Por Tomás Eloy Martínez Para LA Nación HIGHLAND PARK, N. Jersey
EL azar es una imprevisión de la realidad, un desplazamiento de las causas hacia fines que no son los lógicos. ¿Es la memoria un azar perpetuo? Hace poco más de dos meses, cuando viajaba yo de Londres a Coventry, en Inglaterra, el tren se detuvo en la estación de Rugby y mi ventana fue a dar justo enfrente de una gran bandera de los Estados Unidos en cuyo centro, a manera de escudo, palpitaba una botella de Coca-Cola. Esa imagen hizo que despertaran otra vez dentro de mí los  versos de Carlos Fuentes Lemus que había leído pocas horas atrás, en el hotel
carlos fuentes lemus
 "USA: imagina a una nación / sin imaginación". Veinte minutos después, en Coventry, me esperaba John King, un profesor de la Universidad de Warwick con el que tengo una larga correspondencia pero al que veía por primera vez. Con explicable sorpresa lo oí saludarme con una frase que modificaba apenas la melodía que yo había evocado en Rugby: "¿Qué tal los Estados Unidos, Tomás? ¿No te flaquea la imaginación en ese país con tan poca imaginación?" Le pregunté desconcertado si acababa de ocurrírsele la frase o si la había oído en alguna parte. "No es mía. Es de Carlos Fuentes Lemus - me respondió-. La saqué de un haiku que escribió aquí al lado, en Warwick," Yo no sabía que John King y su esposa, Dímitra, conocían a Carlos desde hacía muchos años y que ambos lo habían hospedado a menudo en su casa, cuando él se alejaba de Londres para pintar y escribir. Tampoco ellos estaban seguros de que Carlos hubiera muerto. Un recorte de periódico los había alarmado al publicar, junto al nombre de Carlos, dos lugares y dos fechas: "París, Francia, 1973; Puerto Vallarta, México, 1999". Pero esa muerte temprana les parecía tan imposible, tan inaceptable, que preferían leer la segunda fecha como una alusión al día en que había compuesto el último poema de La palabra sobrevive. Cuando les confirmé la noticia, John y Dimitra se miraron y de pronto el sol les dio de Heno sobre el cuerpo, borrándolos o tal vez desplazándolos hacia otra realidad. Durante un rato me pareció que dejaba de verlos. Luego entramos en el auto en silencio y John me repitió entonces, en inglés, los versos de una carta que Carlos le había enviado meses antes de morir. Se los sabía de memoria: "Dios bueno, qué bueno fue, / quiérelo, nunca dejaste de quererlo". Mí travesía a Coventry acabó convirtiéndose así en una travesía hacia el pasado de Carlos, hacia lo que él había sido allí alguna vez y a lo que seguía siendo dentro de nosotros. Lo conocí en Washington, en 1983, cuando fui a cenar a la casa de sus padres. Era un niño serio y retraído, al que no oímos hablar mientras estábamos sentados a la mesa. Al final de la comida, tomó unas fotografías sin que nos diéramos cuenta y me mostró un álbum de dibujos espléndidos y alucinados. Volvimos a cruzarnos algunas otras veces, pero en total habré cambiado con él medio centenar de palabras. Sus frases, al menos cuando hablaba conmigo, eran cortantes, precisas, y ocultaban una pudorosa, muy secreta ternura. La última vez que estuvimos juntos fue en la Feria del Libro de Buenos Aires, en 1997, cuando presentó su libro de retratos. Lo noté abatido, con ganas de marcharse desde que llegó. "¿Estás bien?", le pregunté. "No -me dijo-. ¡Hace ya tanto tiempo que no estoy bien!" Ambos estábamos aludiendo a la enfermedad incurable que lo afectaba desde la infancia, aunque jamás nos atrevimos a nombrarla. John King me reveló a un Carlos que yo ni siquiera había vislumbrado. "Nos encantaba ir juntos al cine y al teatro -me contó---. Y hablar: hablábamos mucho. Él tenía el don de encontrar siempre el revés de las palabras, de trastornarlas, de entretejerlas, de hacer nudos con ellas. Movía las palabras de un lado a otro como si las soplara." Aquella tarde de Coventry, cuando nos detuvimos ante las ruinas del castillo de Kenil.worth, donde Isabel la Grande solía encontrarse en secreto con su favorito Robert Dudley, John recordó que Carlos había improvisado un poema cómico sobre la mítica -y falsa- virginidad de la reina, y que con la misma alegría con que lo inventó, lo olvidó al instante. La creación era en él no sólo un modo natural de vivir la vida sino también una derrota cotidiana de la muerte. 