Josefina Robirosa

El arte en busca del misterio

Tensión en fríos 1959La obra de Josefina Robirosa parece encuadrarse en una definición de Macedonio Fernández, el deslumbrante y sereno metafísico argentino, escrita en los años 20: "Yo, aunque firme en la certeza de que todos poseemos, en el mismo grado, la esencia humana que es doble-- conocimiento de misterio y luz y apetencia de tragedia--, creo haber extremado, por un favor cualquiera de las circunstancias, el ejercicio de la esperanza. Pero más que esta calificación mía, quizás ilusoria, me decide la persuasión de haber perseverado en elaborar la dicción del misterio".En sus telas y dibujos, Robirosa también ha perseverado y persevera en forjar la expresión visual del misterio, que en ella puede ser, a la vez, una forma del ejercicio de la esperanza. En cuanto a la apetencia de tragedia, no debe tomarse sino en el sentido que le da Macedonio: el deseo poético, tan arraigado en las obras de nuestra artista.Robirosa ha señalado alguna vez que el papel del arte siempre es el mismo, dar testimonio silencioso de lo desconocido: "Para mí, pintar es descubrir (y descubrir es) dejarse traspasar por lo que no conocemos de nosotros mismos ni del mundo, ser un instrumento respetuoso del misterio". Robirosa quiere encontrar imágenes propias cuando ya casi todo está dicho. Así, las cinco etapas que se advierten en su obra son la progresión de un discurso interior, de un diálogo entre mundo y ser, artista y arte, diálogo cuyas partes se conjugan La primera fase de su obra, iniciada a mediados de la década del '50 (su muestra inicial data de 1959), pertenece a la abstracción, aun cuando la geometría suele entrar en sus óleos, tintas y monocopias. Sin embargo, si se atiende al fondo conceptual de estos trabajos, ha de advertirse que la artista busca articular formas, esto es, instituir un mundo, fundar un universo propio, con representaciones abstractas y figuras geométricas. Robirosa trata de utilizar esas representaciones imaginarias para construir estructuras visuales que trascienden las exigencias estéticas y así lograr imágenes representativas de un todo. Ese todo representasu subjetividad, su naturaleza recóndita devenida en Naturaleza expuesta.
Sin título 1978/79
El árbol 1996
Esta fase abstracta, que llega a la geometría figurativa de los llamados "paisajes solares", ha de prolongarse a comienzos de los '60 en una explosión informalista: ahora es Robirosa quien desarticula lo (por ella misma) articulado.La segunda etapa, que se extiende de mediados a fines de la década del '60, es de resistencia y búsqueda. La artista toma el lenguaje del Op Art pero lo reconvierte: sus bandas cromáticas, gobernadas por la simetría, van más allá del efecto óptico por sí mismo, para instaurar espacios estructurados, capaces de crear un universo particular. En una decisión audaz, Robirosa supera esa instancia al introducir la figura humana dentro de las bandas. Porque ese universo inestable encierra y abarca al hombre, lo manifiesta y lo oculta.Robirosa intuye una correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos, entre el Universo y el hombre, y se lanza a buscarla desde su pintura: es lo desconocido, de lo que el arte debe dar testimonio.Seis años de ausencia en las galerías (1969-75) transcurren entre el fin de la segunda etapa y el principio de la tercera. Ahora, las figuras humanas son las que apresan el Universo, resumido en el paisaje natural. El paisaje puede ser visto, el paisaje nace y hasta termina por ocupar la obra. Entonces -ya en la cuarta etapa-, la Naturaleza será el tema. Así lo vemos en los llamados "bosques", que cubren la década del '80 y vuelven a manifestar nuevos cambios en la representación. Robirosa sintetiza el Universo en estas pinturas que no necesitan descripción y que, en muchos casos, no llevan título. En verdad no hace sino avanzar en la búsqueda de aquella relación entre el "mundo mayor", siempre insondable, y el "mundo menor", el hombre, que, en copia servil y engañosa 
de aquel, ha decidido ser insondable, renunciando a entenderse y conocerse.
En esta cuarta etapa, el bosque se precisa y por fin se presenta. En las telas de la serie "Paisaje argentino" es por cierto un bosque ideal, con un solo árbol cuya copa es tan inmensa que tal vez cubre la Tierra entera. En las postrimerías de esta etapa vuelve a aparecer la figura humana, a la vez que los bosques retornan a su anterior indefinición para transformarse en parábolas de los cuatro elementos, alegorizados por grandes masas de color, resueltas con pinceladas menos constructivas.La artista llega así a la quinta etapa de su producción, iniciada hacia 1995. Esta fase puede ser vista como una prolongación de las demás y, al mismo tiempo, como un compendio de sus búsquedas. Porque si bien la Naturaleza sigue siendo el tema, el arte de Robirosa ha ceñido los códigos de la abstracción y dado más libertad a los de la figuración. El signo visual cede espacio al signo icónico, y Robirosa elabora una amalgama de rara armonía, para abordar el agua, el aire, el fuego y la tierra, vistos bajo una luz radiante, esperanzada. Hay pues, en estas pinturas, aquel "conocimiento de luz" que Macedonio citaba como propiedad de la esencia humana. Pero Macedonio habló también de "conocimiento de misterio", y entonces podemos con el misterio de la luz y al iluminar sus telas no hace sino iluminarnos, alcanzar con nosotros y para nosotros el Fiat lux bíblico con el que el mundo empezó a serlo.
¿Acaso nuestra artista no definió a la vida humana como "un lugar de revelaciones"? Así nos dice en un texto de 1994: "En medio del caos y la confusión, vislumbramos ocasionalmente el calmo, silencioso centro de nuestro ser, nuestra esencia, que espera ser descubierta."

