por: MARCELO COHEN clarin 11 de febrero 2001
El sistema Pessoa no tiene fin. Abarca motivos inmensos, como el imperio mundial portugués, y minucias como un barco que zarpa o una nena que come un chocolate. Y si bien la trama general tiene un aire de plena conexión, uno puede entrar por cualquier parte que indefectiblemente irá a dar ,sin la falta de fundamento, que es el enígina mayor. Lo grandioso del sistema Pessoa es que en el centro de la abundancia no hay nada. Para Aristóteles, la verdadera diferencia entre el historiador y el poeta radicaba en que uno cuenta lo que sucedió y el otro lo que podría suceder: "Por eso la poesía es más científica y seria que la historia; porque tiende a dar verdades generales". Pessoa no estaba de acuerdo. En un artículo de 1924 defendió un arte antiaristotélico, basado no en la belleza que agrada, la inteligencia que comprende y la unidad artificial visible (como la de una máquina), sino en la unidad espontánea y orgánica (natural, invisible), en la sensibilidad (que es particular) y en la fuerza, que domina y - áudacia la generosidad del artista.

Pessoa quería subyugar, imponer el vacío propulsor de su visión, y consideraba a su heterónimo Alvaro de Campos el mayor heredero de Walt V/hitman. Pessoa no era poco ambicioso. Quería ser el Shakespeare que la estancada literatura portuguesa necesitaba para despertar. Aunque lo "consternaban" los principios y los finales, las soluciones a los problemas más altos y la idea de que Dios determinara el curso de las cosas, estaba convencido de que él podía atraer todas las astillas del mundo: el momento imborrable en el puerto, la muchedumbre y la ausencia, la tormenta a media tarde, el motor del tranvía, los labios, la infancia, la utopía, el cigarrillo y el ahogo de las dudas en la melancolía. Pessoa desvariaba por exceso de inteligencia, pero la inteligencia sistemática lo resguardaba de la locura. La poesía era "asombro, admiración, como la de un ser caído del cielo que conoce el alma de las cosas"; y el secreto del caído era que el cielo estaba deshabitado, que no existía unidad ni absoluto. La perfección sólo podía manifestarse en la pluralidad. 'prescindiré de Dios, del hombre, del mundo, seré mero vacío-persona, infinito de Nada consciente, pavor sin nombre, exiliado de mi propia vida." Decidido a sentir con el pensamiento, Pessoa vampirizó el mundo y, ahí donde nada parecía hablarle, soñó los seres que vivirían todos los sentimientos y visitarían todos los mitos. Hizo de sí mismo un experimento alquímico, un panteón pagano completo, y en el abandono de la identidad alcanzó esa fusión de ignorancia completa y saber supremo que Bataille llamaba soberanía: no el consumo de lo producido para el uso, sino el derroche de posibilidades injustificadas. Pessoa fue una desintegración constante en equilibrio sutil. "Deje que hablen", le escribió a un amigo. "Cuando me muera van a encontrar cajones repletos". El augurio se cumplió tan generosamente que todavía se siguen exhumando manuscritos. El que acaba de publicarse ofrece una entrada al vacío tan buena como cualquier otra, y por eso importantísima. La hora del diablo -un boceto de juventud- es una obra del Pessoa nihilista metafísico, el que equipara todas las religiones y las saluda como sueños justificados, paliativos simbólicos a la impotencia de conocer; el que se exaspera con la ilusión más perniciosa -el Dios Unico creador- y, para desmantelar el sistema de oposiciones en que la ilusión se sostiene, empieza por dar vuelta la figura del gran complementario, Satán. María, una esposa algo desalentada, va una noche a un baile donde conoce un extraño que la acompaña de vuelta a su casa. Está embarazada de tres meses. Casi al llegar el hombre la rapta por un rato, o ella cae en un ensueño, y de pronto se encuentra en una altura desde donde el mundo parece una planicie de lucecitas; el extraño cuenta que fue en esa misma altura don ahora tierra". Pessoa está sugiriendo que fue el trato con el Diablo lo que propició en Cristo la revelación, y que esa historia de entrega y lucidez fue trastocada en superchería por la Iglesia de Roma. Porque el Diablo de Pessoa no es el rebelde orgulloso de Milton ni el malicioso manipulador de Goethe. Pessoa veía el bien y mal como estrategias tristes de una teología inerme ante la magnitud del misterio, que era inalcanzable y hueco; su Diablo se presenta como "señor del Intersticio y el Intermedio" y, porque se sabe un invento, también como "Dios de los mundos que fueron antes del mundo". El Diablo es lo Primero (lo inefable) y el deseo humano de llegar a conocerlo; es -el ruido de la conciencia y la medialuz consoladora de la imaginación. Es la constatación gnóstica de que, entre el origen de todo -esa gran ausencia- y los sentidos terrestres, hay tina cantidad de figuras divinas, todas del mismo carácter ficticio, suscitadas por la duda metafisica. "Y ése que en un instante. ve el universo desnudo, crea una filosofía o sueña una religión; y la filosofia se difunde y la religión se propaga, y los que creen en una pasan a usarla como vestidura que no ven, y los que creen en la otra pasan a ponérsela como máscara de la que se olvidan." Hombres y Dioses son productos de su propio sueño. Soñarse es lo más auténtico de la vida humana, y el genio es proporcional a la disposición a asumirse como soñador. El Diablo es la imaginación, el Poeta, y por tanto la ansiedad la medialuz, la luna, el deseo. Su actividad' 1 más revulsiva es inducir al ensueño: "Contrariar ideas es hacer que nos abandonen o y se caiga en el desaliento y en el sueño, ) 1 por lo tanto se pertenezca al mundo". Claro que la obra de Pessoa contiene la réplica a esta posición en el heterónimo Alberto Caeiro, el que enseñaba a disfrutar de - río sin hacerse preguntas. El Diablo sabe  que su ironía está herida de nostalgia. A  veces creo que más vale la calma de una noche de la familia junto al hogar,¿ - esa metafisica de los misterios a que noso tros, dioses y ángeles, estamos condena a dos por sustancia." Pero el lector no tiene- que pronunciarse. El sistema Pessoa se come a sí mismo trozo a trozo, y al mismo pulso va engendrando nuevas alternativas a Como este relato sin forma, sin género - sin tesis ni personajes palpables, lo mejor es aceptarlo entero y en dispersión, si uno cree que hay una inteligencia en el parpadeo de los universos.

PESSOA