Diego Armando Maradona
(Lanús, Buenos Aires, 1960)

 

Arriba: Cornejo con sus dirigidos y Diego reporteado por Pipo Mancera. Abajo: Maradona en 1970 y Los Ce-bolirtas en la camioneta en la que iban a los partidos (Diego apenas asoma la cabeza sobre la baranda).

Torneo evita 1973 Diego elude rivales en el partido de las cebollitas contra el colegio biblioteca Belgrano  

Futbolista. Fue considerado como uno de los máximos valores del fútbol en la década de los ochenta.
Diego Maradona es uno de los futbolistas más grandes de la historia, el mejor para muchos. De hecho, no quedan dudas sobre el mejor gol de la historia del fútbol mundial: fue el que le convirtió a la selección inglesa, en el Mundial de 1986 jugado en México, minutos después de haber convertido otro "con la mano de Dios".
Quinto entre ocho hermanos, Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en la pobreza de Villa Fiorito, cerca de Lanús. Diego se crió con el fútbol. Comenzó su carrera en Argentinos Juniors, donde debutó en Primera División diez días antes de cumplir 16 años, en el partido en que su equipo venció por 1-0 a Talleres de Córdoba. Un año más tarde fue convocado para integrar la selección mayor, pero en 1978 estuvo a punto de abandonar el fútbol, presa de una gran depresión por no haber sido llamado a la selección que representó a nuestro país en el Mundial de ese año. Sin embargo, en 1979 fue el capitán de la selección juvenil que logró el título mundial en Japón. En 1980, fue transferido a Boca Juniors, equipo del cual es simpatizante, y ese mismo año fue convocado a la selección mayor. En 1981 logró su primer título nacional, al ganar Boca el Campeonato Metropolitano. En 1982, después de participar en la Copa del Mundo jugada en España, fue vendido al Barcelona, de ese país, donde jugó hasta 1984, momento en que fue vendido al Napoli, de Italia. La operación se realizó por 15 millones de dólares, cifra récord en ese momento. En 1986, en el Mundial jugado en México, Maradona fue la estrella de la selección que obtuvo el título mundial. Un año más tarde, fue la pieza clave para que el Napoli pudiera lograr su primer título, en 60 años de historia del club. Dos años más tarde también ayudaría a su equipo a ganar la Copa UEFA. Por primera vez el Napoli conquistaba una copa europea. Y finalmente, en 1990, la escuadra napolitana consiguió su segundo y último título nacional. A partir de ese momento y hasta el día de hoy, Maradona es considerado el mayor héroe napolitano de todos los tiempos.
También en 1990, Maradona participó en la selección argentina que, sin jugar bien, y ganando sólo 2 partidos, llegó a la final de la Copa del Mundo, donde perdió 1-0 con Alemania. 
En 1991 comenzó la caída de un ídolo. Un control anti-doping que le practicaron al jugador después de un encuentro por la Liga Italiana dio resultados positivos, y Diego fue suspendido por 15 meses de toda actividad futbolística. Ese mismo año, perdió un juicio por una paternidad no reconocida sobre un hijo ilegítimo que había tenido con una italiana en 1987. En ese período regresó a la Argentina, donde fue arrestado en un operativo anti-droga. Cuando regresó al fútbol, Maradona rehusó continuar en el Napoli, ya que alegaba sentirse "traicionado por sus dirigentes". Fue transferido al Sevilla, de España, donde jugó unos pocos meses sin alcanzar el nivel que había tenido en otros tiempos. En 1993 fue transferido a Newell's Old Boys, de Rosario.
Después de jugadas las eliminatorias, cuando Argentina estuvo a punto de quedar eliminada del Mundial de 1994, Maradona fue convocado a la selección para jugar en el repechaje contra Australia, donde cumplió una destacada actuación. El equipo nacional se clasificó para la Copa del Mundo. En el Mundial, jugado en EE.UU., Argentina cumplió una muy buena actuación en los dos primeros partidos (4-0 a Grecia y 2-1 a Nigeria). El equipo era uno de los candidatos al título. Sin embargo, en el control anti-doping realizado después del partido con Nigeria, el test de Maradona dio positivo, y el jugador fue suspendido nuevamente por la FIFA. La selección cayó anímicamente, perdió dos partidos consecutivos (0-2 con Bulgaria y 2-3 con Rumania) y y fue eliminada del Mundial, generando una polémica nacional.
Durante los 15 meses en que estuvo suspendido, Maradona dirigió a dos equipos (Dep. Mandiyú y Racing Club), a pesar de no haber realizado el curso de director técnico. No obtuvo buenos resultados, y mantuvo un perfil bajo hasta el cumplimiento de la condena. Ese mismo año, generó un escándalo, al disparar con un rifle de aire comprimido contra periodistas que lo acosaban en su quinta privada.
En septiembre de 1995, cumplió su sueño de volver a Boca, el equipo de sus amores. A los 35 años logró jugar a un gran nivel, aunque no lo suficiente para darle un título a su equipo. Después de algunos encontronazos con los dirigentes, Maradona abandonó el club, y se mantuvo inactivo durante más de un año. Ahora, en 1997, volvió a firmar contrato con Boca Juniors.
Diego Maradona. Afuera de la cancha, un hombre polémico. Adentro, el mejor de todos.

