MARGUERITE YOUCENAR

MARGUERITE YOUCENAR ES UNA DE LAS GRANDES ES UNA DE LAS GRANDES ESCRITORAS DE FRANCIA Y ELLA CULTIVO SIEMPRE ESE LUGAR PRIVILEGIADO: ALIMENTO SU MITO, DEFENDIÓ SU INTIMIDAD. LA PUBLICACIÓN DE UNA PARTE DE SU CORRESPONDENCIA PERMITE INGRESAR, UN POCO, EN SU JARDÍN SECRETO.
Fue una de las grandes figuras de las letras francesas del siglo XX. "Memorias de Adriano" la Consagró como la más notable autora de novelas históricas. Ahora se publican sus cartas, una pequeña puerta que se abre a su Intimidad, que ella tan bien custodió. Qué pensaba Marguerite Yourcenar cuando, entre 1980 y 1987, año de su fallecimiento, procedía a la tarea de ordenar y selecciono echar al fuego de la chímee Petite Plaisance- las copias de sus cartas destinadas a quedar para la posteridad? ¿Qué pensaba Grace Frick, su traductora y compañera de vida norteamericana, durante los cuarenta años que pasó copiando, resumiendo, comentando y censurando las misivas de la escritora, estampillando así cada documento con su visado de revisión? Si bien no conocemos con certeza ni sus estados de ánimo ni sus criterios de selección, sí podemos reconstituírlos a partir de sus respectivas actitudes que, al oponerse, acababan por anularse recíprocamente. Marguerite Yourcenar trataba más bien de eliminar, en tanto que Grace actuaba movida por un reflejo de conservación: el resultado es una obra común en la que es evidente que ambas trataron de reducir cuanto les fue posible la parte del azar. Sobre este material, desbrozado ya por las selecciones anteriores de las dos interesadas, hemos tenido que considerar nuevas opciones; pues esta primera edición en un volumen de la correspondencia general de la escritora es, como ella misma había deseado, fragmentaria. Partiendo de un rico acervo, epistolar, nos hemos visto obligados a decidir alternativas, a sabiendas de que toda elección implica el sacrificio de otras muchas posibilidades. Nos hemos atenido, no obstante, a la norma de no efectuar ningún corte en los textos. Conscientes de lo arbitrario de toda selección, hemos buscado en esta primera edición un equilibrio entre las diferentes épocas de la vida de Margueríte Yourcenar y las distintas facetas de su personalidad. Hemos estimado que debía aparecer la escritora tanto como la mujer, sin sacrificar a ésta en aras de aquélla, una escritora que se preocupó siempre escrupulosamente de acompañar y esclarecer su obra, una autora a la que venimos a sorprender en su labor epistolar. Este primer tomo no comprende, por lo tanto, más que trescientas cartas de las dos mil aproximadamente que hemos examinado entre todas las que Marguerite Yourcenar escribió a lo largo de su vida, envió a múltiples destinatarios, y conservó cuidadosamente, o echó a la papelera, "por irritación o por repugnancia" hacia Io que se escribió unos años antes". Se compone esencialmente de las copias que Marguerite Yourcenar y su compañera escogieron con sumo cuidado y archivaron ,antes de que la escritora las depositara en la biblioteca houghton de harvart. La mayor parte de las cartas del "período Grace" -de 1939 a 1979- no son manuscritas, sino mecanografiadas: han quedado las copias en papel cebolla azul sacadas con papel carbón. Nada prueba que los originales fueran expedidos en su día, si no es porque se han hallado muchos de ellos en las colecciones privadas de los destinatarios. Prácticamente cada una de las misivas aparece acompañada de un resumen en inglés, o en francés, de Grace Frick, y en algunos casos de la propia Marguerite Yourcenar, indicando la referencia si se trata de una contestación, y los principales temas abordados. Incluso las tarjetas postales manuscritas de Marguerite fueron copiadas con esmero, en una época carente de fotocopiadoras, por la mano de Grace, indicando con barras la disposición de los renglones. Ante la abnegación metódica de la una, estimulada por la cooperación y la labor de eliminación y de autocensura de la otra, puede medirse la precisa repetición de esta especie de rito burocrático de una existencia, con destino a la posteridad. El proyecto concreto de publicación póstuma de una antología de su correspondencia había sido claramente formulado