CANDIDO LOPEZ

naturaleza muerta con pejerreyes 1886 oleo sobre tela ,70x50.5 coleccion privada de buenos aires

velorio del primer soldado muerto perteneciente al batallon de guardias de san nicolas 1887/1902 oleo sobre tela 40x82cm,museo biblioteca de la casa de acuerdo de san nicolas provincia de buenos aires

soldados paraguayos heridos  prisioneros de la batalla de yatay  1892 oleo sobre tela  40x70cm museo nacional bellas artes buenos aires

invernada del ejercito oriental  5/04/1866/1887/1902/oleo sobre tela 50,4x150,8 museo nacional de bellas artes de buenos aires

batalla de tuyuti 24 de mayo de 1866 los batallones 4 y 6 de linea inician la batalla republica de paraguay 1889 oleo sobre tela  47x90 cm museo historico nacional de buenos aires

ataque al boqueron visto desde el potrero piris  1897 oleo sobre tela 78,5 x 197 cm museo historico nacional buenos aires

asalto de la 2 columna brasilera a curupayti 1894 oleo sobre tela 50,5x149,5 museo nacional de bellas artes buenos aires

despues de la batalla de curupayti 1893 oleo sobre tela 50,3x149,5 museo nacional de bellas artes de buenos aires

       
LA GUERRA DEL PARAGUAY
por Félix Luna

La Guerra de la Triple Alianza duró casi seis años, entre 1865 y 1870. Fue un episodio trágico, en el que perdieron la vida centenares de miles de personas, entre ellas la mayor parte de la población masculina del Paraguay.
Una serie de complejas manipulaciones diplomáticas sumadas a la megalomanía del dictador paraguayo Francisco Solano López y a la vocación expansionista del Imperio del Brasil arrastraron a nuestro país a un conflicto que no fue apoyado en el interior argentino y sólo suscitó entusiasmo en Buenos Aires. La juventud porteña se enroló fervorosamente y participó con heroísmo en las grandes batallas que se libraron, Boquerón, Estero Bellaco, Tuyutí, Curupaytí, las más grandes del continente sudamericano. El pueblo paraguayo siguió a su jefe con admirable fidelidad y la guerra sólo terminó cuando éste fue muerto por tropas brasileñas al frente de los últimos restos de su ejército.
La condición mediterránea del Paraguay condenaba a la derrota al pequeño país, a pesar de que el comienzo de la campaña le fue favorable con la ocupación de la ciudad argentina de Corrientes y la ciudad Brasileña de Uruguayana. Pero el esfuerzo combinado de los aliados, después del primer momento de desconcierto, logró rechazar la invasión y llevar el teatro de operaciones al territorio paraguayo, donde se desarrolló la mayor parte de la contienda.
Una contienda que, por otra parte, presenta elementos románticos y novelescos que la hacen muy atractiva a quienes la han investigado: por ejemplo, la férrea lealtad de Elisa Lynch a su amante, el mariscal López. 0 el ofrecimiento de un grupo de ex oficiales sudistas de la Guerra de Secesión para armar buques de corso al servicio del Paraguay y romper con ellos el bloqueo que asfixiaba a los paraguayos. 0 las tiernas cartas de Dominguito Sarmiento a su madre, en la víspera de la batalla de Curupaytí, donde moriría. 0 la feroz represión del dictador paraguayo hacia los supuestos conspiradores contra su régimen, entre ellos su madre y su hermano. Son anécdotas que subrayan el rigor de esta guerra y la decisión que animó a sus protagonistas.