Francisco Cornejo se enamoró de la zurda de Maradona en 1969, viéndolo jugar un picado En Cebollíta Maradona, un libro de Editorial Sudamericana que estará en la calle en unos días, el primer técnico que tuvo Diego relata su paso por un equipo de fútbol infantil que hizo historia.

"DIEGO SE QUEDO TIRADO EN EL AREA, ALLI DONDE HABIA PATEADO EL PENAL: LLORABA COMO UN BEBE, Y NO PODIA PARAR. DON DIEGO, QUE SOLIA SER UN HOMBRE MUY POCO DEMOSTRATIVO, CORRIO HASTA SU HIJO, LO ABRAZO, LO CONSOLO POR UN MOMENTO Y LUEGO, COMO SI FUERA UNA CRIATURA DE TRES AÑOS, LO ALZO EN BRAZOS Y SE LO LLEVO PARA EL VESTUARIO."
"EL SEGUNDO GOL ^ FUE UNA JOYA. RECIBIO LA PELOTA SOBRE LA DERECHA, DEJO ATRAS A DOS °- RIVALES CON UNTOQUE Y UN QUIEBRE ^ DE CINTURA Y SE e MANDO AL AREA EN - DIAGONAL AHI, EN EL VERTICE, LE METIO [ UN CAÑO A OTRO 0 JUGADOR QUE LE '- SALIA, ENGANCHOPARA ADENTRO Y \ DEJO PARADO ALULTIMO DEFENSOR e DE INDEPENDIENTE. y DESPUES, DIEGO a GAMBETEO AL ARQUERO Y SE METIO ADENTRO DEL ARCO y CON PELOTA Y TODO."

Dicen que por lo menos una vez en la vida todos los hombres asisten a un milagro, pero que la mayoría no se da cuenta. Yo sí. El mío ocurrió la tarde de un sábado de marzo de 1969 sobre el pasto mojado del Parque Saavedra cuando un pibe bajito, que me dijo que tenía 8 años -y yo no le creí-, hizo maravillas con la pelota. Cosas que yo nunca le había visto ha-ceranadie. Hay una que no me la voy a olvidar jamás, porque cierro los ojos y la sigo viendo como si fuera ayer. ¿Ayer, dije? No, ayer nomas, como si la estuviera viendo ahora mismo. Cuando a un jugador la pelota le viene de aire, lo que hace es bajarla con el pie y después la deja caer al suelo y ahí patea o toca. Eso es lo que hacen todos. Pero aquel pibe no, aquel pibe hizo otra cosa: la dominó con la zurda, en el aire y, sin dejarla tocar el piso, con el pie todavía en el aire, le volvió a pegar para hacerle un sombrerito a un rival y mandarse hacia el arco contrario. La jugada siguió pero yo me quedé mirándolo, mirándolo a él. "Es un enano", pensé. No podía tener 8 años, era seguro. Fue una pavada haber pensado eso. La edad no tenía nada que ver con lo que ese pibe había hecho. Si era más grande o más chico no tenía importancia: esa jugada no tenía edad. Un jugador normal, incluso uno muy habilidoso, puede pasarse la vida sin poder hacerla aunque la ensaye una, dos, mil o un millón de veces. Para hacer una jugada así -y como la hizo él: como si fuera la cosa más sencilla del mundo-, aquel pibe tenía que ser diferente, muy diferente de los demás. Y yo me di cuenta. Ahí mismo me di cuenta. Por eso puedo decir, sin ponerme colorado y sin temor de que me acusen de agrandado, que yo descubrí a Diego Armando Maradona, un milagro del fútbol. Y también mi milagro personal.