'Tios bueno, qué bueno fue, quiéreme, nunca dejaste de quererme." La existencia duele tanto En el auto de John King pasé frente a los hoteles de Warwick y de Strat:ford donde Carlos se había alojado tantas veces, y caminé por la calle Henley, donde él había caminado, buscando la casa natal de Shakespeare. Por la tarde, me sentó a comer un sándwích en Bíllesley Manor, donde cinco años antes él había comido el suyo junto a John y Dimitra, mientras los tres oían una canción de John Lennon. Después nos detuvimos a contemplar los císnes del río Avon, junto a la torre de la Royal Shakespeare Company. Los cisnes parecían íninóviles, suspendidos en el aire transparente, y uno de ellos, oculto entre los educados arbustos de la orilla, también cantaba. John recordó la noche en que Carlos, llevado por sus padres, entró en ese teatro por primera vez y vio la escena de un bosque en movimiento, con la que soñaría muchas veces, en muchos lugares. "Culpable de separarse de / la humanidad y vivir un sueño." Aunque John King conocía de primera mano algunos poemas de Carlos, le dije que no se perdiera la experiencia de leerlos todos juntos en La palabra sobrevive, que fue editado por Seix Barral con prólogo de Juan Goytisolo, epílogo de Julián Ríos y una dedicatoria de José Emilio Pacheco. Hay en esos poemas, le dije, una voz que es idéntica a sí misma desde "Corazón de gorrión", el primero, escrito cuando el autor tenía trece años, hasta el último, 'Amor, tu palabra impresa". Hay también una voluntad de no estilo que es la esencia misma de todo estilo, una rebelión desesperada contra el mundo y, a la vez, una comprensión precoz del mundo que sólo se encuentran en Rimbaud, en Kerouac, en Sylvia Plath, en Alejandra Pizarnik. Hay que ser joven y lúcido para que la existencia duela tanto, para que el cuerpo sienta tanto, para que la ternura duela tanto. Hay que sentir, como Carlos, que todos los días se puede perder todo para encontrar todo y para saber todo. Hubo en aquel día de Inglaterra un último azar que me impresionó más que ninguno. El tren en que volví a Londres, a las once de la noche, iba casi vacío. Casi todos los pasajeros que habían iniciado la travesía en Birmingham. bajaron en Coventry, y en el solitario vagón que ocupé encontré un libro olvidado: una biografía de Rimbaud escrita por Graham Robb, que reconstruye los años finales del poeta en Adén, en Harar, en Abisinia. Abrí el libro al azar y tropecé con esta carta del 10 de julio de 1882, que parecía haber sido escrita por Carlos Fuentes Lemus un siglo más tarde: "Yo también espero descansar un poco antes de morir. De todos modos, ya estoy acostumbrándome a los inconvenientes de la muerte. Me quejo, pero quejarme es mi modo de cantar". Carlos no se quejaba: cantaba. Desde la infancia, su lenguaje tuvo conciencia de la vecindad de la muerte, pero la observó siempre sin sobresalto, la vio acercarse con curiosidad, como si la muerte fuera, después de todo, otra forma de conocimiento, de aprendizaje, otra iluminación del cuerpo. Aunque no supe que Carlos fuera también poeta hasta después que murió, ya no puedo imaginarlo separado de sus poemas, no puedo recordarlo sino a través de ellos, con ellos, porque ahora sé cuánto los necesitaba para vivir y para ser, con cuánta intensa vida fue constru yendo él su callada muerte. Roland Barthes decía que hay escrituras libres de toda sujeción, ajenas a todo orden del lenguaje, escrituras del grado cero que nacen de la inocencia y que no se parecen a nada sino a sí mismas. Cualquier línea de La palabra sobrevive es inocencia que resucita vengándose de la muerte, como Sylvia Plath en sus diarios, o como Rimbaud en sus cartas desde el hospital de Marsella: "No me iré de aquí sin resistencia. / Tu palabra impresa es roca dura y fría. Cuando no existes, creces". ( LA NACION )
En Carlos Fuentes Lemus la creación era un modo natural de vivir la vida y una derrota cotidiana de la muerte,Tenía el don de encontrar el revés de las palabras, de trastornarlas, de entretejerlas, de hacer nudos con ellas