Tomás Eloy Martínez


TOMAS ELOY MARTINEZ              Martínez en la redacción de la mítica revista Primera Plana, donde trabajó en los años 60.



   
Tomás Eloy Martínez nació en Tucumán en 1934. Ganó premios tempranos con sus poemas y cuentos. Escribió varios guiones para películas y un ensayo sobre cine (Estructuras del cine argentino, 1961). Ha publicado varias novelas (Sagrado, La mano del amo) y relatos (Lugar común la muerte). Incursionó también en el relato periodístico (La pasión según Trelew) y en la ficción histórica (La novela de Perón, Santa Evita). La novela de Perón, quizás su obra más conocida, lleva vendidos más de 150,000 y fue traducida a varios idiomas. Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista, es actualmente Director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Rutgers University en New Jersey (EE.UU).


"El abandono es lo que nos sucede a los argentinos. ¿Quiénes nos abandonan? Los que nos rapiñan, los voraces, los que quisieron hacer del país su campo de saqueo. Aunque... esos tampoco nos abandonan. Esos provocan que el país se abandone a sí mismo, es su voracidad la que nos persigue."

"Entré a la sala de operaciones con una enorme curiosidad, porque podría ver del otro lado de la frontera de la vida. En la cual nunca creí, pero bueno, me pareció que esa verdad me iba a ser revelada."

"La vida también es un vuelo hacia arriba. Tanto la vida como la novela encuentran su fuerza en el hecho de que sus actores son flechas disparadas hacia ninguna parte. El punto de llegada es lo que menos importa, lo interesante es el camino, el trayecto. Yo no quiero terminar vuelo a ninguna parte.'

"Yo tenia que escribir, y sentía que esta novela también me iba a salvar, de algún modo. Escribí primero un artículo que fue una especie de carta de despedida a mi mujer, en la cual puse en claro todo lo que nos debíamos mutuamente. Y eso me dio mucha fuerza."

