Ignacio Iturria

La casa de la memoria según Ignacio Iturria

En su inigualada Poética del espacio, Gastón Bachelard 
conjetura que las imágenes de la casa donde vivimos se graban  en nosotros con la misma intensidad con que nuestra imagen se  graba en ella. El artista uruguayo Ignacio Iturria (1949)  traspone la idea de Bachelard a su pintura y la realiza en una obra que se cuenta entre las más singulares de la creación estética de nuestro tiempo latinoamericano. Las imágenes que  Iturria lleva grabadas en su memoria no sólo son las de su  casa de hoy y de ayer en Montevideo, su ciudad natal, y aun  las de aquellas que ocupara en Cadaqués, el pequeño puerto  catlán donde residió entre 1977 y 1985. Son también las de  decenas de otras casas, en las que ni siquiera ha habitado: es  que Iturria, si bien parte de su(s) casa(s), remite, en verdad, a la casa del hombre, del hombre de todas las  latitudes, a quien mira (y por quien mira) desde su tierra  uruguaya.
La casa de Iturria se expresa, resumida y simbolizada, por  medio de sus muebles, sus objetos, sus paredes, sus 
habitantes. Armarios, sillas, sofás, mesas, hablan por la casa  y de la casa, ya cuando el artista los pinta, ya cuando los  corporiza en esculturas de cartón. Pero en uno y en otro caso, tampoco se atiene a las reglas -por llamarlas de algún  modo-del diseño. Si sus casas no son arquitectónicas, los  elementos que las pueblan no son del mercado: son de él.
Sofá elefante

Las figuras humanas y los objetos cotidianos (cubiertos, 
platos, botellas, retratos) son siempre diminutos en 
comparación con los muebles y los recintos, inexorablemente  viejos, gastados. Toda una parábola sobre la vida actual en  las ciudades abarrotadas, indiferentes, sin alma y sin  prójimos, se despliega en las creaciones de Iturria.
Entonces, los hombres pueden caminar por las paredes, sentarse  en una silla cuyo respaldo se apoya en el piso, observarnos  desde un cajón donde están de pie, instalarse en los nichos de  un mueble nunca visto, colgarse de una especie de reja que no  resguarda de nada ni de nadie, nadar en el lavatorio,  deslizarse por el chorro de agua hacia abajo, permanecer en  los estantes de una cómoda, tener un sofá con forma de  elefante, o disponer en él un pequeño pueblo a orillas de un  río, con animales, bicicletas, puentes y botes.
Esta parábola, sarcástica y, a la vez, transida de 
remembranzas afectivas, abunda en significaciones pero todas  ellas convergen en un solo interés: dar cuenta de la  circunstancia del hombre en un tiempo de masificación y desamparo, que Iturria sintetiza con sus emblemas del elefante  y el avión como polos opuestos: la fuerza y la lentitud que  acredita el primero, y la liviandad y la rapidez del segundo  (sin olvidar la sentencia popular sobre la memoria del  elefante", debida a su facultad de reconocer a sus enemigos,  aun a los más pequeños, y tenerlos siempre presentes). Iturria, sin embargo, ha elegido otra vía para llevar adelante  su parábola de nostalgia y soledad; los retratos. Algunos aparecen ya en sus muebles, como los que ha reunido en una de  sus mesas. Pero es más común que los presente encolumnados en  grandes lienzos, o plegados en tiras, o relacionados por  líneas e hilos (pintados y verdaderos). En el primer caso y en  el segundo, estamos ante una sucesión figurada de fotografías  de carnet; en el tercer caso, la modalidad parodiada es, sin  duda, la del árbol genealógico.
Así ha llegado a distribuir una multitud de retratos por obra  (192, 247, 672, 80, 77). En verdad, no todas son efigies 
humanas, admirables miniaturas que nunca repiten un rostro; en  muchas ocasiones, Iturria alterna los retratos con imágenes de  animales, objetos comunes, casas, y los infaltables elefantes  y aviones, que se cuelan en las interminables bandas de caras.
En estos retratos, admirablemente pintados, el artista logra  constituir una densa galería de expresiones faciales y de  miradas, que vuelven a recordarnos la fragmentación del mundo  y el aislamiento de los seres humanos en las superpobladas  urbes de hoy, en las sociedades impasibles donde nacer y morir  es apenas un dato en una helada estadística. Porque no debe  faltar, en el caso de Iturria, la lectura política de una obra  regionalista, que nos dice. según el ya canónico poema de  Mario Benedetti, su compatriota, que el Sur también existe. Y  existe en estos óleos mordaces y piadosos, rotundos y sutiles,  amargos y esperanzados.
El agua, el espejo
y la hojita de afeitar

Fuente: Prof. Jorge Glusberg
Director Museo Nacional de Bellas Artes

SOFA ELEGANTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL AGUA DEL ESPEJO Y HOJITA DE AFEITAR