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P.D.JAMES

LA.VEJEZ Y LOS DESEOS
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por:LAURA LILLI

E1 mar es el paisaje que más me gusta", dice P. D. James "No necesariamente el Mediterráneo azul, sino nuestro Mar del Norte gris y solitario. Yo nací en Oxford, donde no hay mar, pero de niña pasé mucho tiempo junto al mar, en Suffolk y nunca pude olvidarlo. No puedo olvidar el olor
del agua salada, el rumor de las olas, la arena. El mar me dejó dentro una sed insaciable de estar a su lado, de estar otra vez sola ante esos horizontes vacíos e infinitos. Me gustaba mucho caminar, más
que nada junto al mar, y sobre todo si estaba desierto. Y fue así, paseando, como se me ocurrieron muchas de las ideas para mis libros".
Tuve la intención de preguntarle sobre ese "gustaba", en pasado, pero no me dio tiempo. De pronto surge un detalle sin importancia: "Tengo ochenta y un años y ya no camino mucho". Lo dice con candor y decisión, como si hubiera decidido que, a medida que los años se van sumando, lo mejor que se puede hacer es aprovechar al máximo lo que queda sin sentarse a añorar los buenos viejos tiempos y sin fingir -ni siquiera ante uno mismo- que las cosas no cambian. ¿Qué otra cosa podría esperarse sino estilo, tratándose de la Baronesa James de Holland Park (en 1991, la famosa escritora se convirtió en par del Reino Unido por
sus méritos literarios)? Y el estilo, en una persona que es consciente del paso de los años, consiste sobre todo en saber envejecer. P.D. James, además, como casi siempre pasa con los escritores de talento, es amable con sus interlocutores. Hasta los periodistas son, para ella, seres humanos. Si alguien la entrevistó antes, ella lo recuerda, y cuando se despide dice: "Espero volver a verla pronto".
La vi por primera vez en 1992, en su hermosa casa de Holland Park Mondadori acababa de publicar en italiano Sangre inocente, una historia realista y muy actual sobre una joven hija adoptiva que no descansaría hasta descubrir la identidad de su madre biológica.
En lo que constituye un marcado contraste con sus padres adoptivos, que son intelectuales acomodados, la mujer resulta ser una delincuente que acaba de salir de la cárcel, con la cual el diálogo será muy dificil. La historia concluye, como siempre, con sangre y dolor. Pero así es la vida real, me dice la única sobre la cual siempre le pareció que valía la pena escribir. Agrega luego que, en sus libros, el final no puede sino ser ambiguo e inquietante, ya que lo que interviene en la solución del rompecabezas es el conocimiento y, como todos sabemos, el fruto del conocimiento no es tranquilizador.En lo que respecta a paisajes, quiero preguntarle qué piensa del jardín del edén: ¿le parece falso, nada realista? ¿Se imagina su vida si hubiera nacido ahí? En el paraíso no hay thrillers"Tal vez porque nací después, ambas cosas ya estaban mezcladas desde mucho antes.

De cualquiera manera, sí: creo que
habría sido algo bastante aburrido. El Mal existe, forma parte de la realidad humana. Tanto la detective story como la crime novel siempre estuvieron relacionadas con la elección moral. Mis asesinos saben lo que hacen, son seres conscientes y cuerdos.
Los psicópatas no me interesan, precisamente porque no son capaces de.elegir libremente. Además del mar y su inmensidad, ¿hay otros paisajes que la conmuevan? ¿Tal vez otros países? "Viajé mucho para presentar mis libros, y algunos paisajes me produjeron mucha 1 admiración. Italia, para empezar, un país al que además me siento ligada debido a importantes recuerdos de mi vida. Y Francia y también Nueva Inglaterra, donde hay magníficos bosques que se vuelven rojos en otoño. A diferencia de otros escritores ingleses y norteamericanos, hasta ahora a mí nunca se me ocurrió una historia que transcurra en un país que no sea el mío". ¿Le parece que los escritores ingleses y norteamericanos que ambientaron sus historias en el exterior cedieron a la fasci- i nación del color local?
"No podría afirmar algo así. Se trata de muchos escritores, y yo no me permitiría nunca hacer un juicio tan categórico y generalizador como ese. Es probable que ellos vivieran más tiempo en los países sobre los que escribieron o < que los conocieran más a fondo que yo. En mi caso, Inglaterra es el único lugar del que puedo decir que sé cómo piensa la gente, cómo es su temperamento. Para mí la ambientación de una historia -que hago siempre al principio de mis libros- es algo muy importante. Es lo que da credibilidad a un li-
bro en el cual el lector tiene que sumergirse por completo. En mi opinión, en la crime novel la ambientación tiene que estar al principio. El escenario del crimen ejerce influencia sobre los personajes y su conducta, y contribuye al desarrollo de la trama. En el lector, por su parte, crea un estado de ánimo de miedo y expectativa.