A eso de las once, como todas las noches, Tomás Eloy Martínez abre las cortinas de su cuarto en la calle Reconquista. Apoya su ojo izquierdo sobre las lentes de un telescopio Bushnell de sesenta y siete centímetros montado sobre un trípode y observa minuciosamente el perfil altivo de la muchacha que se desviste morosamente en el departamento de enfrente. "Su imagen irradia, sobre todo cuando queda enmarcada por la ventana, una libertad de gata, una indiferencia inconquistable, algo mercurial que la coloca lejos de todo alcance". No. El voyeur no es Tomás Eloy, se llama Camargo, tiene mucho poder y vive atormentado. Tomás Eloy Martínez, en cambio, inventó a Camargo, así como a Reina Remis, la mujer que Camargo observa con perversa delectación, y con ellos enhebró El vuelo de la reina, una novela fascinante y tremenda que ya tiene reconocimiento universal. ¿ O fue Camargo quien inventó a Tomás Eloy Martínez? Porque Camargo es un hombre imaginativo, y la vida de Tomás Eloy también es una novela fascinante y tremenda. Tiene siete hijos de tres matrimonios diferentes, dirigió la mitológica revista Primera Plana, es amigo y confidente de Gabriel García Márquez, reporteó y conoció muy bien a Juan Perón en la histórica quinta 17 de octubre, fue ferozmente perseguido por el Brujo José López Rega y por sus bandas, padeció de un tumor voraz que le devoró un riñon. Cruzando con Susana Rotker, su mujer, una tranquila calle del civilizado pueblo norteamericano donde vive, Highiand Park -a una hora de Nueva York-, un automóvil asesino la mató, cuando iban tomados del brazo y lo hirió a él, en todas partes y en su médula emocional. Antes había escrito más de una docena de libros. La Novela de Perón y Santa Evita, entre ellos, y ahora, después de todo, volvió admirablemente alas alturas. Ascendió otravezlos peldaños del amor a la vida, recompuso sus fuerzas, escribió £1 vuelo de la reina y ganó el deseado premio Alfaguara de novela. Tomás Eloy Martínez juega en el borde. El mismo filo en el que se entrecruzan la ficción y la realidad. "A mí siempre me gustaron los límites -confiesa-: el borde, la penumbra que hay entre la realidad y la imaginación. Me preocupa saber por qué ciertos hechos, que parecen corresponder sólo al orden de la ficción, suceden en la realidad. O de qué manera la realidad va impregnando, aún involuntariamente, las ficciones".
Usted padeció una grave enfermedad. Le extirparon un riñon. ¿De qué modo esa realidad, ese tumor, impregnó la ficción? ¿De qué manera ese limite, ese borde entre la vida y la muerte, lo ayudó a incubar Et vuelo de la reina?
Bueno, en verdad, no sé en qué modo profundo eso sucedió. No estaba muy claro qué pasaba dentro de mí durante ese trance quirúrgico. Yo entré a la sala de operaciones con una enorme curiosidad, porque podría ver más allá, del otro lado de la frontera de la vida, en la cual nunca creí, pero bueno, me pareció que esa verdad me iba a ser revelada. Entré sin miedo, debo decirlo, y con una enorme curiosidad. Finalmente el tumor que tenía resultó benigno, la situación no resultó de la gravedad que se suponía previamente. Cuando salí de la sala de operaciones, para mi sorpresa, desperté siendo el mismo que era antes de entrar. Uno no despierta siendo otro, las esencias de los seres humanos siguen siendo las mismas, con todos los defectos y atributos que tiene. Pero durante un tiempo sí tuve la sensación de que ya no sabía escribir.
 Pero sabía.
Antes de la operación y antes de la muerte de Susana yo había escrito una primera versión de esta novela, pero aquella versión salió muerta. Esta versión, la definitiva, escrita después de la operación y de todo lo demás, empezó a salir hacia junio de 2000. En el acto me di cuenta de que ya iba bien. Tuve la sensación de que ya funcionaba. Los personajes esa vez empezaron a salir vivos, la primera imagen del voyeur en el telescopio empezó a salir viva de entrada. Pero bueno, después sobrevino el accidente. Murió mi mujer, y yo quedé herido feamente en la mitad izquierda del cuerpo, aparte desde luego del golpe emocional violensimo que aquello significó.
Siguió escribiendo a pesar de todo. De algún modo, un mes más tarde del accidente decidió... vivir.
Vivir, sí. Yo tenía que escribir, y sena que esta novela también me iba a salvar, de algún modo. Escribí primero un artículo que fue una especie de carta de despedida a mi mujer, en la cual puse en claro todo lo que nos debíamos mutuamente. Y eso me dio mucha fuerza.
 En El vuelo de la reina, la Argentina está descarnadamente presente. Abundan los seres desagradables, babosos y corruptos, un presidente banal con una mujer chilena...
 Claro, hay una metáfora del país, de la locura del país. Cuando escribí la primer versión de esta novela, todo sucedía en Andorra. Qué curioso... como siempre, el trasfondo del relato era la realidad argentina y tuve la peregrina idea de imaginar que el presidente argentino intentaba comprar bienes y tierras en Andorra, para apoderarse del principado y poner así un pie en la Comunidad Económica Europea.
 No era una idea tan peregrina.
Lo de Andorra era una metáfora. Además de ser una estación de esquí, es un estado libre de impuestos y tiene posibilidades de entrar a la Comunidad Europea de Naciones. Entonces, el delirio de grandeza argentina iba en esa dirección... pero no es ésa la novela que salió.
No, pero en El vuelo de la reina las asociaciones con esos delirios de grandeza son también evidentes.
 £1 vuelo de la reina es una metáfora del crimen que se comete con la Argentina. Es decir, se trata finalmente de la victimización de la Argentina. Para ejemplificar eso usted toma como disparador el crimen cometido por Antonio Pimenta Neves, el caso de ese editor brasileño de 63 años, director del diario O Estado de Sao Paulo, que primero se enamora de una cronista treinta años menor que él, Sandra Gomide, la empina a las cumbres jerárquicas y salariales de la redacción, y finalmente por celos la asesina de dos balazos.
¿Cómo se articula eso con el crimen que usted afirma se perpetra contra la Argentina?
El tema de la novela es el abandono. La idea es que los hombres, los varones, pueden tolerarlo todo con relación a una mujer, todo, incluida la traición, pero no el abandono. El abandono es lo que no se tolera. Y el abandono es lo que nos sucede alos argentinos. Nos abandonan. ¿Quiénes nos abandonan? Los que nos rapiñan, los voraces, los que quisieron hacer del país un poco su campo de saqueo, ¿no? Aunque, a ver... ésos tampoco nos abandonan. Esos provocan que el país se abandone a sí mismo, es su voracidad la que nos persigue.

