Patricia Sagastizabal


un secreto para julia
premio la nación novela 2000


Los relatos que se apoyan en la memoria o se refieren a ella suelen apelar a lo sensorial como fuente insoslayable de experiencias que, a veces, conducen a la nostalgia o a la melancolía. Pero, también, hay una memoria trágica que sobrepasa la vivencia personal, y es en experiencias narrativas de esa índole donde gravitan más claramente los factores históricos. En ese cruce de lo individual con lo histórico se conjuga el relato doloroso (pero en última instancia purificador) que intenta Patricia Sagastizábal en Un secreto para Julia, una novela que, centrándose en una conflictiva trama familiar, evoca por arrastre los horrores de la última dictadura militar de la Argentina, atrocidades que, por lo demás, signan el origen del drama que aquí se cuenta. La autora arranca en Londres, a fines de los 90, desde la óptica de la narradora, Mercedes Bcecham. Vive exiliada en esa capital desde que, en 1979, los militares la liberaron de su cautiverio en la Argentina. La Julia del título es su hija, ahora de 16 años, edad en la que, por fin, la chica tendrá acceso a un secreto no bien guardado sino disimulado. El lector intuye bien pronto que Julia no ha sido concebida en  términos de amor sino de violencia, que su gestación está ligada al último período de cautiverio de su madre. Algo hay allí, pero ¿qué es? Este interrogante la autora lo mantiene hasta los tramos finales de la novela, ¿dosificando la intriga en un bien articulado mecanismo de ¡das y vueltas. La estructu ración de la compleja historia de Mercedes a través de su angustioso, acelerado relato, es uno de los méritos de esta novela que se adjudicó el Premio La Nación de 1999. Hay una brusca presentación de los hechos y luego un viraje. Ocurre que Sagastizábal arranca a los tiros, en época actual, con una violenta escena inicial en un restaurante londinense que, más que de un policial, parece extraída de un westem. A esto sucede el repliegue de Mercedes, la meditación sobre su denso pasado: la militancia, dos años de prisión y el exilio, y luego el nacimiento de una hija que hará patente, para siempre, su destino de tortura y violación. En esa introspección el personaje de Mercedes Beecham incursionará, en primera persona, en regiones cavernosas y, a través de su discurso casi vulgar, evolucionará hasta rozar ‑acaso sin proponerse los tópicos ancestrales. Uno de ellos, que no tarda en aparecer e instalarse en el centro de la escena, es el tema del padre. Desde otro ángulo, Un secreto para Julia es una novela de fantasmas, y no precisamente una ghost story heredera de Sheridan Le Fanu, sino una peripecia habitada por fantasmas psíquicos. Aquí la noción de lo fantasmagórico se ve inevitablemente tejida por los «sucios" oficios de la Historia: la experiencia de lo vivido en la Argentina en los años de plomo (ya apareció en las elecciones de otras novelistas argentinas: Liliana Heker lo trató en El fin de la historia y Manuela Fingueret en Hija del silencio) gravita para siempre en la conciencia de la víctima como un espectro amenazador: "Hay algo, como una sombra que se aparece reflejada en el espejo y me doy vuelta sobresaltada. No hay nadie, estoy sola y a salvo". Pero el fantasma más denso es el del ignoto y misterioso padre. Ante los requerimieritos de Julia acerca de su progenitor, Mercedes inventó una historia increíble con un marino irlandés. La verdad sobre ese padre encierra un componente monstruoso; de ahí la mentira, de ahí el secreto. Julia necesita aunque más no sea imaginar, forjarse una figura paterna. Es un enclave insoluble que desembocará en una situación viciada, un silenciamiento (ese cuadro que se conoce como renegación) desde la palabra de la madre. La verdad será revelada pero a destiempo: Mercedes ha lanzado a Julia a la búsqueda de un padre que no va a encontrar ("En el pecho siento un vacío, como sí tuviese un hoyo, y lo tengo desde niña, jamás lo pude llenar"). Pero para esa madre desgarrada no hay otra opción que el silencio; la presencia de su hija es como un estigma: Julia es la hija nacida de la unión ¡legítima del horror y la distancia.
Al causante de su duro. destino Mercedes lo tiene inscripto en el cuerpo, en sus cicatrices. En ese sentido, uno de los tramos más significativos de] relato refiere la relacix5n (fortuita, a raíz de una encuesta de trabajo) de Mercedes con Florence, la prostituta. Florence induce a la protagonista a cuidar su apariencia, y Mercedes se redescubre in el espejo: ahí están las cicatrices, los rastros de otra época. Florence ha despertado en ella la conciencia de ese aparato racional que se ha armado para no relacionarse con su cuerpo, y en eso el secreto juega como metáfora elocuente: selló su boca, borró imágenes, cerró su cuerpo. Y desde entonces no hubo apariencia de mujer para mostrar a los hombres. Cuando al final está por revelar el secreto a su hija, en la ducha se roza sus cicatrices y se pregunta si Julia las vio alguna vez: las marcas en el cuerpo son el rastro del padre oculto, están ligadas a su negación.
Sagastizábal, que se había dado a conocer con una novela cuidadosamente ambientada en las misiones jesuíticas (En nombre de Dios, 1997), planta un microcosmos en el que, aun lejos de cualquier prejuicio feminista, condena sin embargo a casi todos los personajes masculinos a roles negativos: o están muertos o son verdugos. , peor, se instalan como fantasmas (sólo Eric, el amigo, sobre el final respalda a la protagonista y la impulsa a revelar su secreto a Julia). Las mujeres, en cambio, se van sucediendo como en postas para erigirse en aliadas de Mercedes, desde la dueña del hotel de Brighton (luego, del restaurante de Londres), hasta Florence, la prostituta, quien ‑entre otras cosas‑ se exhibe como un modelo de maternidad asumida, en oposición a la conflictiva vacilación de Mercedes, que la precipitó a un intento de aborto.

Sagastizábal instala a su protagonista en el torrente de la palabra en tanto confesión‑relato, como catarsis, en un discurso a un tiempo intenso y fluido, por momentos a borbotones, lo que a veces induce a incurrir en ciertos automatismos de lenguaje ('La brisa que venía del mar era suave, los pescadores se internaban hacia o "El reloj mueve las agujas...).Al final hay una reconciliación, una suerte de premio de la existencia al cabo del ries­go, resumida en, la metáfora de la ruleta rusa, una voltereta feliz del destino que depara un agradecimiento del lector por destellos de emoción sincera.

Nota de Nestor Tirri 
diario clarín 2/07/2000