdida en manos de la caricatura de un emperador. Cuando los belgas le dijeron "no va más", encontró la paz en la isla de Guemsey, un peñasco ventoso ubicado al sur de Inglaterra. Allí se instaló en un caserón blanco, y terminó de escribir su obra cumbre, Los miserables, publicada en 1862. La saga de Jean Valjeany Cosette fue un éxito de ventas; eran épocas en las que los libros de más de 500 páginas no intimidaban a los lectores... En la soledad de Guemsey también se gestaron El hombre que riey Los trabajadores del mar, dos novelas exquisitas. Hugo volvió a Franda sólo cuando regresó la libertad, en 1870. Otra vez fue diputado, ahora de la Tercera República. Adéle ya había muerto, como otros dos de sus hijos. Tantos años de exilio no lo habían habituado a la soledad, pero estaba su Penélope. "Cuarenta años, mi bien amada, esta noche harán cuarenta años. ¡Qué hermoso un amor tan duradero!" En la tarde del 16 de febrero de 1873, Hugo le enviaba una esquela a Juliette. Su eterna compañera a la distancia, la que escribió 20 mil cartas para "Toto, mi rinoceronte", ya estaba estragada perlas arrugas. Seguía sin soportarla eterna ausenda de su amado, pero ya no se quejaba de su suerte. Hugo, también acosado por el paso del tiempo, escribía como si en ello le fuera la vida. Llevaba firmadas 9 novelas -todas ellas de extensión decimonónica: es dedr, larguísimas-, 12 obras de teatro; dentos de discursos; miles de cartas... el adjetivo prolí&copareda estar hecho a su medida. Seguía siendo un ególatra irredimible, y se había transformado en un viejopresumido. Peinaba su barba con esmero y se empe-ñabaenllamarlaatendón. "Medicen que estoy guapo con estas mechas. Tengo el aspecto de un canidie, y eso me pone contento", deda. Vital, expansivo, con un ritmo imposible de seguir, Hugo amaba, peleaba, discurseaba y seguía escribiendo. ¿Dormía? Cada tanto. Un anónimo cultor del sistema decimal se tomó el trabajo de contar los versos que publicó el campeón de los excesos: 153.837 es la cifra que nadie discutirá (¿vale la pena?). Sí conviene apuntar que en Hugo la cantidad no invalidaba la calidad. Adivinen en quién pensaba -a quién envidiaba- Mallarmé cuando asumió el pavor que le generaba cada página en blanco. De a poco, el hombre más respetado de Francia se fue quedando vacío y solo. Cuenta Gustave Ribet, el confidente más íntimo de Hugo, que se dejó morir sólo cuando no pudo hacerle honor a sus apetitos. A los 83, luego de un último round con el sexo opuesto en su cuadrilátero ornado con sábanas de seda, el poeta bajó la guardia. Ocho días con sus noches agonizó en su caserón de la calle Víctor Hugo: el rebautismo de la Avenue d' Eyiau había sido un regalo de la comuna para sus 80. "Está huraño -escribía Ribet-. Rechaza las muestras de afecto de sus amigos. Con grandes gestos, declama versos y recita frases de sus viejos discursos." Una y otra vez repetía un verso dedicado a su hija Leopoldine: "Sé que eres tú la que me está esperando". Y allí fue. Sin escalas, rumbo a la eternidad, en busca de su hija perdida. Con tres palabras, el paladín de la elocuencia describió a la muerte, a esa altura una visita bienhechora. "Veo luz negra", susurró. Se dio un atracón de aire y se fue