por Yourcenar a sus allegados y más de una vez había profetizado en diversas cartas: "En una recopilación póstuma, los diversos puntos de vista expresados por el escritor se completan y se explican unos con otros, y nadie se escandaliza de que cada tema en particular sea tratado de forma más o menos apresurada, más o menos parcial, y más o menos amistosamente sesgada por los intereses y la personalidad de aquel a quien se escribe". Es' así como Marguerite Yourcenar, que nos advierte acerca de todo, nos hace saber por diferentes medios que el camino que conduce hasta ella, a su obra, a su vida, no está pavimentado sino por las piedras que tuvo buen cuidado de colocar intencionalmente para nosotros. En suma que, a su manera, ella nos preparó la vía. Sean cuales sean los rodeos, las censuras dictadas por el pudor de los sentimientos, o por el rigor intelectual, esta correspondencia de autor no deja, sin embargo, de cumplir sus tres finalidades esenciales: acompañar a la mujer fuera de la obra, acompañar a la autora en su obra, constituir una obra. Es ante todo una Marguerite Yourcenar en el día a día la que hemos tratado de retener en esta malla epistolar, tal como era, desde la primera carta infantil hasta el mes anterior al accidente cerebral y a la agonía; pero es asimismo tal como ella se veía y quiso que la vieran sus corresponsales, sin prescindir de ese gráfico de una vida humana, compuesto por tres líneas, que percibía aproximándose y, al mismo tiempo, separándose hacia el infinito: lo que un ser humano ha creído ser, lo que quiso ser, y lo que en realidad fue. Publicadas después de los libros y luego de las entrevistas, las cartas contribuyen a definir esas líneas, dibujando así el trazado de un destino. Sin pretender la reconstrucción de una vida a partir de un determinado número de cartas, cabe preguntarnos con Josyane Savigneau, autora de su extensa biografía, "si toda la correspondencia, con tanto esmero archivada, de Marguerite Yourcenar no tiene el valor de un diario, si se lee en su continuidad. Puesto que conservaba todas las copias de sus cartas, la huella que deja después de su muerte es idéntica y la relación con la posteridad semejante". Y es bien cierto que en esta correspondencia incompleta puede verse una especie de diario intermitente.

 

¿Acaso no afirma la escritora que cuando "un horrible anota día a día sus ideas y sus impresiones, no puede menos que repetirse, desdecirse, contradecirse desprende de todo ello una idea global, así como una fotografía «movida", que poco a poco aparece "de entre la confusión y de la fluctuación de los detalles, de los cambios y del error"? A Marguerite Yourcenar .se le podría aplicar la observación que Borges le hizo una vez: "Un escritor cree que trata de muchas cosas, pero lo que deja, con un poco de suerte, es una imagen de sí mismo". Hemos estimado que respetar la cronología contribuye a definir esa impresión de conjunto o esa imagen. Las cartas de antes del "naufragio de 1939-194Y son más escasas. Era la época en que la joven Marguerite poco se preocupaba por archivar su correo para la posteridad; la época en que diseminaba sus pertenencias personales en baúles que luego olvidaba o que se veía obligada a dejar en algún hotel, ya se tratara de papeles, delos borradores de Memorias de Adriano o las pit,¡as de plata de familia. Es también muy probable que echara al fuego muchas, sin contar aquellas otras -a Grace Frick, a Jearme Carayon, etc- que permanecerán bajo sello los cincuenta años prescritos. De la época del libro Fuegos y de los tumultos sentimentales, proponemos sobre todo dos misivas a André Fraigneau, así como el borrador de una carta sin duda dirigida también a él, y probablemente nunca expedida, que se salvó de la quema por azar y fue hallada por casualidad, en la cual alude a otro André que contó en los los de juventud de Marguerite: el poeta griego Andreas Embirikos. De 1940, el borrador de una carta dirigida a otra amiga querida, Lucy Kyriakos, que no llegó a ser enviada. Cuando la sombra de su compañera Grace no se proyecta sobre una correspondencia privada, destinada desde un principio a ser publicada, se transparenta la escritora, maestra