Frieda Fromm-Reichmann

 

Erich Fromm, psicólogo y escritor humanista, fue su paciente y luego su marido ,matrimonio que duro poco tiempo.

lo fundamental era hacia el paciente, no el método, Frieda se alejaba de las reglas convencionales." (Gail Homstein, biógrafa)

para ella lo fundamental era "despertar en el paciente la conviccion-de que no estaba sufriendo un mal incurable sino una enfermedad que, en principio, es curable".

Era una mujer pequeña, de aspecto frágil. No medía más del.50, y su voz por momentos parecía una caricia. Pero su presencia era enorme. No se sabe ya si es mito, leyenda o una fiel instantánea del pasado, pero dicen que cuando entraba a las salas de los pacientes más perturbados de Chest-nut Lodge, el instituto psiquiátrico que dirigió por años en Estados Unidos, se calmaban en el acto hasta los psicóticos más violentos y agitados. Se llamaba Frieda Fromm-Reich-mann. La primera parte de su apellido la condenaría en derto modo a ser siempre recordada por su matrimonio con Erich Fromm, el psicólogo y filósofo humanista que vendió y continúa vendiendo millones de copias de sus obras clásicas como £1 arte de amaro El miedo a la libertad. Sin embargo, esta psicoanalista alemana se ganó sin ayuda el derecho a su propio lugar en la historia. No sólo descolló en un ámbito (la medicina y luego el psicoanálisis) que en su época era coto casi exclusivo de los hombres, sino que lo hizo con una convicción aún más inusual entre sus colegas: la certeza de que no existían, en principio, pacientes mentales incurables. Gracias a esa convicción logró tratar con éxito a esquizofrénicos, rechazados como no aptos para la psicoterapia aun por los popes de la disciplina. La primera biografía de la terapeuta, Salvar a una persona es salvar al mundo, de la estadounidense Gail A. Homstein -que la Editorial Andrés Bello publicará en breve en Buenos Aires-, se propone hacer justicia, por fin, con la recordada terapeuta. Según su biógrafa, el motor de los logros de Frieda parece simple: donde otros ponían teoría e investidura, ella ponía el cuerpo y el alma. Donde otros se negaban a tratar pacientes con conductas agresivas o síntomas repugnantes (como vomitar o untarse con excrementos), ella protegía sus ropas con un delantal viejo, y escuchaba, convenida de que nada era errático ni sin sentido, y de que en esos síntomas estaba la llave que podía abrir la puerta a la cordura. Por eso tantos analistas del momento se acostumbraron a derivarle todos los casos más difíciles o indeseables. Pero ella se ocupó de aclarar los tantos. "Esta no es una hipótesis huma-nitaria o caritativa -escribió-, sino una convicción científica." Toda conducta extravagante era pasible de interpretación, todo gesto o lenguaje inventado tenía sentido para quien pudiera acercarse lo suficiente para descifrarlo. Tampoco pecaba de soberbia. Según Homstein, que basó el libro en decenas de entrevistas con colegas y pacientes: "La negativa de Frieda a desistir (en un tratamiento) se originaba en un profundo sentido de la humildad; la enfermedad mental grave se comprendía tan poco que declarar incurable a un paciente le pareda presuntuoso. Si, como sostenía constantemente ante sus colegas, cada paciente era esencialmente un tema de investigación, ¿quién podía dar por concluido el experimento sin haber acopiado todos los datos?" Muchas veces, los pacientes que re-cibia en Chestnut Lodge, en la década del 40, ya habían sido tratados infructuosamente con "métodos biológicos" en otros centros psiquiátricos. Cuando fracasó el tratamiento de electro shock con la señorita B. (los nombres de los pacientes no figuran en la biografía), Walter Freeman, considerado el "decano de la loboto-mía" en Estados Unidos, le dijo que necesitaba una operación cerebral. En cambio, se internó en Chestnut Lodge, a cargo de Fromm-Reich-mann. Luego de meses de agitación, agresividad y delirios, que Frieda soportó estoicamente, le preguntó a la analista durante una sesión:" ¿ Cómo esperaba que yo supiera hablar? Nunca hubo nadie que me hablara como usted, o que se tomara el tiempo para escuchar." Otro ejemplo elocuente: Rose Spie-gel, una colega más joven, recordaba que Frieda