Usted cita, en un acápite que preside la novela, una enigmática frase de Sartre: "El criminal no crea la belleza, él mismo es la belleza en estado puro". ¿Cuál es la belleza del crimen que se perpetra y según usted se trama contra la Argentina, por ejemplo?

La novela gira en derredor de un crimen que se trama, con delicadeza, con lentitud y paso a paso. En ese sentido literario, hay un acto de belleza. Es la metáfora del crimen que se realiza contra el país. Es un crimen tramado con delectación.

A la vez, el país sigue produciendo cultura. Su novela es un ejemplo.
 Creo que el país es un relato enormemente rico. En estos momentos emerge un muy buen cine, hay una excelente literatura. Hay autores nuevos, estoy redescubriendo otros no tan nuevos que me gustan mucho y que generalmente había pasado por alto, como Juan Sasturain, o Marcelo Birmajer, o Rodolfo Fog-will, por ejemplo... Ellos enriquecen al país.

Es un país abandonado que en muchos aspectos sigue siendo rico.

El día a día nos obsesiona tanto, nos inquieta tanto, nos abre tal caudal de frustraciones que no nos deja tiempo para pensar en las riquezas que tenemos detrás. Yo siempre cito como metáfora del país un poema de Edgar Bayley, un poeta porteño de los años 50 bastante bueno que dice: "Nunca terminará, es infinita, esta riqueza abandonada". Es una idea del país, ¿no? Que nunca terminará, es infinita, esta riqueza abandonada.

Es algo así como dos fatalidades que la riqueza y el abandono vayan juntos y nunca terminen, ni lo uno ni lo otro.

Sí. Bueno, es una fatalidad que sólo nos ocurre a nosotros. Por eso, es que el abandono es el tema de la novela.

Usted tiene siete hijos y seis de ellos viven en este país. ¿Cómo vive eso: usted en Estados Unidos y ellos aquí?

Lo vivo, en principio, con enorme preocupación, con un enorme dolor. En general, mis hijos se han abierto camino por ellos mismos y no están mal. Es decir, no están padeciendo la infinita tragedia de la mayoría de la sociedad que es la tragedia de la desocupación y el desamparo. No padecen eso. Pero igual, no puedo permanecer indiferente a las dificultades de la vida que cada uno de ellos afronta. Debo decir, sin embargo, que la terrible Argentina de ahora, la atroz Argentina de hoy, siempre fue, desde que yo recuerdo, un país difícil. Antes había trabajo, ahora no lo hay, pero siempre fue muy difícil crecer y ser alguien en la Argentina; es un país en el que uno llega a creer que por mucho que haga, nunca se llega. Es como subir al palo enjabonado.

¿En qué dimensión se siente más cercano a la realidad: cuando transita por la realidad misma o cuando se interna en la ficción, es decir, cuando escribe y crea?

En las ficciones somos lo que no nos hemos atrevido a vivir. Una novela, esa creación de otra realidad, esa dimensión paralela, esa penumbra en la cual la ficción y la realidad se in-terpenetran, es arráyente. En fin, la vida está en la ficción. Yo creo que los libros se tienen que leer como quien entra a un cine. En ese momento la realidad se recorta y uno se sumerge en esa otra realidad como si fuese verdadera. En esos momentos, mientras se ve la película, uno no se detiene a pensar si lo que está viendo es realidad o ficción.

¿Cómo es un día de su vida, allí en los Estados Unidos? ¿Qué otros miedos se padecen allí, tan lejos de casa, cómo se vive y se ve todo lo que pasa en el mundo desde Highiand Park?