en el juego del escondite y en el arte de embrollar las pistas, que sin ningún miramiento se burlaba de la curiosídad del público, alternando con malicia las omisiones y los olvidos involuntarios o premeditados. El hecho de vivir expatriada en Estados Unidos desde principios de los años 40 el éxito a partir de 1951, los frecuentes viajes y la presencia a su lado de una archivista impaciente por erigirle un monumento; todo eso incrementó la actividad epistolar de Marguerite Yourcenar bajo el control de una censura activa que, al conservar. una carta, fija un acontecer. La enfermedad de Grace Frick, que inmoviliza a la escritora durante los años 70 en su casa de Mount-Desert Island, en el norte de Estados Unidos, sin ninguna otra posibilidad de comunicarse con el mundo exterior, fomenta un ardor epistolar que va a desequilibrar el transcurso cronológico. Hemos respetado, no obstante, ese ritmo, pulso de una existencia que se acelera con la resistencia desesperada a la soledad y al exilio que corroen. a partir del 18 de novíembre de 1 979, fecha del fallecimiento de GrieFick, se produce otro cambio radical. La archivista ya no existe; la escritora cesa de sacar copia de sus cartas. Sin duda escribe también algo menos, ya que la absorbe el frenesí de sus viajes con jerry Wilson. Paulatinamente va abandonando la mecanografía, las cartas vuelven a ser manuscritas como en los años 30. La dicha de sus expediciones a países lejanos acompañada por el joven amado corta casi 'por completo su elocuencia entre 1980 y 1983, salvo al comunicar esa ventura a los amigos en apresuradas tarjetas postales. Pero la aparición del sida, el retorno a la enfermedad y a la muerte aprestan de nuevo su pluma: "¡Qué duro perder a un compañero de 36 años!". Las últimas cartas -las más desgarradoras pese a todo su recato- pertenecen a colecciones privadas. Unicamente los verdaderos amigos supieron recoger las últimas confidencias, que no han sido entregadas al Fondo de Harvard.

CARTAS A SUS AMIGOS

A MARC DANIEL 1 de febrero de 1957 Muy señor mío: Hoy he recibido su carta y el número 31-32 de Arcadie, y me reprocho no haberle dado antes las gracias por su artículo-sobre Memorias de Adriano, que había leído el pasado otoño. Pero me disponía entonces a partir para Europa y esperaba tener el placer de verle a usted en Paris. Finalmente, no pasé en Francia más que ochó, días y me faltó tiempo para avisarle, pero su nombre figura todavía en mi agenda entre las -personas que debo ver" en mi próximo viaje. Me apresuro a decirle cuánto estimo las páginas que ha dedicado usted a mi libro. Mucho antes de su artículo sobre Memorias de Adriano, ya le conocía a usted por los escritos históricos que publica en Arcadíe: había apreciado en ellos la justeza de tono y la exactitud. Y eso tiene tanto más ,valor cuanto que la historia íntima del pasado está aún por hacer; como usted mismo escribía no hace mucho, los historiadores "serios" han mantenido la consigna del silencio, o han «desdorado" en términos vagos unas pasiones o unas costumbres que no comprendían (o, al contrario, comprendían demasiado bien). Y los escritores poco fiables, por su parte, han fabricado con la Historia un erotismo barato... Tan sólo pondré el reparo en sus estudios históricos, tal como los publica Arcadie, de ser demasiado breves (Federico 11 merecía algunas páginas más) y también que no indique al lector un mínimo de las fuentes informativas que le permitan autentificar por sí mismo, de ser necesario, los hechos expuestos. Bien sé que no suele procederse así en nuestro país, donde es exagerado el temor al reproche de pedantería. (Yo misma estuve dudando, y mi editor más que yo, si publicar al final de Adríano una bibliografía muy breve y, en definitiva, insuficiente). Pero soy del parecer de que todas la precauciones son pocas para procurar que se nos conceda crédito, y esto es más cierto que en ningún otro en un terreno tan mal conocido y tan sujeto a controversia como es este de la historia secreta. El señor Baudry recordará tal vez que yo le había expresado algunas objeciones en cuanto a los métodos, sí no a las finalidades, de la revista que dirige. Me parece que en general todos estarnos de acuerdo. Se trata de liberar la moral sexual en no pocos puntos, acaso también de consolidarla en otros, dé librarnos de toda jerga de superstición, de cinismo o de hipocresía -sin olvidar un cierto lenguaje de vulgarización científica que lleva camino de ser en nuestra época la forma más insidiosa del prejuicio y de la hipocresía- Los que tachan de superflua tal tentatíva están muy equivocados, y confunden una cierta tolerancia burlona, por una parte, el desconsuelo o la dejadez, por otra, con la libertad, que no es lo mismo. Le saluda muy cordialmente, Marguerite Yourcenar