Fuente: Prof. Jorge Glusberg
Director Museo Nacional de Bellas ArteS

A los 20 era madre de dos criaturas y una talentosa pintora que exponía en uno de los espacios más prestigiosos de entonces

A través de ¡a muestra retrospectiva Alfabeto del tiempo, la artista plástica Josefina Robirosa recorre sus distintas etapas creativas. Y en ellas, como en un espejo, ve reflejados los momentos y las experiencias que bocetaron sus casi 70 años.

"Usted empiece por aquí y después el recorrido se le irá abriendo año a año, como la vida" -sugiere Josefina Robirosa a alguien que le pide pistas para recorrer Alfabeto dd tiempo, la retrospectiva de su obra que se exhibe hasta el 28 de abril en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. No bien acaba de decir esto, mira a un costado y susurra una reflexión: " Siempre que la vida se abra". A punto de cumplir los 70, el aplomo y la madurez que exhibe esta mujer espigada y elegante tienen más que ver con un modo de pensar que con su aspecto físico, su impulso creativo o el entusiasmo que le despiertan todas las cosas. La muestra, y sobre todo la serie de pinturas de los últimos años que forman parte de ella, son una demostración cabal de la libertad que trae consigo esa madurez. Hay en ellas un cambio radical que pocos artistas se permiten a esa altura de la vida pero que sin embargo está profundamente imbricado en cada momento anterior. El gran mérito de la muestra es poner en escena esas relaciones. Y ella lo sabe, por eso se presta a vincularlas con cada momento de su vida. Josefina Robirosa empieza por detenerse ante sus impactantes pinturas de fines de los 60 y 70 y reflexiona sobre esas cabezas en serie, atravesadas por bandas geométricas, que ocupan toda la superficie de la tela. "Aquel fue un momento muy tenso en el que yo libraba una lucha terrible por la tenencia de mis hijos, José Ignacio y María. Me acababa de separar y me fui a vivir sola. Por aquellos años, una mujer que pintaba y vivía sola, no era considerada responsable para criar a sus propios hijos", recuerda y vincula esas imágenes con la propia sensación de tener la cabeza dividida. No había cumplido los 20 años  cuando ya era una mujer casada, con un hombre mucho mayor. Josefina muy pronto reclamaría su libertad, una cuota de independencia. Tiempo después, uniría su vida a la del escultor Jorge Michel durante 35 años, hasta la muerte del artista. La verdad es que a esta mujer, rozada por la apariencia del éxito, la vida nunca se le abrió de manera tan espontánea como el recorrido que propone su muestra. Cada pasaje, que pareciera vincular naturalmente los diferentes momentos de una trayectoria creativa a lo largo de 50 años, se revela como el resultado de una trabajosa operación y una lucha que muchas veces la encontró combatiendo consigo misma. Para que esto sea comprensible la artista va y viene de un extremo a otro de la exhibición, como si quisiera encontrar la obra justa. Se detiene frente a un minucioso trabajo realizado en lápiz sobre papel y se sorprende: "Es increíble cómo pude trabajar con semejante obsesión". Todo el misterio de ese dibujo, que parece una vista aerea sobre las nubes, reside en su inquietante calidad fotográfica. "Esta obra me la quiso comprar Ras-mussen, para el MoMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York)", observa y continúa sin preocuparse por aclarar que Waldo Rasmussen es el reconocido curador del MoMA que organizó la gran muestra de arte latinoamericano que se exhibió en Sevilla, París y Nueva York en 1992. "Al final le dije que no, porque presen que una obra tan intimista iba a termmar arrumbada en algún sótano del MOMA y decidí quedármela yo. También porque sabía que nunca más iba a estar lo suficientemente loca como para volver a hacer una obra como ésta", confiesa mientras se indina sobre la obra para señalar cómoellápizíüe cubriendo cada punto en un papel que casi no tiene poros.