golpeó la puerta de la habitación de un paciente diariamente "durante unos seis meses, sin que él le hablara, para que su insistencia le despertara confianza y le permitiera entrar". Mientras que algunos analistas clasificaban de entrada al paciente y luego se aferraban al diagnóstico durante el resto del tratamiento, un análisis con Frieda, en palabras de su discípulo Bob Cohén: "Era como hallar activamente nuestro camino en un páramo donde al parecer no hay ni senderos, con la ayuda de una compañera ingeniosa y valiente." Tal iue la devoción que despertó en sus pacientes que una de ellos, Joan-ne Greenberg, luego de curarse le dedicó una obra que se convirtió en best-seller mundial. Frieda fue la musa inspiradora de la memorable Dra. Fried en la novela Nunca te prometí un jardín de rosas, que relata el tratamiento exitoso de una adolescente internada en un hospital psiquiátrico, en un relato casi textual de la experiencia de la autora. Greenberg también dio su sello de aprobadónala biograa de la psicoanalista: " La historia de esta increíble mujer estimulará a pacientes y familiares que luchan contra las enfermedades mentales con el más grande legado de Frieda: la esperanza", dice en la contratapa del libro, dando cuenta de que los años no lograron robarle el amor y el agradecimiento hada su analista. Acaso la figura de Frieda no haya  trascendido como la de otros grandes del psicoanálisis porque su talento residía en su intuición, en saber detectar en el momento justo lo que necesitaba cada uno de sus pacientes, más que en explicar posteriormente los logros que alcanzaba. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, era, en cambio, más brillante como teórico que como cínico. Según Homstein, Frieda no concordaba con la máxima freudiana de la distancia que debía mantener el analista respecto de sus pacientes. "En su intimidad, Frieda entendía que esta perspectiva de Freud se basaba menos en su experiencia cínica que en su miedo a perder el control. Pensaba que por eso evitaba a los pacientes esquizofrénicos y prefería breves análisis 'didácticos' con sus alumnos", dice en el libro. En cambio, Frieda urgía a los analistas a tomar al menos algunos pacientes psicóticos "para que pudieran experimentar la interpretación tal como debía ser: una intensa lucha por el sentido, no un ejerddo abstracto". En Frieda se combinaron con fortúnala inteligencia y la sensibilidad, encamada para ella en una máxima judía llamada "Tikkun", cuya traducción aproximada es la que da el nombre a su biografía:" Salvar a una persona es salvar al mundo". Con esa reverencia por la vida individual se acercó Frieda a cada uno de sus pacientes. Hacía caso omiso de las formalidades del psicoanálisis ortodoxo: no había, para ella, horas de cincuenta minutos, ni distancias estériles entre el doctor omnisciente y el paciente necesitado. Al contrario, Frieda sostenía que los pacientes psicóticos comprendían sus producciones inconscientes mejor que los terapeutas. Una paciente, identificada como "la señora E." en la biograa, se lo confirmó con creces luego de superar su enfermedad. Volvió a visitar  a su terapeuta y le explicó,con lujo de detalles, de qué se había tratado cada uno de sus síntomas más extravagantes. Cuando parecía que le cantaba a los radiadores, le explicó a Frieda, en realidad intentaba que su voz llegara por ese medio hasta la habita-cion de la médica (que se hallaba en el piso de abajo), para despertarla. Esta paciente atribuyó el comienzo de su curación a un gesto de la doctora. La mujer se hallaba envuelta en sábanas frías y mojadas, un método que se usaba en las instituciones psiquiátricas para calmarlos accesos de violencia, cuando le pidió a Frieda que la desenvolviera. En vez de instar a que lo hiciera la enfermera, como era la costumbre, la desenvolvió ella misma. Frieda era una muj er pequeña y la paciente era alta y robusta; la situación entrañaba cierto riesgo y ambas lo sabían. El hecho de que Frieda estuviese dispuesta a enfrentarlo para poder acercarse parece haber abierto una puerta en su inconsciente dolido. Ese era el sello que recuerdan sus pacientes; su respeto y compasión eran sus armas secretas.