¿Y hay en Inglaterra otros paisajes que la atraigan?

"Sí, la ciudad. Londres, en especial. Me fascina el contraste entre los sectores residenciales verdes y tranquilos, y las zonas comerciales congestionadas, con tránsito y rascacielos".

¿Alguna vez el ambiente urbano le sugirió una historia?

"Seguro. Las iglesias también forman parte de la ciudad. Me acuerdo muy bien de la emoción que sentí al entrar a una
gran iglesia de Oxford. Recuerdo aquelinstante. Yo estaba con mi hija y pensé: ¿Y si se descubriera un cadáver aquí? Y eso fue lo que le hice hacer a una afable joven en Devices and Desaires .

fragmento la edad de la franqueza

P. D. JAMES

Mi padre nunca hablaba de su niñez, pero no creo que haya sido feliz. Según parece, el dinero siempre escaseaba. Seguramente abandonó el colegio a la primera oportunidad e ingresó a la oficina de patentes, creo que a los dieciséis años. Es un ejemplo del desperdicio de inteligencia tolerado durante la primera mitad de este siglo. justo antes de la Primera Guerra Mundial debe haber tenido un trabajo en Winchester, en la oficina de patentes, lo que parece improbable, o en la oficina local de la Inland Revenue (Dirección General Impositiva). Fue en Winchester donde conoció a mi madre. Esto no resulta sorprendente puesto que él tenía pasión por la música y naturalmente debió concurrir a los oficios en la catedral. Se comprometieron durante la guerra y se casaron, creo que en 1917, cuando él era un joven oficial del Cuerpo de Ametralladoras. Mi madre tenía veinticinco años, una edad en la que en aquellos días una muchacha comenzaba a sentir que podía perder su oportunidad de casarse.Creo que la época en que se comprometieron debe haber sido la más feliz. Hace algunos años encontré una fotografía de mi padre posando junto a su regimiento: un muchacho apuesto y delgado, peinado con raya al medio, según la costumbre de aquel entonces, con los tres galones de sargento sobre la manga. Al dorso está escrito: "A mi querida muchacha, la próxima vez será una mejor En algún momento debe haber habido amor, o lo que ambos creían que era amor; pero no estaban hechos el uno para el otro. Mi madre era sentimental, afectuosa, vivaz, impulsiva, pero no inteligente, y aunque poseía una sonora voz de contralto y amaba la música de la iglesia que había sido parte de su infancia, no comprendía ni amaba la música tanto como mi padre. El era inteligente, reservado, sarcástico, profundamente receloso de todo sentimentalismo, quisquilloso y con escasa habilidad para demostrar afecto. No creo que haya recibido demasiadas muestras de cariño durante su niñez, y aquello que una persona no ha recibido en su infancia dificilmente pueda brindarlo en la madurez. Creo que los primeros años fueron felices y más aún con mi llegada, el tan anhelado primer bebé. Dieciocho meses más tarde nació mi hermana Mónica y otros dieciocho meses después, el tan deseado hijo varón. Fue bautizado Edward, en homenaje a Edward Hone Los niños viven en un territorio ocupado. Los valientes y los insensatos se rebelan abiertamente contra la autoridad, sin importar si ésta es severa o benévola. Pero la mayoría se mueve con cautela, adaptándose en apariencia a costumbres y mandatos ajenos a ellos mientras en secreto llevan vidas iconoclastas y subversivas.
Pienso que nosotros tres advertimos bastante temprano en la vida que éramos los hijos de un matrimonio infeliz. Duró, por supuesto; en aquellos días los matrimonios duraban, sin importar cuán infelices fuesen. El divorcio era considerado aún no sólo como una desgracia, sino como un fracaso social, y para mi madre, profundamente religiosa, habría constituido un pecado. Pero existían consideraciones de orden material. No era posible para mi padre mantener dos hogares, y mi madre -sin capacitación, salvo por su experiencía como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, donde fue, por supuesto, voluntaria- carecía por completo de medios para mantenerse ella y a sus tres hijos. Estas eran inhibiciones que se aplicaban a todos, excepto a los ricos y a quienes contaban con el suficiente poder para desafiar las convenciones. 1 Durante todo el período en que concurrí a la escuela, tanto a la escuela primaria como al colegio secundario en Cambridge, nunca conocí a un niño cuyos padres estuviesen separados o divorciados. Sin duda detrás de este hecho se escondían muchos matrimonios tremendamente infelices, y muchos de ellas eran poco más que una esclavitud institucionalizada para la esposa. Pero había compensaciones para quienes resistían con estoicismo. Las parejas, al saber que estaban unidas de por vida, con frecuencia sacaban el mejor partido posible de su situación. Aquellos que lograban sobrevivir a los años más turbulentos de la juventud y de la madurez, a menudo encontraban en el otro una tranquilizadora y reconfortante compañía en la vejez. Tenían una expectativa bastante menor de felicidad, hay que reconocerlo, y una tendencia mucho menos acentuada a considerar la felicidad como un derecho. Todas nuestras flamantes reformas sociales, la liberación sexual luego de la guerra, el divorcio sin culpa, el fin del estigma del hijo ¡legítimo, tuvieron su lado oscuro. En la actualidad tenernos una generación de niños más perturbados, más infelices, más criminales, y hasta más suicidas que en cualquier otra época. Se pagó un precio muy alto por la liberación sexual de los adultos, y -no fueron precisamente los adultos quienes lo pagaron.

