Harold Brodkey

 

"¿COMO LEER UN LIBRO ASI? ¿CON FELICIDAD POR SUS HALLAZGOS, CON TRISTEZA, CON RABIA
harold. brodkey
por: FERNANDO FAGNANI

Sólo ambiguamente soy Harold Brodkey", leemos en uno de los textos de Relatos a la manera casi clásica, y esto que puede parecer un coqueteo de la subjetividad es un rastro relativamente empírico. La breve historia de esa a ambigüedad comienza cuando el infante Brodkey tiene dos años: entonces su madre muere y es adoptado por su tía. La metamorfosis va en fila. Su nombre original era Aaron pero su nueva familia prefiere que se llama Harold; el apellido pasa de Beazborodko a Brodkey, más sonoro y americano. En palabras del implicado esa reinvencion nominal al tuvo con secuencias profunda` s: Hasta qué punto Harold Brodkey es un nombre verdadero es algo que nunca he sido capaz de resolver. Ninguna resolución a ese respecto me tranquiliza. Es el nombre que acabé teniendo".
Este episodio tuvo lugar a comienzos de los años 30, y Brodkey lo retorna en un relato que ve la luz en 1973. Para ese momento, ya es alguien positivamente identificable. Lleva publicados un volumen de cuentos, Primer amor y otros pesares, y ha escrito otra decena que aparecen en revistas. Es admirado y sólo se lamenta no ser más prolífico. Para compensar esa deficiencia, tras compilar los cuentos en Relatos a la manera casi clásica, escribe una novela monumental El alma fugitiva, y otra, Amistad profana, que está un escalón por debajo del resto de su producción. Se lo consideraba el Marcel Proust norteamericano, algo que dice mucho sobre lo elemental de cierta crítica norteamericana pero poco sobre su escritura. Para darse una idea de la distancia, la materia con la que trabaja Brodkey es la memoria, mientras que la de Proust es el tiempo. Su obra se cierra, en todo el sentido de la palabra, con Esta salvaje oscuridad. El volumen lleva por subtítulo La historia de mi muerte", y es la crónica desgarradora de su disolución desde que descubre que tiene sida, en 1993, hasta que las fuerzas le permiten consignar por escrito el ocaso, a mediados de 1995, unos meses antes de morir. Son siete textos magistrales que retratan descarnadamente aquello que asalta la conciencia y el cuerpo de Brodkey, y que muestran las máscaras del miedo, del sufrimiento, del amor, del desasosiego y de la soledad. El primero, fechado en otoño de 1993, ocupa casi cien páginas, y es por mucho el más complejo e intenso. Allí están todas las disyunciones entre la muerte y la enfermedad, entre la vida del escritor y esa transformación constante en un nuevo ser, el ser en que va emergiendo desde que sabe que tiene sida .Los otros seis textos confirman aquello que Brodkey, con una prosa altiva que jamás se rinde ante la pena, ya había intuido: que no lograría dominar a la muerte con sus palabras. El libro deja en claro que la muerte, o al menos la suya, devora todo, y que cada paso que se da para medir sus ataques y sus rostro es en verdad otro paso que da ella, otro paso de su asedío. La huella de esta derrota se va ensanchando página tras página, y acaba construyendo una frontera que separa Esta salvaje oscuridad del resto de la literatura de Brodkey, y también al escritor que fue de este observador respetuoso de sí mismo que devino "Es curioso que mi vida se haya tambaleado hasta el punto en que mis recuerdos ya no sean aptos para el cuerpo en que se forman mis palabras", dice, con fría serenidad. Un poco antes ya había expulsado toda autocompasión, sin denegar la ironía:---y,como ven ustedes, sigo escribiendo. Me ejercito en hacer entradas en mi diario, en registrar m¡ tránsito hacia la inexistencia. Esta identidad, esta mente, este particular modo de lenguaje, están casi acabados".Lacónico y distanciado de su objeto, Esta salvaje oscuridad es para decirlo sin ambigüedades un libro aterrador. ¿Y cuál es su objeto? No el sida sino la muerte: la física, la de la obra, la de los otros, los seres queridos, quienes tristes, pero sobre todo lozanos, son una postal que la memoría envía a un futuro que el moribundo sabe que no alcanzará. Y sobre todo, la muerte de un escritor, de alguien que lucha nuevamente, y al mismo tiempo por primera vez, por hallar las palabras justas para un momento que está más allá de la justicia. Busca un lugar de interlocución que rete a la muerte y le arranque un final personal, una forma acabada y única que acoja a "ese particular modo de lenguaje". Promediando el esfuerzo, descubre que eso es imposible; y quienes se alzan con el testimonio de su batalla son su mujer, sus hijos, sus lectores, los destinatarios de un texto donde Brodkey vuelve a ser un escritor magistral, aunque no fuera capaz de reconocerse en esta nueva forma de maestría, ni en verdad le importara. Esa batalla, que muy lentamente va mostrando los cristales de la derrota, está contada con una dignidad y una entereza que humillan a las vidas comunes, o sirnplemente a la vida y sus sensaciones. Esta salvaje oscuridad tiene la rara e incómoda cualidad de suspender el juicio y oburar las sensaciones. ¿Cómo leer un libro d esta naturaleza: con felicidad por sus hallazgos con tristeza, con asombro, con ra bia Cualquier opción elegida se vuelve  automáticamente tina falta de respeto a s intensidad y su compromiso. Es dificil no rememorar la exhuberancia y la cruel vitalidad de El alma Fugitiva, con su mundo desbordante y arrollador, con su promesa de obra maestra cumplida a cada rato, y no quedar mudo frente a esta obra terminal y desgarradora. 0 no volver a Relato a la manera casi clásica, a un pasaje donde la madre adoptiva, roída por una enfermedad, le dice a un Harold que no se comporta como se espera de él: "¡No hagas que te desee un cáncer para que así sepas lo que estoy pasando!". A favor de Brodkey, es apropiado remarcar que cuando su momento llega, hace lo indecible por estar a la altura de su final, como escritor y como persona. Dando forma a un libro único y último, deja epifanías de este calibre: "Buena parte del tiempo no hago nada. Me tumbo en el porche o en la cama. Miro fijo a la muerte y la muerte me mira."
Ese es el final de todas las ambigüedades, de los nombres dobles y también de toda memoria.