Emil Brugsch-Bey

En cierta ocasión, un viajero americano compró un hermoso papiro egipcio de forma ilegal a un maleante de Luxor. Convencido de su autenticidad decidió comprobarla. Para ello, ya en Europa, se dirigió a un experto, quien así se lo certificó: pertenecía a la XXI dinastía. Muy contento, no escatimó un solo detalle de su operación, que relató al experto de forma prolija.

Con lo que no contaba era con que el experto comunicase cuanto de él había escuchado a Gaston Maspéro, a la sazón director del Museo Egipcio de El Cairo. Cuando recibió esta información vio confirmado algo que sospechaba hacía tiempo. Habían estado apareciendo en el mercado negro una serie de objetos pertenecientes a varios reyes de la XXI dinastía, y no parecía casual. Todo apuntaba, más que a varios descubrimientos simultáneos de tumbas individuales, al descubrimiento de una tumba real colectiva. Consultó con sus colaboradores más allegados y trazaron un plan que no deja de tener algo de novelesco.

Un joven ayudante del Museo llegó a Luxor de incógnito y se comportó deliberadamente como jamás lo haría un arqueólogo serio. Tomó una habitación en el hotel en que se había alojado el americano, y se dedicó a hacer sonar la bolsa por cuantos garitos, tugurios y tienduchas ofrecía Luxor al visitante. Sin exagerar, era generoso en sus propinas, lo que le fue abriendo puertas. Demostró el buen gusto de comprar piezas menores pero auténticas, y de rechazar las magníficas imitaciones que ya entonces circulaban. Esto le granjeó el aprecio de los maleantes, hasta que le ofrecieron una estatuilla perteneciente a la XXI dinastía, que compró fingiendo desagrado por que no se tratase de algo de más importancia, que era lo que él venía buscando.

Así fue como consiguió ser presentado a Abd-el-Rasul, un traficante de familia de traficantes que se dedicaban a este tráfico desde tiempo inmemorial. Cuando vio claro que había dado con el hombre, dio parte a las autoridades, y el Mudir (comisario de policía egipcio) lo detuvo. Sin embargo, no sólo su familia, sino todo el pueblo del que provenía testificó a su favor, por lo que fue liberado. Tal fue el impacto que esto produjo en el joven ayudante que cayó enfermo. El Mudir, sin embargo, mejor conocedor de sus compatriotas, tuvo paciencia, y, pasado un mes, un pariente del encausado confesaba.

Abd-el-Rasul, como luego se supo, había encontrado casualmente la entrada a unas galerías en las que había unas 40 momias. Durante 6 años lo había mantenido en secreto; sólo la familia lo sabía, y se enriquecía. Lo curioso es que todo el pueblo resultó que se dedicaba al saqueo de tumbas, y que lo hacían tal vez desde tiempos faraónicos, por lo que tenían de las tumbas la concepción que nosotros tenemos de un caladero de pesca.

Cuando Maspéro se hubo enterado de lo ocurrido así como de la enfermedad del ayudante, confió el final de la misión a Emil Brugsch-Bey. Este se desplazó con el Mudir y Abd-el-Rasul al lugar del hallazgo y con ellos bajó a las galerías. Receloso de la seguridad que ofreciese aquel nido de saqueadores, Brugsch mandó sacar las 40 momias que allí había, cosa que consiguió en 48 horas. Las embaló y lo llevó todo a El Cairo, por barco. Durante el trayecto fluvial, corrió la voz acerca del cargamento del navío, y, conmovidas, las gentes acudieron por centenares a las orillas del Nilo para seguir el paso de los reyes de antaño. Los hombres disparaban sus armas al aire, y ellos y las mujeres se arrojaban tierra a la cara y emitían lamentos que se escuchaban desde muy lejos.

La impresión que esto produjo en Brusch fue terrible, principalmente porque aquel respeto que sentían los fellahs, lo expresaban con un conjunto de ritos (que hemos descrito someramente) coincidentes con los que ya empleaban los antiguos egipcios. Era como si el Antiguo Egipto le censurase su acción. Se retiró de la mirada airada de los naturales del país. Le recriminaban su poco respeto por las momias a un hombre que respetaba todo aquello hondamente. En realidad, él lo estaba rescatando de las garras de los traficantes para devolverlo a su lugar en la historia de ese pueblo que lo increpaba.