A ALAIN BOSQUET 8 de julio de 1964 Estimado Alain Bosquet: Sin duda estará usted escandalizado ante mi tardanza en darle las gracias por el artículo que me ha dedicado en Les Livres de France. Pero es el caso que el número de abril no me llegó hasta mayo, encontrándome yo en Viena, y durante estos dos últimos meses he tenido que desplazarme tan a menudo que me ha faltado el tiempo necesario para escribir la extensa carta de agradecimiento que me proponía. Me doy cuenta, sin embargo, al regresar aquí, que mi carta anterior, en la que le indicaba ciertos pasajes transformados de Denier du réve, era ya sobradamente larga, y voy a tratar esta vez de limitarne. Un escritor siente siempre humildad, y casi inquietud al ver su nombre en unos titulares junto a la palabra perfección, aunque no se trate, naturalmente, más que de buscarla. Y me pregunto, al leer su texto,.si ese término de perfección puede admitirse y si no se trata sobre todo de un enriquecimiento de la experiencia. El hecho es que yo encontré siendo muy joven a la mayoría de los personajes, reales o imaginarios, que habrían de ocuparme durante toda mi vida: de algunos de ellos (Alexis, Eric, Sophic), me fue posible expresar inmediatamente lo que quería decir, porque mi edad y mis recursos coincidían más o menos con los suyos; en algún caso (Adriano), tuve la suerte de verme obligada a esperar. En cuanto a otros (ciertos personajes de Denier du réve o de La mort conduit Pattelage) había comenzado demasiado pronto, antes de saber sobre ellos y sobre mí misma lo que era indispensable conocer. No ignoro que la mayor par-te de los novelistas salen del paso en esos casos inventando un nuevo personaje; pero en lo que a mí respecta, yo temería pasar -como en la vida real- por el mismo grado inicial de superficialidad o de malentendidos. Prefiero ser fiel a las figuras novelescas que poco a poco han ido cobrando para mí realidad al hilo del tiempo. Es por eso, que en  el fondo que no tengo ningún interés en cambiar de fantasmas. ¿ Por qué le digo todo esto? Tal vez porque me parece siempre que la mejor manera de dar las gracias consiste en ir un poco más lejos en las confidencias del oficio, que a todos nos interesan. Y sobre todo para no convertir demasiado conscientemente en método lo que ha sido en realidad para mí una necesidad. He visto en la prensa que el número de 4 Saisons, en el que se publican los Negro Spirituals va a salir próximamente. Yo no he recibido aún las pruebas y me pregunto si no se han extraviado por ahí, en Checoslovaquia o en Polonia. Cica usted, querido Alain Bosquet, en mi gratitud por su crítica, y en toda mi simpatía por el escritor y poeta que usted es, Marguerite Yourcenar
A HENRY DE MONTHERLANT 6 de enero de 1969 Muy señor mío: Su carta, recibida esta mañana, ha sido para mí algo así como la sorpresa de la rosca de Reyes. Me conmueve profunda- mente que se haya tomado usted el tiempo y el trabajo de escribirme. Una de las principales virtudes de su carta es que me proporciona la ocasión de expresarle mi admiración mejor de lo que pudiera hacerlo en alguna dedicatoria. Ya le hubiera escrito -acaso demasiado extensamente- para decirle cuánta importancia tuvieron para mí algunos de sus libros, de no haber sabido que es usted una de esas personas que fácilmente se sienten importunadas. Me limito a decir que Le chaos et la nuit me parece uno de los mejores libros que he leído, y que en La rose de sable el momento en que dos hombres ven llegar la muerte en una medina, es sencillarnente inolvidable. La única obra teatral que fui a ver en París durante mi última