Desde el punto de vista del interés nacional, el triunfo militar no aportó ninguna ventaja a la Argentina. Sólo puede registrarse, como saldo positivo, una consecuencia indirecta: la fragua de un ejército que sería en adelante un factor de estabilidad y aun de progreso, con su apoyo irrestricto al recién creado Estado nacional. Sin embargo, la memoria colectiva del país no registra la Guerra del Paraguay como un hecho glórioso. Masacrar a un pueblo hermano, por justas que hayan sido las motivaciones de la Argentina, no es algo que se recuerde con alegría. Más bien se mira retrospectivamente como algo a que se llegó por una cantidad de factores extraños y ajenos, una trágica resultante. Por otra parte, nuestro pueblo tuvo y sigue teniendo un estrecho vínculo con el pueblo paraguayo, descendiente del primer poblamiento en esta parte de América, y después de la guerra fueron miles los ciudadanos argentinos que se instalaron en el suelo guaraní, enlazándose por matrimonio con sus familias y estableciendo vínculos de todo tipo, que todavía se mantienen.
La "Guerra del Paraguay", como se la recordó popularmente, fue un episodio absurdo y a la vez fatal, indetenible. Muchos testimonios han quedado de sus épi. cas jornadas, sus sangrientas batallas, sus marchas bajo condiciones climáticas y geográficas adversas, los días y las noches en los campamentos, los muertos y herídos, las epidemias y los hospitales de sangre.Entre todo este cúmulo de recuerdos, sobresale la obra pictórica de Cándido López, ese oficial del batallón de San Nicolás que perdió su brazo derecho en acción de guerra y debió enseñar su arte al izquierdo para reconstruir en la tela sus memorias. Constituyen estas pinturas el testimonio ' más rico de aquellas jornadas. López supo reconstruir momentos y situaciones fijadas con realismo, sencillas, prolijas. No busca el virtuosismo ni pretende hacer alarde de su arte. Refleja soldados, carpas, armas, hospitales de sangre, apresx¿s bélicos, momentos de guerra y momentos de descanso. El exuberante paisaje es un marco que da el tono preciso a cada una de sus creaciones: los bosques, los arboles aislados, los ríos y los arroyos. La descripción pictórica de la naturaleza inscribe cada una de sus creaciones en su necesario entorno.De la seriedad con que trabajó dan cuenta los bocetos que quedan, donde apare cen esbozados los personajes y ambientes que después trasladará a las telas. Es raro que López pinte personajes individualmente, por importantes que hayan sido: prefiere dar vida a los soldados de los respectivos ejércitos, que forman, en su anonimato, una suerte de coro que protagoniza el gran drama de la guerra. Cuando se los contempla, uno tiene la sensación de que al reconstruir esos momentos, Cándido López debió de sentir las mismas agonías que habrá sentido en aquellas jornadas: el calor aplastante, la molestía del bicherío, la ansiedad de las vísperas de batallas, la euforia de los triunfos y la melancolía de las derrotas, el dolor por tantos camaradas muertos, la seguridad de estar cumpliendo con un deber patriótico. La Guerra del Paraguay fue una hecatombe que enfrentó a pueblos hermanos en una saga de coraje y sacrificio sin cuento. La obra de Cándido López es parte de nuestro patrimonio cultural: un hermoso fruto de arte, surgido de aquella tragedia sudamericana.