Bueno, yo vivo en un pueblito de las afueras, en el estado de Nueva Jersey, donde la única perturbación cotidiana es el teléfono. Mi vida diaria es bastante plácida. No se puede comparar a las zozobras de Buenos Aires. Me levanto muy temprano todas las mañanas, a eso de las siete, siete y media, y me pongo a trabajar. Es decir, a escribir. Cuando trabajo trato de no atender el teléfono. Pero ahora, gracias al Premio Alfaguara por El vuelo de la reina, esa rutina se va a alterar. Tengo que realizar un periplo por quince países para presentar el libro.

¿Está escribiendo algo nuevo?

Sí, es un libro sobre Buenos Aires que se llama El cantor de tangos. Es una novela breve, una propuesta de la editorial Bloomsbury de Londres, que está publicando una serie que se llama Los escritores y sus ciudades. Han elegido un grupo de escritores que a mí me gusta mucho.

¿Quiénes son ellos?

Por ejemplo Carlos Fuentes escribe sobre México, Günther Grass sobre Berlín, Kenzaburo sobre Tokio, Saúl Bellow escribe sobre Chicago, Antonio Tabucchi sobre Lisboa. En fin, es buena compañía. Tengo que decir que para volver a escribir me ayudó mucho el hecho de que la Universidad de Rutgers, en la que trabajo, me haya nombrado escritor residente. Esto significa que mi obligación principal para con la universidad es escribir. Es como una especie de don del cielo. Soy el único con ese cargo en esta universidad. En la de Princeton por ejemplo, que es la universidad vecina geográficamente, los escritores residentes son dos, la Premio Nobel Toni Morrison, y la magnífica Joyce Carol Oates. Antes ese cargo lo tenía Paúl Auster, por ejemplo.

El vuelo de la reina es también una novela sobre la vida de un periodista, o de varios. De hecho los protagonistas son un jefe de redacción y una redactora, ambos ambiciosos y unidos por un extraño embelesamiento. Usted es a la vez  que escritor un gran periodista. ¿Cómo concibe la vida de un periodista en la Argentina de hoy?

En principio, tengo que aclarar que el protagonista de la novela no es ningún periodista argentino que exista en la realidad. Es un compuesto de muchos personajes, no sólo argentinos sino también de otras latitudes. Es un déspota que se siente todopoderoso, que siente que su periódico está ahí por arriba de todo. Es complicado ejercer el periodismo allí donde las instituciones son débiles... Pero bueno, no quiero anticipar la novela.

Usted cita allí al filósofo francés Gilíes Deleuze. Suele acudir a él también en sus columnas periodísticas. En una de ellas, recordando el caso de un matrimonio que emprendió el exilio, lo citó para recordar que las líneas de fuga son lineas de muerte, concluyendo que en realidad la linea de muerte es el país, el país que "se queda aquí". Como si la Argentina se fugara hacia la nada.

 Primero quisiera decir algo de Deleuze. Su pensamiento me interesa mucho. Además, ha tenido una muerte extraña... Lo internaron, y él decidió lanzarse en su silla de ruedas a través de una ventana. Se precipitó al vacío, lo cual es toda una metáfora de su búsqueda como filósofo. Aunque también hay que decir que él plantea a la vez, fugas hacia la vida.

¿Qué es la vida, Tomás Eloy? ¿Como hace uno para fugarse hacia la vida y huir de la cárcel cotidiana de los sinsabores y la inquietud?

La vida también es un vuelo hacia arriba. Es todo un vuelo. Tanto la vida como la novela, encuentran su fuerza, su eficacia central, en el hecho de que sus actores son flechas disparadas hacia ninguna parte. O hacia alguna parte, y la gracia está en el vuelo de la flecha, no en el hecho de que la flecha llegue. El punto de llegada es lo que menos importa, lo interesante es el camino, el trayecto. Deleuze decía: "El camino del medio es un punto de máxima velocidad" , ése es el momento en el que se afirma. No quiero terminar este vuelo. Este vuelo a ninguna parte.

Justamente, la novela incluye la dedicatoria a una mujer "...que me enseñó a volar otra vez".