"No me lo van creer pero yo era muy chiflada", dispara y sigue como si nada. "De chica tuve disritmia y tomé antiepilépticos toda mi vida. Padecí una sensación muy fuerte de estar a punto de caer en la locura. Recuerdo que a Kenneth Kemble, que vivía en Martínez a quince cuadras de casa y siempre venía a visitarme en bicicleta, le gustaba mucho lo que yo hacía. Un día me invitó a participar de una exposición de Arte Destructivo que estaba armando con la participación de Luis Wells, Dalila Puzzovio y otros. Por entonces alguno de mis trabajos ya había apareado en Boa, una revista surrealista que editaba Julio Llinás. Pero por alguna razón presentí que no me podía prender. Yo era una sobreviviente, estaba al borde de la chifladura y no podía jugar con la idea. Siempre permanecí bastante al margen de la destrucción porque corría el riesgo de terminar destruida yo misma." Quizá por eso la trayectoria de esta artista se fue articulando de manera individual. "Siempre me moví al margen de las comentes. Nunca me pude explicar muy bien por qué se le ha dado tanto valor al hecho de pertenecer a una escuela. Para mí es mucho más importante tener una idea original y llevarla adelante. Eso de ser abstracto, geométrico o figurativo siempre me resultó un poco ajeno." Y en verdad, en aquello de combinar abstracción y figuración, Josefina Ro-birosa no estuvo sola. En ese sentido mantenía una actitud afín -aunque no de estilo- con Romulo Macció, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, los artistas que poco tiempo después darían a luz al grupo de la Nueva Figuración y a quienes ella conoció en Bo-nino, la célebre galería de los años 60 que representaba a los artistas más destacados de la época. A los 20 años la vida la arrastraba como un torrente: era madre de dos criaturas y a la vez exponía sus obras en uno de los espacios más prestigiosos de entonces. El crítico Guillermo Whitelow fue a ver su obra, por sugerencia de Manucho Mujica Lainez, y la recomendó a Bonino. En el 57, con apenas 25 años, Josefina integró el envío argentino a la IV Bienal de San Pablo. "Recuerdo que viajamos todos juntosyla pasamos bomba", dice con entusiasmo pero sin añoranza, como si estuviera convencida de que cada momento tiene lo suyo y éste que está transitando, también. "No hay nada como ser dueño de sí mismo, es el acto de mayor libertad del ser", dice segura de haber alcanzado ese estado de plenitud que traducen sus obras más recientes. Son telas de gran tamaño marcadas por una fuerte tensión, entre la escala de lo humano y las grandes construcciones que forman parte de la trama de la imagen. En este sentido, las pinturas de Robirosa son como una visión contemporánea de los grabados de Giovanni Battista Piranesi, el arquitecto italiano del siglo XVIII que re-presentaba a los hombres de su época, empequeñecidos frente al esplendor de las ruinas del pasado romano. A ella le encanta la comparación y confiesa la profunda admiración que siente por este artista. "La verdad es que me pasé