CÁNDIDO LÓPEZ
por Sylvia Iparraguirre

Hay en la historia del arte hombres de biografías' tumultuosas cuyas vidas son, en sí mismas, una obra, a veces maldita, a veces regocijante. Hay otros cuyo destino queda asociado a un hecho que por su magnitud los supera y arrastra, dejando en un costado de sombra su circunstancia personal. Éste fue el caso del pintor Cándido López, sin duda el más singular de los pintores argentinos; tal vez el más argentino de nuestros pintores. Su obra y la Guerra del Paraguay quedaron indi solublemente unidas en su voluntad de dar testimonio de aquel magnicidio que él, paradójicamente, relató casi en miniaturas.Existe un momento en que se cruzan su destino de pintor y su circunstancia de soldado armando una escena que cambiará su vida. El 22 de septiembre de 1866, Lopez al mando de una compañía de soldados, avanza hacia las trincheras paraguayas. En la confusión del ataque, un casco de granada le despedaza la mano derecha. El sable ha volado por el aire; López lo toma con la mano izquierda y continúa marchando al frente de sus hombres casi hasta alcanzar las posiciones enemigas. Unos pocos metros antes del objetivo, se desploma bajo un árbol, debilitado por la pérdida de sangre y el sol quemante. Allí lo auxilia su asistente, quien, minutos después, ante sus ojos atónitos, es muerto por otra granada. López hace un torniquete a su brazo y pierde la noción del tiempo; entre la debilidad y el sopor, oye el toque de retirada, vuelve en sí y ve al general Mitre, comandante del ejército aliado, en una actitud tan serena -así cuenta en su diario- que le infunde fuerzas para trasladarse por sus propios medios al campamento argentino de Curuzú Cuatiá. Desde allí es retirado del frente de batalla. Como resultado de esta herida, le será amputado el antebrazo derecho por arriba del codo. Cándido López tenía veintiséis años y su carrera de pintor, que había comenzado a los dieciocho, cambió radicalmente.A su regreso de ese infierno, dueño sin duda de una gran tenacidad, López adiestró su mano izquierda para la pintura. A partir de 1870 comenzará a pintar sobre una serie de noventa dibujos y bocetos a lápiz tomados en los lugares de los hechos, los óleos por los que se hará, casi un siglo más tarde, tan famoso como inclasificable. Porque lo cierto es que en la historia de la plástica argentina, Cándido López no se parece a nadie. Su obra no tiene parangón ni antecedentes. Durante décadas, su valor como pintor estuvo reducido al de cronista documental, casi sin crédito estético, lugar donde él mismo se coloca. Desaloja de su pintura toda intención personal, para ponerla al servicio de una narración que despliegue frente a los ojos del espectador la representación de los sucesos bélicos que vio y vivió. De la Guerra del Paraguay le quedará el apodo de "el manco de Curupaytí". Sobre su obra y sobre él mismo se abre cierta incógnita que, superados el olvido y el primer confinamiento de sus cuadros, sigue de algún modo en pie. Se trata de su resistencia a ser catalogado, de su posición excéntrica respecto de los pintores y de la pintura canónica de su tiempo. Seguramente existió en López una voluntad de subordinar sus vat¿res personales y estéticos a otros que le parecieron más nobles: los del patriotismo y el deber. Sentimientos que sin duda predominaron por encima de sus íntimas convicciones. Como un "deber documental", Cándido López presentó sus cuadros a la consideración de los demás. Así fue como en 1885, cuando el público vio por primera vez sus pinturas, expuestas en el Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, las juzgó de acuerdo con el criterio con que el propio autor las presentaba: como ilustraciones de la guerra. A esto se agregó cierta cuota de condescendencia hacia el autor, ya que se trataba de un inválido de guerra" que había pasado los últimos años pintando esas vistas panorámicas, en el retiro modesto de algún pueblo de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, aunque lo parecía, Cándido López no pintaba en el desierto. Corrían las décadas de 1880 y 1890, años en que los pintores argentinos, inspirados en el estilo de los movimientos vigentes en Europa, producían cuadros como los del pintor uruguayo Blanes sobre temas militares e históricos, o los de Sívori (El despertar de la criada, de 1887) o De La Cárcova (Sin pan y sin trabajo, de 1892/1893), ligados a una estética de la representación y a un momento sociopolítico del país. Cándido López permanece enigmáticamente al margen y no se plantea una relación con sus contemporáneos. Obsesivamente, sigue su