La hija mayor.

Frieda Reichmann nadó el 23 de octubre de 1889 en Karisruhe, Alemania, al norte déla Selva Negra. Su madre, Klara Simón Reichmann, fue una muj er inteligente, independiente y de una energía arrolladora, que incentivó los logros de su hija mayor, aunque con su gran protagonismo la eclipsó durante años. Su padre, Adolf Reichman, era un hombre sensible, apasionado por la música y la literatura. La familia respondía a la tradi-dón del judaismo ortodoxo, que Frieda acató hasta bien entrada en la adultez. En esa tradición, el primogénito está imbuido de una signifi-cadón especial en la familia, y Frieda cumplió con el rol a la perfeccion: fue una alumna ejemplar, una hija devota y una hermana protectora. Tanto es así, que alguna vez reconoció que para sus hermanas debió haber sido difícil convivir con alguien tan dis- puesto a hacerlo todo bien. Su primera infracción de las leyes religiosas la cometió ya casada con Erich Fromm, cuando juntos se fugaron a un parque a comer pan en plena pascua judía, cuando no se permite consumir ningún producto que contenga levadura. De todos modos, siempre sintió que esa falta podría significarle desgradas futuras. Como en esos años la escuela secundaria no admitía mujeres, su madre Klara, junto con varias amigas, organizó un curso para Frieda y otras chicas, que les permitió prepararse para pasar un examen y entrar a la universidad. A los 17 años, Frieda ingresó a la Universidad de Konigsberg para estudiar medicina. Se recibió en 1914,justo a tiempo para abocarse a tratar la avalancha de víctimas que dejó a su paso la Primera Guerra Mundial. Muy pronto, después de completar su formación psiquiátrica, la nombraron administradora de un hospital para soldados con lesiones cerebrales, un puesto que ninguna mujer podía ocupar formalmente. "Yo no sabía un bledo sobre lesiones cerebrales -recordaría años después-, pero pensé que si el director creía que podía hacerlo, podía ser interesante. Aprendería", cita Homstein en su biograa. No tuvo ningún problema hasta que, un día, las autoridades militares anunciaron una inspección. Como el supervisor no tenía ni idea de lo que se hacía en la unidad, Frieda lo excusó diciendo que estaba en el frente. Cuando los altos oficiales llegaron a las puertas, fueron recibidos por la diminuta Frieda en uniforme blanco. Y les dijo: "Antes de iniciar el recorrido, excelencia (había aprendido todos los rangos militares y no cometí errores), ¿no quiere entrar en la oficina? Quisiera explicarle brevemente lo que hacemos aquí". Cuando hube hablado lo suficiente para asegurarme de que no entendieran ni jota, dije: "Ahora, si les parece, podemos visitar las instalaciones." Frieda conoció a Erich Fromm en 1925, y pronto él se convirtió en su paciente. Como los dos eran personas extremadamente reservadas, no es mucho lo que se sabe acerca de su relación. Ni siquiera queda una fotograa de ellos juntos. Pero se especula que iniciaron su romance durante el tratamiento, que se casaron para salvarlas apariencias. Frieda intentaba tratar el tema con ligereza." Empecé por analizarlo y terminamos por enamoramos. ¡Qué insensatos que éramos!",le dijoaun amigo. Pero sus sentimientos parecían ser bastante más complejos. Se admiraban mutuamente, y Frieda tenía cierto pareado sico a la madre de Fromm, con quien él tenía una relación muy apegada. Juntos fundaron el Instituto de Capacitación Psicoana-lítica del Sudoeste de Alemania. Los pocos que dan testimonio de la relación dicen que, eventualmente, Frieda comenzó a tratarlo a Fromm más como analista que como esposa, y el matrimonio se disolvió, en la práctica, en 1930. Sin embargo, mantuvieron una relación estrecha el resto de sus vidas.En 1933, Frieda tuvo que huir de la Alemania nazi. Primero se fugó a Francia con sólo dos valijas (para no despertar sospechas), dejando atrás sus pertenencias de toda la vida. Luego pasó un período en Israel, y por fin eligió el exilio en Estados Unidos, país que adoptaría como hogar hasta su muerte en 1957, a los 67 años. En el verano de 1935, le ofrecieron dirigir interinamente una clínica mental privada de Mary-land llamada Chestnut Lodge, por doce meses. No lo debe haber hecho mal, porque ocupó el cargo 22 años. Desde allí, su tratamiento heterodoxo se difundió por los Estados Unidos. Fue criticada por muchos por desviarse de los cánones, como lo fue Melanie Klein en Inglaterra, pero sus éxitos trascendieron los muros de Chestnut Lodge. Su único legado escrito fue el libro Principios de psicoterapia intensiva, que hoy es lectura obligatoria en las facultades de psicología de EE.UU. Pero su genio era tan esquivo a las explicaciones como patente para las personas que ayudó. Por eso, nadie mejor para resumirlo que Joanne Greenberg, quien de algún modo dedicó su vida, -tras su curación-a homenajearla. "Actuaba como una bailarina, como una comediante o una esquiadora. Hay que tener gracia para esquiar, y hay que leer la ladera con los pies. Eso es lo que ella hacía"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Erich Fromm, psicólogo y escritor humanista, fue su paciente y luego su marido ,matrimonio que duro poco tiempo.