 Sí, hay una dedicatoria en ese sentido. Pero no quiero hablar de eso, es un tema muy personal.

Está por cumplir 68 años. Atravesó una operación y un accidente, ¿cómo se siente físicamente?

 Muy bien. Yo me hago chequeos generales con los médicos que me atienden en Bostón y me vienen encontrando muy bien, muy bien. Tengo un gran nivel de energía y de vitalidad. Le diré que no es idéntica a la de los veinticinco o treinta años, pero...

Pero es mejor...

Por supuesto, con mejor calidad, digamos.

¿Entonces, hay que volar, libremente, sin remordimientos y hacia cualquier parte, allí donde nos lleven los vientos?

Lo importante es el vuelo. Esa es la gracia

Los gozos y las sombras

"Camargo cerró la puerta y la abrazó. Reina sintió que el cuerpo enorme y temible en el que estaba dejándose caer despertaba en ella un deseo que no había imaginado. Sintió que todas las certezas se desplazaban de su quicio, y que Camargo no era ya Camargo ni ella tampoco era ella.

Esta semana estará en las librerías El vuelo de la reina. VIVA adelanta en exclusiva un fragmento de la novela que incluye a sus dos protagonistas: Camargo, el poderoso director de un diario argentino, y Reina Remis, su periodista estrella. Entre ellos avanza una relación de miserias y pasiones, donde también se cruzan las del país que los rodea.

Reina -dijo Camargo. -Qué -respondió ella, sin pensar. Nunca la había llamado así, por su nombre.

-Me casaría con vos si tuviera veinte años menos. O si vos tuvieras diez años más. Ella le sonrió, compasiva. Al sonreír, alzaba tanto el labio superior que la franja de las encías quedaba a la vista. Aquélla era una noche de malos entendidos, de palabras que no significaban lo que decían.

-¿Cómo se le ocurre eso, doctor? Si es un cumplido, es rarísimo.

-No es un cumplido. Te lo digo en serio. Me casaría con vos pero no puedo. Tengo el doble de tu edad.

-El doble o la mitad de mi edad daría lo mismo. No puede porque no puede. Está solo, está lejos. Cuando uno está solo y lejos dice cualquier cosa.

-No he dicho cualquier cosa. He dicho que no puedo. Estoy casado, soy infeliz, pero ése no es el motivo, porque eso es lo que te diría cualquier hombre en mi lugar. No puedo porque nos parecemos demasiado. Nos haríamos mal. Reina sintió que las palabras iban cayendo con alivio una al lado de otra, en un orden que tal vez tenía siglos pero que para ella era nuevo. Le pareció que esas palabras encajaban, después de haberse buscado durante mucho tiempo.

-No sé qué decir. Estoy confundida. Todo me confunde.

Camargo se levantó de la mesa con la taza de té y dio unos pasos hacia la cocina. Luego se volvió, dejó la taza sobre la mesa y puso una mano sobre los hombros de Reina.

-No tenes que decir nada. No tenes que pensar nada. Soy yo el que ha dicho todo. Ella se apartó de la mano y lo miró a los ojos.

-Hay frases que se quedan, que no se pueden de-jar en el aire. Alguien dice algo, y ese algo nos cambia, aunque no queramos.

-Tal vez lo dije sin pensar.

-Nadie habla sin pensar. Todo lo que decimos tiene un sentido, y no hay por qué dejarlo caer.

-Nos parecemos, Reina. ¿Ves lo que pasa? Pensamos igual, casi con las mismas palabras. Así empiezan los cortocircuitos.

-Si usted no fuera mi jefe, yo podría permitirme el lujo de un cortocircuito. Pero tengo la lengua atada. Me gusta lo que hago, ¿sabe? Me gusta escribir. Me costó mucho trabajo entrar en el diario y el día en que lo conseguí pasé una hora bailan-

do sola en el anfiteatro del parque Lezama. Pisé tanta caca de perros que tuve que tirar los zapatos a la basura, pero fui más feliz que nunca en la vida. No puedo perder eso, doctor Camargo. No puedo tener cortocircuitos con el editor de Cultura ni con el prosecretario general ni mucho menos con usted, que está en la punta de la pirámide.