SIN DOCUMENTOS En el medio de "la quema" de Villa Fiorito, don José Trotta detuvo la camioneta y le preguntó a Diego por dónde tenía que seguir.

-Por allá, don- señaló a su izquierda. Salimos de las montañas de basura y después de dar vueltas por unas calles de tierra apenas marcadas por las ruedas de los carros, llegamos. Era una casilla de material, pintada de blanco con cal; atrás se veía un bañito de madera. Un alambrado mal colocado separaba la calle del patio delantero. Me bajé y golpeé las manos mientras el pibe entraba corriendo a la casa. Enseguida salió la madre a recibimos. Mientras se acercaba, doña Tota se acomodaba la ropa. (...)

-Mire, señora -le dije-. Vinimos a traer a su hijo. De paso necesitamos que nos muestre el documento ;estamos formando una división de chicos en Argentinos Juniors (N. de R.: el equipo bautizado Los Cebollitas) y debemos certificar su edad. Entramos a una pieza con piso de cemento alisado, donde había una mesa, dos sillas viejas, un aparador bajito y una cocina. (...) Cuando estuvimos adentro, la señora entró en la pieza y al rato salió con un papel en la mano. Era una partida de nacimiento del hospital Evita: decía que Diego Armando Maradona había nacido el 30 de octubre de 1960. Yo no terminaba de convencerme.

-¿No tiene la cédula, señora? Un poco avergonzada, me contestó que no. Le dije que si quería que Diego jugara en el club tendría que sacarla, porque la iba a necesitar para presentarla en los partidos. Se quedó un momento en silencio y después, con un tono muy bajito, me dijo que sí, que la iba a tramitar.

NO DEJEN DE APLAUDIR Estábamos en la cancha de Barracas Central, en un partido contra Huracán. Ibamos ganan

do fácil y Diego estaba jugando que era una maravilla. Eramos visitantes y, desde los cuatro costados de la cancha le llovían insultos cada vez que agarraba la pelota:

Negro villero!

Lárgala, pendejo de mierda!

Andate a la villa! Le gritaban. Y lo chiflaban. Dios mío, qué manera de chinarlo al pibe. Lo hostigaban todo el tiempo. Al principio nos la bancamos como pudimos. Estábamos en la cancha de ellos y éramos menos. Nos mordíamos los labios para no contestar. En una de esas, ya en el segundo tiempo, volvimos a escuchar por milésima vez el mismo grito:

Andate, negro villero! Y ahí casi se arma la rosca, porque Chitoro (así apodaban a don Diego) no aguantó más. Se levantó y buscó con la vista al que había gritado.

-¡ Lo voy a cagar a trompadas!- dijo. Y yo le creí. El padre de Diego era un tipo tranquilo, pero tenía su orgullo y no iba a permitir que siguieran insultando así al pibe. Don José lo agarró del brazo, para contenerlo.

-Tranquilo, don Diego, déjelos-quiso pararlo.