Lunes, 4 de agosto

El comienzo de un nuevo año, ya sea del año calendario como del día que sigue a un cumpleaños, produce en mí un deseo de deshacerme de la basura, de reordenar mis libros y sacar a la luz del día viejas cajas de papeles olvidados hace tiempo. Esta mañana descubrí un álbum de recortes periodísticos que había empezado a guardar después de la aparición de mi primera novela, Cubre tu rostro, publicada en el otoño de 1962. Es un cuaderno de tapas duras que debo haber comprado de oferta, pensando que los renglones trazados con líneas rojas y azules ayudarían a ubicar prolijamente mis recortes. No debo ser la única escritora que, en la euforia del triunfo y de la excitación luego de la publicación de su primera novela, decidió guardar las reseñas y los artículos. Para mí, el entusiasmo duró sólo hasta la publicación de mi segunda novela. Pero me alegró encontrar este álbum de recortes de prensa aunque su supervivencia se deba más a la casualidad que a una cuidadosa conservación. Algunas de las reseñas fueron elogiosas y sumamente alentadoras. Todos daban por sentado que P.D. James era un hombre, a excepción de Leo Harris quien escribió en Bookmen "Esta es una muy buena primera novela, y no puedo evitar pensar que su autor es una mujer". E.D. Obrien en The illustrated London News escribió: "Siempre es un placer, aunque no demasiado frecuente, elogiar una primera novela. Cubre, tu rostro, de P.D. James, justifica un elogio tan entusiasta". Concluía: "En la medida en que esta novela es de misterio, no conseguí resolverlo. Mr. James nos dará, espero, muchas más satisfacciones como esta". Francis lles escribió en the Guardian: "Cubre tu rostro de P.D. James es una de esas primeras novelas extraordinarias que parecen situarse directamente en los sofisticados dominios del escritor experimentado, pero aun así conservan el enfoque fresco propio de un novato". El crítico del Oldham Evening Chronicle k Standard escribió que el libro era---laclase, de novela que sugiere que el autor está preparándose para una larga carrera dentro de este negocio, en particular con la presentación de un personaje pintoresco como el inspector en jefe Adam Da]gliesh". Pero ella o él lamentó mucho el precio del libro: 18 chelines. De acuerdo con los precios actuales de los libros, un libro encuadernado cuyo precio fuese inferior a una libra no era excesivamente caro, pero por cierto no era barato para lo que el crítico describió, con cierta perfidia, como ,,esta clase de material Un escritor consagrado, sugirió, tal vez podría permitirse este sobreprecio, pero no un novato. Conservo incluso recorte de un repor-