-Tenes razón. Pero yo no te dije que tuviéramos una de esas historias que se olvidan antes de que sucedan. Dije que me habría casado con vos. Es distinto.

-También dijo que no puede. Y eso es lo más distinto.

A él le pareció mentira que estuvieran hablándose así, dejándose ir, con una soltura que jamás había sentido en la relación con ninguna otra persona, ni siquiera sus hijas. Le sorprendió que aquella muchachita de nada lo pusiera a temblar como un adolescente. Ella, a su vez, no entendía qué estaba pasando aquella noche. La confundía retroceder y la confundía avanzar. No le gustaba alejarse tanto de sí misma. Por momentos veía a Camargo tal como era: un señor mayor, que caminaba encorvado, con una voz demasiado pensativa y un torso de matrona, redondeado por los años. Nunca nadie así había entrado en sus sueños. Y sin embargo, todo lo que él decía la tocaba y la hería como un ácido. Todo lo que él decía le cortaba el aliento y entraba en su pasado.

-Voy a dormir -dijo Reina-, Creí que este día no iba a terminar nunca.

-Sí. Podría no terminar nunca. Ya en el dormitorio, mientras se libraba de los incómodos zapatos de monja y plegaba sobre una silla el vestido mexicano, oyó a Camargo discutir con la casera por la aspereza de las sábanas, por el olor a encierro y por la espesura del mosquitero. "Si alguien se ha llevado el aire de esta casa lo tendría que devolver", dijo él cuando Reina, con el camisón ya puesto, se cepillaba a ciegas el largo pelo oscuro. Estaban en cuartos contiguos, separados por muros de medio metro, pero la delgada madera de las puertas, en vez de amortiguar los sonidos, los encendía y refinaba la acústica. Apagó la luz a la una de la mañana pero no consiguió dormir. Dos o tres veces la sobresaltó el celular de Camargo. Lo oyó dar órdenes sobre el tamaño de las fotos, mover algunos títulos de lugar, discutirlas torpezas de un párrafo. Hablaba con tono firme, pero en voz tan baj a que las sílabas se le confundían. A ratos, las ventanas se iluminaban con relámpagos y la humedad crecía como si estuviera viva y no tuviera intenciones de retirarse. Había empezado a relajarse y a entrar en ese limbo donde los sentidos pierden pie cuando Camargo llamó a la puerta. Serían las dos, tal vez las dos y media. Por un momento no supo si era una voz del día siguiente o de la semana pasada.

-Reina, tuve que retirartu artículo de la primera página. ¿Estás durmiendo, Reina? Tu artículo no va. El latigazo de la frase la despejó.

-¿Por qué, doctor? Ya voy. Tengo que ponerme algo.

En su cabeza se instaló de pronto la idea de fracaso y se dio cuenta de que a nada le temía tanto como a eso: no al fracaso con sus padres, porque ésa es una fatalidad de la que ningún ser humano escapa, ni al fracaso con Camargo, que tal vez podría ser reparado, sino con ella misma, con la imagen invencible que tenía de sí y que de pronto se venía abajo. ¿En qué se habría equivocado? Tanteó la llave de la luz: no servía. Por suerte, una lámpara a kerosén estaba encendida y aún titilaba, con la mecha agonizante. Se puso el vestido mexicano sobre el camisón y, al ir hacia la puerta, sintió un ligero vértigo, la sensación de que apenas viera a Camargo caería al vacío. Él rezumaba humedad y malicia. Acababa de salir de la ducha y olía al mismo perfume suave y recóndito que lo seguía por todas partes. Llevaba en la mano la carpeta de papeles que había traído de Buenos Aires.

-Estás muy linda, Reina -dijo. Las palabras tropezaron unas con otras, como si no fuera eso lo que quería decir.

-¿Qué pasó con mi artículo? ¿Está ahí? Reina señaló la carpeta.

-Nada. No pasó nada. Sólo quería conversar un momento con vos y no sabía cómo despertarte.

-¿Quiere decir que sale tal como se lo mandé, en

la primera página?

-Sale sin cambios, sí. No ha pasado nada. ¿Puedo entrar un momento?