-No, ya va a ver ése- le contestó Chitoro, tratando de soltarse. Entonces ocurrió algo increíble. Diego agarró la pelota en la mitad de la cancha, a un costado, casi debajo de la tribuna de donde más le gritaban, y se mandó hada adelante. Eludió a un rival, dejó a otros dos en el camino con un movimiento de cintura, metió un caño en la puerta del área y, con un marcador que trataba de agarrarlo de cualquier manera, llegó hasta el vértice izquierdo del área chica y se la colocó en el otro palo al arquero, que salía desesperado para achicar. Un gola-zo. Otra que el gol contra los ingleses. Lo gritamos como locos; adentro de la cancha, los pibes se abrazaban. Era una locura. De pronto me di cuenta: en la tribuna había un silencio total.

Fueron apenas unos segundos, pero era un silencio pesado, enorme. Y en medio de ese silencio. Diego se levantó del suelo, donde había quedado casi aplastado por sus compañeros que lo felicitaban por el gol, y empezó a caminar, con la cabeza baja, hacia la mitad de la cancha. Pude ver que sonreía. Y entonces empezaron a aplaudir: primero unos pocos, después más y, al final, desde los cuatro costados de la cancha. Un aplauso interminable en homenaje a ese gol de otro planeta que había hecho el pibe. Hasta que la pelota volvió a rodar, no dejaron de aplaudir. En ese partido, no volvió a escucharse un insulto más.

MALDITOS PENALES Era la final de los Tómeos Infantiles Evita de 1973, en Santiago del Estero. Terminamos 1 a 1 y hubo que ir a los penales. Yo ya tenía preparada la lista de los cinco que iban a patearlos, pero Diego, con la sangre en el ojo por el resultado, se me acercó y me pidió que lo dejara patear.

Déjeme patear uno, don Francis!

-¿Porqué queros patear vos, si sabes que los penales no son tu fuerte?- le pregunté.

Dele, don Francis, déjeme! No sé por qué aflojé. Tal vez porque era raro que me pidiera algo.

-Bueno, anda- le dije-. Pateas en cuarto lugar.

La ejecución de los penales fue un desastre. (...) Llegamos al tumo de Diego con ellos Sal arriba. Si fallaba, ni siquiera tendrían que patear otro para ganar. Todavía veo ese penal como en una película: Diego tomó poca carrera y pateó suave a la derecha del arquero, que le adivinó la intención y la

atajó sin dar rebote. Ya no había nada que hacer: la copa era de ellos. Lo que siguió fue terrible. Mientras los jugadores de Santiago del Estero daban la vuelta olímpica con la copa dorada bien en alto, mis pibes se derrumbaron en la cancha, destrozados por el cansancio y el dolor de la derrota. Diego se quedó tirado en el área, en el punto desde donde había pateado el penal: lloraba como un bebé. El llanto le sacudía los hombros. No podía parar. Entonces vi algo que me llenó de emoción: Chitoro, que era un hombre muy poco demostrativo, corrió hacia donde estaba su hijo, lo abrazó, lo consoló un momento y después, como si fuera una criatura de tres años, lo alzó en brazos y se lo llevó para el vestuario, que era un río de lágrimas. Esa tarde fue una de las más tristes de mi vida.

EN LA ENCRUCIJADA

-Don Frands- me dijo Chito-ro-.Tenemos que hablar.

-Sí, dígame, don Diego... A Chitoro le costaba empezar, como si lo que tenía que decirme le diera vergüenza. Al final se animó:

-Mire, don Erancis- arrancó-, vino a verme una gente que me dijo que Ri-ver tiene interés en el Pelusa. A mí me parece que me conviene, pero quería hablar con usted. (...) Pensé muy bien lo que iba a contestar y juro que fui sincero.