horas viendo cada uno de sus grabados cuando se exhibieron en el Museo de Bellas Artes. Lo que me encanta de él es cómo trabaja la sombra y dentro de ella la luz." La gente que ha ido a ver la muestra de Recoleta, pasa a su lado y la interroga sobre cuestiones como ésas: "Dígame, ¿en este cuadro usted empezó por la mancha o por el dibujo? ¿ Cómo pone la pintura para lograr estos efectos de luz ?". Hace dos años, cuando Robirosa abrió su taller al público en el marco de los Estudios Abiertos de San Telmo, la gente le planteaba inquietudes similares. Como lo hace ahora un estudiante de Bellas Artes que se le acerca y ella incorpora a su improvisada visita guiada. "A tu edad yo andaba a los manotazos por la vida -le dice- iba tanteando todo y, por supuesto, me vivía dando las narices contra el suelo." Robirosa siempre mantuvo una rela-donmuy fresca conlos jóvenes. Hace años, un grupo de novatos artistas quería hacer un catálogo para acompañar una exposición y el dueño de la imprenta les había dicho que estaba dispuesto a aceptar como pago una pintura de ella. Así fue como Guillermo Kuitca, Juan José Cambre y Guillermo Bueno se presentaron un día en lo de Josefina y le pidieron un cuadro. Ella se los entregó y los jóvenes tuvieron su catálogo. Con el tiempo, la obra de estos artistas, y en especial la de Kuitca, se cotizó mucho más que la de Robirosa. Hoy, ella se ríe de "aquél pobre tipo" que prefirió una obra suya. "Se debe estar comiendo las uñas", ironiza. Como si los años y la experiencia la u-bicaran más allá del bien y del mal, a la hora de facilitar la comprensión de su obra y las circunstancias en que fue hecha, no vacila en relatar cuestiones que otros ocultarían. Habla de la sensación de estar ante el abismo que experimentó tantas veces. "Por eso tengo tan presente una obra que hizo Clorindo Testa en los años 60: un camino de alfombra con un juego de espejos a los costados que producían esa terrible sensación que yo conocía bien." Acaso por eso ha logrado afinar tanto el olfato para detectarlas pequeñas cosas en que se manifiesta la vida. Habla de sus hijos, de su barrio, San Telmo, de los tilos de su cuadra y de la enorme magnolia que ve todos los días desde su balcón. "Siempre que la veo no ceso de interrogarme por el misterio que encierra el hecho de que una semilla pueda germinar de esa cosa marrón que es la tierra, transformarse en ese árbol gigantesco que a su vez da esas preciosas flores blancas. Y, como si fuera poco, además nos inunda de un perfume tan maravilloso "•

origen de datos: revista viva de clarin

TENSION EN FRIOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SIN TITULO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ARBOL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Siempre permanecí bastante al margen de la destruc" don porque coma ei riesgo de terminar destruida yo misma."

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las obras de Robirosa que se exponen en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta