KATHERINE MANSFIELD

 

E119 de febrero de 1918, Katherine Mansfield se despertó temprano y mientras repetía: "Heaquí la gentil alondra harta de descanso", tosió y por primera vez escupió sangre. Lo inevitable produjo temor en su ya desalentada escritura: "Qué insoportable sería morir, dejar ,recortes', fragmentos, nada verdadero terminado". Su diario guardó cada uno de esos inicios; el tiem po, comprometido con las evidencias, hizo el resto. Leer Texfos privados es acercarse a los cuadernos que acompanan a un escritor allí donde las escenas se suceden y las conversaciones no terminan. En 1927, su esposo, John Middleton Murry, publicó su Diario; en 1928 dos volúmenes de sus cartas y en 1954 una versión definitiva del Diario. El «campamento", como ella lo llamaba, fue a pesar de su deseo ("rne gustarla que publicara lo menos posible") editado casi en su totalidad por Murry, quien por años transcribié y publicó hasta lo más fragmentario. Es edición una selección a cargo de C.K. Stead fue publicada en inglés en 1977 y contiene algunos textos inéditos hasta entonces, como una bella carta escrita en 1916, dirigida a Koteliarisky, donde relata una pelea entre D. H. Lawrence y su esposa Frieda. Kathleen Mansfield Beauchamp nació en Wellington, Nueva Zelanda, en 1888 y pasó casi la mitad de su vida (corta por cierto: murió en 1923, cuando tenía apenas 34 años) llegando a hoteles extraños, desde donde le escribía cartas a su marido. Por años su debilitada salud la obligó a dejar Londres y trasladarse como hacían los enfermos en aquellos años a las rivieras italiana y francesa. Fue una de las escritoras más talentosas del siglo XX y su obra, aunque reducida, ejerció una poderosa influencia en la ficción moderna. Virginia Woolf confesé, incluso, que la suya era la única escritura que le provocaba celos. Tenía catorce años, cuando siendo aún alumna del Queen's College de Londres, empezó a firmar lus relatos como Katherine Mansfield. Allí conoció a su inseparable amiga, Ida Constance Baker, cuyas ¡niciales reeorren frecuentemente las pági nas de su diario. En abril de 1917 Virginia Woolf le pidió un texto para publicar en Hogart. Mansfield aceptó e, integrada ya al círculo de Bloomsbury, publicó Preludio, dedicado a su herirnano Leslie, muerto en la Primera Guerra Mundial. Además, este texto develó, tras la invocación, su pasado: "Sí, quiero escribir sobre mi propio país hasta que sencillamente agote mis existencias". La escritura, que a partir de la muerte de Leslie se había transformado en un martirio privado, fue también un refugio desde donde enfrentaba su propio miedo a la muerte. Sus libros publicados en vida En una pensión alemana (1911), Dicha (1921), la fiesta del jardín (1922) y los aparecidos después de su muerte los relatos de Nido de paloma (1923) y sus Poemas (1923) transmutan pasiones y tormentas. Señalada por la crítica como una de las pioneras del modernismo europeo, Katheriné Mansfield hurgó en el detalle, un modo literario de ilustrar una de sus frases de cabecera ("la gota que cae sin terminar de caer"), y profundizó su mirada, siempre dirigida a iluminar los secretos de la vida interior, con una aguda intuición. Basta abrir Textos privados en cualquiera de sus páginas para encontrarse con un sabor, una elección apasionada o un desprecio. Obsesionada por la escritura y el deseo de escribir, Mansfield conoce de urgencias y deseos: mientras sabe que relata, recuerda y se confirma en su desesperada búsqueda por encontrar una prosa especial. Exhibirse en el diario íntimo y en dentelladas cartas jamás enviadas pudo ser un modo de encontrarla. Quizá sabiendo esto es que Stead eligió para esta edición aquellos textos que representan lo mejor de la escritura de Mansfield, aunque eso significara ‑según él mismo'admite en el prólogo­abandonar la pretensión de ofrecer un retrato biográfico equilibrado. La historia de la literatura guarda colmadas páginas con escenas de tuberculosos que mueren beatíficos, casi sin síntomas, como si la enfermedad les quitara los aspectos groseros. Como si Mansfield hubiera sido uno de aquellos personajes, su marido la recordaba: "Nunca he visto niveré a nadie, a nadie tan bello como ella ese día; era como si la exquisita perfección tan suya, la hubiera poseído totalmente" Sin embargo, la fragilidad y el terror del enfermo aparecen en el diario de Katherine con un desasosiego muy distante de aquella imagen literaria: "Mi vecino de habitación tiene la misma queja. Cuando por Ja noche me despierto, lo oigo darse vueltas. Y entonces tose. Sigue en silencio y toso yo. Y él vuelve a toser. Y así sigue largo rato. Hasta que me da la sensación de que somos como dos gallos llamándose uno al otro en un falso amanecer".  La tuberculosis vuelve opalino el cuerpo, como si lo íntimo se multiplicara de modo tal que el pensamiento y el cuerpo ejecutaran juntos una misma actividad, la de volverse transparentes para sí mismos. En 1922, Mansfield escribía en su diario: "Mal día... dolores terribles, etcétera, y debilidad. No pude hacer nada. La debilidad no era sólo física. Debo curar mi Yo antes de poder sanar... He de hacerlo sola y ahora mismo. Es la raíz de mi incapacidad de mejorar. No controlo mi mente". Mientras tanto intentaba en vano escribir aquello sobre lo que estaba pensando y, aunque le parecía más o menos real y digno de ser escrito, sentía que había perdido el poder para hacerlo. Tampoco había podido leer el último libro de D.H. Lawrence, el único escritor vivo que de verdad le importaba. Leer sus cartas personales es reunirse con notas bibliográficas plagadas de opinión y destellos de placer. "¿A qué apuntaba verdaderamente Dostoievski?», se pregunta Mansfield tras haber leído "todo El idiota y con cuidado". Un registro alejado al de sus reseñas, que, como señala Stead, estaban en su mayoría escritas bajo presión y alentando un estiló rnás pintoresco que práctico. Como una caricatura de GeorgeBanks, Mansfield parece estar hablando siempre consigo misma. Después de una réplica puede venir una observación, un recuerdo y alguna reflexión de carácter puramente doméstico. Es allí, en ese espacio de lo privado, donde la escritora desata su ironía, su fastidio hacia ciertas actitudes de Lawrence, su tedio ante Virginia Woolf, su siempre melancólica mirada hacia el mar o hacia algún viso de la naturaleza, sus ansias de convertirse en cocodrilo ‑sirThomas Browne aseguraba que era la única criatura que no tosía‑ y su cansancio. El resultado es urgente corno los caprichos y triste como el melodrama. Pero inevitablemente atractivo.
                              

ORIGEN DE DATOS:CLARIN CULTURA 3 DE SEPTIEMBRE DEL 2000 POR MARISA AVIGLIANO

 

 

 

 

"WOOLF LLEGO A DECIR QUE LA DE MANSFIELD ERA LA UNICA ESCRITURA QUE LE PROVOCABA CELOS."

 

 

 

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