Ciertos crimenes

Phyllis Dorothv Jarries White nació en Oxford en 19.10, pero su vida no es la de una señora que se dedicó a la escritura para combatir el aburrimiento. Su marido -medico- volvió del frente, durante la Segunda Guerra Mundial, e un estado tal de desequilibrio que pasó el resto de su vida en un hospital psiquiátrico. A ella le tocó criar sola a sus dos hijas. En 1949 ingresó al Servicio Nacional de Salud y, poco después, pasó a desmpeñarse como funcionaria del Departa-mento de Policía. Fue también juez de paz, cargo en el que adquirió un conocimiento directo de los mecanismos jurídicos y de investigación que transfirió luego a sus libros.
Cuando comenzó a escribir sólo podía dedicar un rato por las mañanas, antes de irse a trabajar, a su gran pasión, concretada tardíamente: inventar y narrar la vida.
Su primer libro (Cubre tu rostro) es de 1962 y el protagonista es un policía poeta, Adam DaIgliesh, que estará luego presente en muchos de sus libros. Otro de su personajes recurrentes es la detective Cordelia Gray. Entre sus muchos libros todos bestsellers celebrados por la crítica, se encuentran: Sangre inocente, Cierta clase de justicia ' Hijos de los hombres, Muertes poco naturales, Pecado original y Poco digno para una mujer.taje con una fotografía hecho por un periodista del Surrey Comet que vino a conversar con mi hija Jane Vivíamos entonces en el 127 de Richrnond Park Road, en Kingston. Yo trabajaba como jefa auxiliar del Consejo Administrativo del North West Regional Hospital. Tanto Jane como su hermana mayor, Clare, vivían en casa, y mi esposo Connor estaba con nosotras por temporadas, entre períodos de hospitalización. Obviamente él no estaba en casa en el momento del reportaje pero afortunadamente, gracias a la discreción de Jane el artículo está libre de detalles sobre su enfermedad o de indicios de la valiente mujercita que escribe para mantener a su familia. Jane manifestó que su madre siempre había estado interesada en la literatura, se sentía muy contenta de que su primera novela se hubiese publicado, y que pasaba la mayor parte de sus noches y de sus fines de semana trabajando en sus libros. Es un comentario idóneo sobre la vida que yo llevaba entonces. El artículo termina: "El Inspector Dalgliesh es un personaje que se beneficiará si se le presta mayor atención, y sin duda será convocado para resolver los futuros enigmas de P.D. James Hay una fotografía en la que estoy sentada, de brazos cruzados, mirando la cámara, obviamente estrenando un nuevo peinado, y con una expresión de autosuficiencia levemente burlona.Es interesante que la mayoría de los
críticos pensaran que yo era un hombre. Una de las preguntas que me hacen con frecuencia en las presentaciones de mis libros es si elegí deliberadamente escribir bajo el nombre de P.D. James con el fin de ocultar mi sexo. Algunos de los que me hacen esta pregunta de hecho piensan que consideré una ventaja el que me confundieran con un hombre. Por cierto eso nunca se me cruzó por la cabeza, y estoy agradecida de haber nacido mujer, tal vez más por una actitud positiva innata que por un meticuloso balance de las relativas ventajas y desventajas. Pero nunca soñaría con aspirar a ser otra cosa que una mujer. Esto no sólo carecería de sentido, dado que la verdad se habría sabido muy pronto, sino que por otra parte las mujeres son consideradas, en general, buenas escritoras de novelas policiales y sólo una pequeña parte de los lectores rechazaría un libro porque desaprueba el sexo del autor, aunque debo admitir que he conocido algunos casos. Recuerdo que cuando el manuscrito ya estaba listo para ser enviado a un agente o editor, escribí Phyllis James Phyllis D. James P.D. lames, y decidí que el último y más corto era enigmático y luciría mejor en el lomo de un libro. Nunca se me ocurrió firmar mis libros con otro apellido que no fuera el de soltera. Nunca lamenté mi elección, y menos aún ahora que suelo verme obligada a firmar hasta trescientos ejemplares en una presentación en los Estados Unidos. En Inglaterra esto rara vez es un problema; los ingleses son mucho menos proclives a hacer largas colas para conocer a un escritor. Empecé a escribir Cubre tu rostro cuando tenía treinta y cinco años. Fue un comienzo tardío para alguien que desde su temprana infancia supo que deseaba ser una novelista y, al mirar hacia atrás, no puedo dejar de lamentar esos años que ahora considero desperdiciados. Durante la guerra siempre existe la incertidumbre de la supervivencia y se necesita más de_ terminación y dedicación de la que yo tenía para encarar una obra de 80.000 pa labras mientras caían las bombas y la escasez de papel restringía la publicación de autores nuevos. También hay en mi naturaleza esa veta de indolencia que hacía que fuese más agradable pensar en un primer libro que empezar a escribir. Era más fácil, además, considerar los años de la guerra como una preparación para los desafíos del futuro que tomarlos como un momento propicio para comenzar. Puedo recordar el instante en que supe al fin que nunca llegaría el momento ideal para comenzar a escribir mi primer libro y que, a menos que empezara a hacerlo, terminaría contándoles a mis nietos que habría querido ser novelista. Aun el hecho de pensar en pronunciar esas palabras era comprender un fracaso potencial.

origen de datos: clarin cultura 19/08/2001