estancia, bastante vana y harto ocupada, fue La ville dont le prince est un enfant, y me alegró comprobar que, al contrario de lo que me temía, el teatro no la disminuía. Para mí, tal vez la grandeza de sus obras resida principalmente en ese sano desprecio hacia todo lo que es, o le parece, indigno de usted: reflejo que la mayoría de nuestros contemporáneos no tienen y ni siquiera ya comprenden. Como ocurre con todo gran escritor, y en todas las épocas, es allí donde desearíamos llevarle la Zenón me hacen gracia, y contesto a ellos ... Aunque no pidan respuesta. Zenón, al principio, se siente dios; y acaba como un santo que hubiera emprendido caminos no cristianos. ¿Ángel o arcángel? No más de lo que somos todos, y he procurado dejarle hasta el final su fisiología. Más bien sintiendo en él su Genio (con mayúscula) o su dios (con minúscula). Sequere deum, decía en ese sentido Casanova, un charlatán, es cierto, pero más osado de lo que creen quienes piensan que su única audacia consistía en levantar las faldas a las mujeres. Con toda gratitud (por su carta, por su voto y por su obra) le saluda atentamente, Marguerite Yourcenar
A GISELE FREUND 30 de agosto de 1977 Querida Giséle: Me han causado gran placer las Mémoires de Poefi, que mucho le agradezco. La parte dedicada a retratos constituye para aquel que la contempla una especie de juego: ¿cuál de esas personas desearíamos salvar de un accidente? ¿Con cuál de ellas viviríamos? He optado por Solzhenitsin. Las dos efigies yuxtapuestas de Breton producen la impresión de un mago cogido en la trampa. En cuanto a mí, el vestido eL, algodón de cachemira y mi pelo alborotado son un escándalo entre tantos hombres y mujeres correctamente vestidos -sin hablar de Evita Perón- pero me gusta ese fondo de rocas y ha conseguido usted, lo que yo no hubiera creído posible, colocar ese enfoque casi en primer plano encarado con otro, que se diría una vista aérea, de otra parte de la isla. Me hubiera gustado encontrar más "recuerdos- de paisajes -los del estrecho de Magallanes, por ejemplo. La tienda del pastelero mexicano y la calle de México, pobre y clásica de líneas, son muy hermosas. Le escribí a usted en seguida, ¿no es cierto?, para expresarle cuánto me afligió su accidente en Francfort. Aunque la pierna se haya restablecido bien, el trauma debió de ser terrible. Por aquí, después de nuestro retorno en junio de la costa Oeste, donde hizo buen tiempo, tenemos casi constantemente un tiempo detestable: Crío, o al contrario, calor húmedo y asfixiante. Es casi imposible disfrutar del jardín. Se creería uno en el reino del rey de Berenguer 1 de lonesco. Sólo el trabajo sigue avanzando. Y, en este momento en que le escribo, tengo encima de la mesa una bella rosa. Afectuosos saludos de nosotras dos, Marguerite Yourcenar.
Peregrina y extranjera
Marguerite Yourcenar nació en Bruselas en 1903. El padre era francés y la madre, belga. Durante su juventud fue tina incansable víajera y llegó a recorrer toda Europa y Oriente Medio. Entre los múltiples lugares del mundo, eligió Maine, Estados unidos, para fijar-residencia y vivir en forma apacible con su compañera Grace Frick. El lugar elegido era inhóspito, salvaje en su magnitud, atravesado por el viento y el silencio. Un jardín rústico, algo abandonado, le dio intensos momentos de paz. La obra narrativa de Yourcenar despliega una enorme variedad de recursos y una prosa sólida, precisa, que busca la perfección del mármol. ) 1929 publicó Alexis o el tratado del inútil combate, un notable novela escrita en forma de carta, una larga confesión de un hombre a su mujer. Se reeditó recién en 1963. En el prólogo a esa edición, dice Yourcenar: "Quizá no se haya reparado bastante en que el problema de la libertad sexual, en todas sus formas, es, en gran parte, un problema de libertad de expresión. Parece ser que, de generación en generación, las tendencia- y los actos varía ti poco; por el conitrario, lo que sí cambia, a su alrededor, es la extensión de la zona de silencio o el espesor de las capas de mentira". Tiro de gracia, Cuentos orientales, la consagratoria Memorias de Adriano. y Opus Nigrum, son algunas de sus obras mayores como narradora. Murió en 1987.