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Mariquita Sanchez de Thompson

 

con sus hijos

miniatura el himno nacional sus nietos

Era un día importante de 1801. En la fiesta no faltaban manjares ni chocolate caliente y media sociedad criolla estaba al tanto de la celebración: se comprometía una de las herederas más ricas de Buenos Aires. El novio era don Diego del Arco: un cincuentón con abundante alcancía, que aseguraba a la familia de la novia cierta tranquilidad económica. La prometida, entre tanto, era una nena de catorce años. Dicen que era vivaracha y de mirada dulce, pero que ninguno de sus encantos se notaba ese día: estaba triste.
Hasta que llegó el gran momento: en nombre del rey, se le preguntó a la chica si aceptaba por esposo a don Diego Ella tomó aire y con toda la tranquilidad del mundo dijo: no".
Con esa respuesta, María Josepha Petrona de Todos los Santos -más conocida como Mariquita- no sólo se sacó de encima a don Diego: tiró por la borda la convención de¡ casamiento por conveniencia, el autoritarismo paterno y el lugar pasivo que ocupaba la mujer en esa época. Y con sólo catorce años, dio el primer paso de una serie de hechos que la colocarían en el podio de la historia argentina. Mariquita se gesta a sí misma en ese no", escribe Teresa Rodriguez en su libro Mariquita Sánchez y Martín Thompson. Un himno a la independencia y al amor. Y es que la nena" abrió con un monosílabo las puertas de una revolución personal, pero también social. Razones para hacerlo le sobraban: Mariquita estaba profundamente enamorada de otro hombre -Martín Thompson- y eso le dio fuerzas para negarse a las imposiciones formales.

LA NIÑA QUE CAMBIO LAS REGLAS

Martín y Mariquita tenían orígenes distintos. Ella era hija de Cecilio Ramón Sánchez Ximénez de Velazco, un andaluz que pisó tierra americana sin mucho que perder, y tuvo la astucia de casarse con una viuda dueña de abundante herencia. En una casona patricia -delimitada por las actuales calles Florida, Sarmiento, San Martín y Peron nació Mariquita. Ese mismo día, el 1 de noviembre de 1786, don Cecilio plantó un naranjo en el jardín, cercano a un aljibe que abastecía de agua a todo el vecindario.
Como un naranjo delicado fue creciendo entonces la niña. Dicen que su contextura era pequeña, pero que tenía una fuerza arrolladora y una capacidad de esponja para absorber conocimientos. Marica (así la llamaban sus padres) creció en un ambiente dual: por un lado, la vida de las mujeres consistía en asistir a reuniones sociales, oír misa, rezar, coser, zurcir y remendar. Por otro, empezaban a llegar las ideas de la Ilustración -producto de la Revolución Francesa de 1789- y esa corriente cayó sobre Mariquita como viento fresco: los ilustrados hablaban del derecho del individuo a decidir por sí mismo. Este dato no es menor: en esa época las chicas se casaban a los quince años y la posibilidad de elegir el cónyuge era nula. Teresa Rodríguez señala en su libro que así como en la monarquía española el soberano decidía sobre la vida y la muerte de sus súbditos de manera absoluta y por derecho divino, los padres se arrogaban este mismo derecho al disponer sobre el futuro de sus hijos.
Según las normas, quien no acatara el mandato de¡ padre tenía que recluirse en un convento. A este riesgo se expuso Mariquita al negarse al matrimonio arreglado. El motivo para plantar a don Diego tenía nombre y apellido: Martín Thompson.