Ella se apartó del paso y él, al avanzar, le tomó la mano. Ella no se la quitó.

-Estoy confundida -dijo.

-Todos estamos confundidos. - Camargo cerró la puerta y la abrazó. Reina sintió que el cuerpo enorme y temible en el que estaba dejándose caer despertaba en ella un deseo que no había imaginado. Sintió que todas las certezas se desplazaban de su quido, y que Camargo no era ya Camargo ni ella tampoco era ella. Un abrazo bas-

taba para que dos personas fueran de repente otras. Él le tomó la cara entre las manos y la besó. Sus labios eran cálidos y la apartaban del mundo. Las lenguas se buscaron y se acariciaron, y una marea ciega los arrastró hacia el ningún lugar donde querían estar. Reina no se detuvo a pensar en todo lo que ganaba y lo que perdía en aquel instante. Sólo se dejó llevar, porque él le pareció un niño indefenso y ella tenía ganas de protegerlo.

A Camargo le extrañó que ella no estuviera en la cama cuando despertó. Por la sucia luz de invierno que entraba por la ventana dedujo que serían más de las siete. El horizonte era una raya gris y el

calor seguía allí, contrariando las estaciones. No estaban las ropas de Reina ni su bolso de viaje ni la computadora portátil en la que había escrito el artículo sobre la herejía. Incrédulo, empezó a vestirse. No le incomodaba tanto que se hubiera marchado sin dejar siquiera una nota sino que lo hubiera espiado, tal vez, mientras dormía. Debía ser propio de las mujeres como ella: espiarlo, tener todo bajo control. Lo habría visto con la boca desencajada, las piernas desnudas y varicosas, el abdomen blando y desvalido. Lo habría sorprendido en estado de indefensión y se habría llevado esa imagen consigo, sin darle tiempo a él para corregirla. Salió a la galería en busca de la casera y la encontró cubierta por tules de mosquitero, cargando un cuenco lleno de miel. La mujer se quitó los tules en señal de respeto. Tenía los cachetes arrebatados, partidos por la sequedad.

-¿Usted también se va ya, señor? -dijo-. Hay café caliente y bollos. Debería probar los bollos con esta miel. No hay flores, pero las abejas siguen trabajando. La semana que viene nos van a traer reinas nuevas. Tendría que venir a verlas, señor. Las reinas cantan, ¿sabía eso? Cuando cantan, todo lo que usted ve acá se pone amarillo, vaya a saber por qué.

Camargo no respondió. Tanta locuacidad le molestaba. No quería tratos con la gente inferior, ni menos esas muestras de confianza. ¿Habría visto algo la casera? ¿ Lo habría oído?

-¿Dónde está el chofer? -preguntó-. Tendría que tener el auto ya listo aquí, esperando.

-Se fue a llevar a la señora a la terminal -dijo la mujer-. A lo mejor volvió a perderse.

-Sírvame café. Sin miel, sin bollos. Sólo tomo café por la mañana.

Se había ido en ómnibus, entonces. ¿ Por qué hacía esas cosas ? Quizá porque él la había dejado en medio de la calle cuando salieron a comer. Era vengativa, una mierda. Sin embargo, seguía pensando en ella. Zumbaba en su imaginación y no se iba. Echaría al chofer cuando volvieran a Buenos Aires. Y con Reina, ¿qué haría? Un par de abejas se acercó al cuenco de miel que la casera había dejado sobre un banco, en la galería. A lo mejor no ha vuelto al diario, pensó. A lo mejor está yéndose a cualquier otra parte. Pero algún día tiene que detenerse. Algún día va a llegar a un sitio y va a quedarse para saber qué hacer. Y cuando llegue, voy a estar esperándola. Puede sentirse todo lo libre que quiera. Puede sentirse libre todo el tiempo porque, vaya donde vaya, me pertenece .

origen de datos: revista viva de clarin

OBRA
 


 

  • Sagrado (1969)
  • La pasión según Trelew (1974)
  • Lugar común la muerte (1979)
  • La novela de Perón (1985)
  • La mano del amo (1991)
  • Santa Evita (1995)
  • Las Memorias del General (1996)