-Puede ser que en River le ofrezcan más de lo que yo le puedo ofrecer —le dije-, pero tenga cuidado. Mire que allí, conlos acomodos, no vaatener la oportunidad que tiene acá. Diego acá es Diego y eso nadie lo discute. (...) Chitoro se quedó callado. Me tenía una gran confianza y sabía que yo no iba a mentirle. Me pareció que lo había convencido, pero el que terminó de inclinar la balanza fue el propio Diego. (...) Habló cuando su padre lo miró, como dándole permiso. Y lo que dijo me llenó de emoción:

-Yo quiero quedarme con Francis. Tenía la voz quebrada y lágrimas en los ojos. Hubo un largo silencio hasta que don Diego dio su veredicto:

-Está bien -dijo-. Te quedas.

UNA LECCION DE FUTBOL El segundo gol del partido con la novena de Independiente fue una verdadera joya del estilo Maradona: recibió la pelota en la derecha, dejó atrás a dos defensores con un toque y un movimiento de cintura y se mandó al área en diagonal; ahí, en el vértice, le salió otro marcador, pero le metió un caño y, cuando lo fue a marcar el último, enganchó para adentro y lo dejó parado. Desde ahí podría haber pateado, pero siguió adelante, gambeteó al arquero y se metió adentro del arco con la pelota. Después, enlugar de correrafes-tejar, levantó la pelota con la zurda y salió del arco haciendo jueguito hacia la mitad de la cancha. Hasta la hinchada contraria lo ovacionó. Nosotros no lo sabíamos, pero entre el público estaban Ricardo Bochini y Daniel Bertoní (...). Nos dimos cuenta después del gol de Diego, cuando la hinchada local empezó a cargarlo: —¡Aprende, Bocha-, aprende!— le grita-ban, cariñosamente. Diego se distrajo, se olvidó por un rato del partido y del golazo que había metido, y se puso a mirar hacia las tribunas tratando de descubrir al Bocha entre la gente. (...) Pero lo mejor ocurrió después del partido, cuando Bochini y Bertoni se aparecieron por el vestuario para felicitar al equipo. Diego no podía creer que estaba frente a frente con el jugador que más admiraba. Antes de irse, invitaron a los chicos a una práctica de la primera de Independiente. ¡Qué ansiedad tenían los pibes! Don José los llevó el martes siguiente, tempranito, en el Rastrojero. Para ellos fue como tocar el cielo con las manos, sobre todo cuando les regalaron una camiseta a cada uno. No sé cuánto tiempo anduvo Diego con esa camiseta de Independiente de un lado para otro. Seguro que todavía la tiene guardada.

LA CAMISETA DEL DIEZ

y Más adelante, las pocas veces que estuvimos frente a frente, Diego no dejó de manifestarme su afecto. Como el día que se jugó el- partido que marcó su pase de Argentinos Juniors a Boca. Fue el 20 de febrero de 1980 en la Bombonera: Diego jugó un tiempo para cada equipo y me llamó para invitarme a la cancha. En el entretiempo fui al vestuario a saludarlo. Ahí fui testigo de una escena que me emocionó. Próspero Consoli, el presidente de Argentinos, le pidió la camiseta que había usado en el primer tiempo, la última "diez" de los bichos colorados transpirada por él. Yo acababa de entrar al vestuario y no me habían visto.

-Diego, ¿me das la camiseta?- le pidió el presidente.

Pelusa no demoró ni un segundo en responderle:

-No. Esta es para Francis. Se la sacó y se la dio a Galíndez, el utilero, para que la guardara. Luego me

^ vio, y la cara se le iluminó de alegría. Nos abrazamos. (...)

-Que tengas mucha suerte, Diego-ledije.

-¿ Por qué no viene a verme después del partido?- me invitó.

-No, Diego, no- le contesté. Algo en el tono de mi voz hizo que me mirara alosojos. De pronto sonrió y me dijo, con una mezcla de pena y emoción:

-No me puede ver con otra camiseta, ¿no?

-La verdad que no- le contesté. Nos volvimos a abrazar y lo vi irse por el pasillo, rengueando un poco, hacia el vestuario de Boca, para ponerse la camiseta azul y oro. Alguien me apoyó una mano sobre el hombro: era Galíndez. Tenía una camiseta en la mano y me la ofrecía.

-Diego me la dio para usted- dijo.