NACE UNA PASIÓN

martín venía de una familia derrumbada. Su padre -con una posición distinguida en la sociedad colonia¡- y su madre habían hecho un juramento de sometimiento absoluto: quien sobreviviera al cónyuge entraría a una orden religiosa de por vida. Así ocurrió: Pablo Thompson  murió y su viuda se encerró para siempre en un monasterio. Martín, con apenas diez años, quedó desprotegido y solo, a cargo de un padrino que le dio la mejor educación posible y lo envió al colegio ''Himno Nacional en la casa de Mariquita", obra del pintor Pedro Subercasseaux. de San Carlos (el actual Nacional Buenos Aires).
Entre ese maremoto emocional hubo un respiro: su prima segunda. Una vez ingresado en la armada española, Martín -que siguió la carrera naval- esperaba locamente las licencias para poder ir a visitarla en su quinta de San Isidro. Martín no podía arrancarse de la mente a esa chica de mirada dulce, contextura pequeña y labios gruesos. Y Mariquita soñaba despierta con su Romeo de ojos como mares, pelo muy rubio, cara melancólica y sonrisa tímida. Así -en los albores el siglo XIX- los dos se treparon a esa suerte de limbo que es el amor, Se juraron fidelidad eterna y se encontraron a escondidas cada vez que pudieron.
Fue esta pasión compartida la que rompió los preceptos de la época. Mientras se orquestaba el casamiento de Mariquita con don Diego, Martín pidió la intervención de¡ virrey con la excusa de que Mariquita y yo estamos comprometidos bajo juramento y nadie podrá obligarnos a ser perjuros". ¿El resultado? La ceremonia se interrumpió, pero durante varios días y también por mandato paterno- Mariquita estuvo encerrada en la Casa de Ejercicios y los artilugios familiares impidieron a los enamorados verse durante dos años.
Martín, entre tanto, sólo tenía un verdadero y único compromiso: Mariquita. El hombre estaba
enamorado y perdido, tanto que al casarse pidió que lo nombraran Capitán del puerto de Buenos Aires para no tener que irse a recorrer el mundo sin su esposa. Hasta que en 1816 el gobierno de Buenos Aires lo envió a una misión secreta en Estados Unidos. Dicen que Thompson se derrumbó allá en el norte. Que los yanquis lo llama- ban "Míster Mariquita" porque no hablaba de otra cosa. Que se lo veía vagar por las calles, desvariando, mal vestido y sucio. Que se enfermó de amor y soledad. Su inhabilidad
para el cargo hizo que en 1817 lo destituyeran y lo metieran en un hospital.
Cuando Mariquita se enteró, envió una carta desesperada al secretario de Thompson pidiendo que lo
trajeran de regreso. Solicitó con un detalle conmovedor que por favor lo bañaran y peinaran, que le compraran ropa nueva y se embarcaran con él.
Cuidado Joaquín -advirtió por escrito-. No permitas que nadie lo trate mal ni lo insulte."
Martín murió en altamar y su cuerpo fue arrojado al agua. Desde ese día, la vida de Mariquita se
tornó gris. En 1820 se volvió a casar con un francés de apellido Mendeville, pero ésa es otra
historia. Muchos biógrafos aseguran que el esplendor de su vida estuvo al lado de Thompson, y que
los cincuenta años más que ella vivió tras la muerte de su amado fueron agradables, pero nunca tan
felices. Mariquita falleció a los 82 años, rodeada de hijos, nietos y un gran prestigio en la historia de
país. Cerró los ojos en octubre de 1868, y un guiño del destino quiso que fuera el mismo mes en el que
había muerto Martín Thompson.

UN AMOR QUE HACE HISTORIA

Pero era ya imposible desandar el trayecto: Martín y Mariquita insistieron con hacer oír su reclamo, hasta que en 1804 el virrey Sobremonte -acreditado para autorizar un matrimonio si consideraba que los padres no tenían justa razón para oponerse- falló a favor de ambos. Así, el 29 de junio de 1805, se casaron y se instalaron en la casona familiar de Mariquita.
Esta fecha fue una bisagra en la vida de doña María Sánchez de Thompson: el período de este primer matrimonio -entre los años 1805 y 1816- coincidió con el desarrollo de buena parte de la historia argentina. A cada una de sus tertulias asistían todos los protagonistas de la Revolución de Mayo, y no es casual: Martín había estudiado con compañeros como Juan José Castelli Mariano Moreno y Vicente Lopez y su nombre figura en varios documentos políticos.
La serie de cartas que ella dejó tras su muerte (escribía con un estremecedor brillo literario) están cargadas de evocaciones de las vísperas de Mayo. Eso hace pensar que hubo un compromiso potente con los hechos de los que participaba su marido.
Mientras los hijos iban naciendo (en total fueron cinco), también vieron la luz unos cuantos mitos que pasarían a la historia: se dice que en casa de Mariquita se entonó por primera vez el Himno Nacional, creado por Vicente López y Planes y Bias Parera en 1812, y eso sería aparentemente falso. Sí hay indicios de que Bias Parera era profesor de piano de la mujer, y por lo tanto habría posibilidades de que compusiera algún fragmento de la melodía en su casa.