camino solitario reconstruyendo compañías enteras de soldados diminutos sobre el fondo de un paisaje subtropical, y bajo cielos increíblemente hermosos. La misma escrupulosa minuciosidad vuelca en sus naturalezas muertas, algunas de ellas con detalles asombrosamente modernos. Cándido López nació en Buenos Aires el 29 de agosto de 1840, en el barrio de Montserrat. Moriría en esta misma ciudad en 1902. Sus padres eran Sebastián López y Josefa Viera, de larga estirpe criolla. Desde la infancia se hizo evidente la que sería su vocación y sus padres deciden mandarlo a estudiar con un maestro argentino, Carlos Descalzo, quien más tarde lo deriva al taller del pintor Baldassare Verazzi; el aprendizaje en este taller incluía dibujo, composición y perspectiva, corno base fundamental. Por lo que enseñaba Verazzi, sabemos de la formación académica de Cándido López. A los dieciocho años pinta su Autorretrato, que lo define en cuanto a técnica y en el que se advierte la limpia dez del trazo y su sensibilidad para el color. Es un poco el anuncio de su postre rior camino solitario dentro de la naciente pintura argentina. El modelo consagrado por la Academia sólo podía ver con desconcierto o descalificación las formas que no encajaban en él, y éste era el caso. Conociendo los elementos de la pintura clásica, se percibe la decisión temprana del pintor de apartarse de los criterios de la época y seguir su propio camino. Tal vez contribuyó a esta actitud solitaria y la fomentó, el hecho de vivir en pequeños pueblos como Mercedes o San Antonio de Areco.A partir de 1859 López forma una sociedad con el fotógrafo francés Juan Soulá y viaja por la provincia ofreciendo sus servicios de retratista al óleo y al daguerrotipo. En 1863 solicita una beca para perfeccionarse en Europa, como era de rigor en los pintores de mediados del siglo XIX. Bajo la gobernación de Valentín Alsina, durante el gobierno de Mitre se aprobó esta adjudicación de becas que estrecharía las relaciones históricas de la pintura argentina del siglo XIX con los modelos y estilos europeos. Cuestiones cireunstanciales de presupuesto determinaron que Cándido López no la obtuviera. Por este hecho, casi fortuito, su destino quedará sellado no lejos de la Argentina sino en convivencia directa con los conflictos que muy pronto estallarán en la Guerra de la Triple Alianza.En estos primeros años de su juventud es su mentor el maestro lombardo Ignacio Manzanoni Mitre era admirador y amigo de este pintor italiano, romántico, seguidor de Garibaldi y de los ideales liberales. Manzoni fue quizás el escalón para el acercamiento de Cándido López al mitrismo que lo llevará, poco después, a su enrolamiento voluntario. En junio de 1865, sorprendido en San Nicolás por la declaración de la guerra, se enroló en el Batallón de Voluntarios de San Nicolás que integraba el 1,r Ejército del general Wenceslao Paunero. De este cuerpo de ochocientos hombres, sólo treinta y ocho regresarían. Un año y medio más tarde, en febrero de 1867, después de haber participado en las principales batallas, se disponía su pase al Cuerpo de Inválidos como teniente primero. En 1872 se casa con Emilia Magallanes. Tuvieron doce hijos. Vivieron en dife-
rentes lugares, entre ellos Baradero, donde conoce al doctor Norberto Quirno Costa, quien oficia de mecenas brindándole su casa para pintar y alentándolo a seguir con sus óleos y a exponerlos. Por su intermedio, Cándido López realiza la única exposición individual de su vida: en Gimnasia y Esgrima de Buenos
Aires muestra veintinueve óleos sobre la guerra, Es importante reparar en el informe que la comisión, al cuidado de la muestra, eleva como aceptación. Y lo es porque el criterio con que se juzga a López será el que moldeará la opinión sobre su obra durante los próximos setenta años. En síntesis, allí se menciona la "escrupulosa severidad histórica" de un soldado que "ha compuesto y pintado esos cuadros con su mano izquierda y por sólo afición patriótica", cuadros que "no se presentan con pretensiones artísticas" y en los que incluso se señalan "imperfecciones de dibujo".El contexto en el que pintó Cándido López hace todavía más pronunciada su situación periférica En el país del ochenta, unificado por la aceptación de Buenos Aires como capital, es el auge de los viajes a Europa de las familias adineradas, el afianzamiento y expansión de la oligarquía ganadera, la arquitectura afrancesada y las colecciones de arte particulares.En esa Argentina, la construcción de los símbolos de la tradición nacional fue una empresa compleja. A los ojos de la clase dirigente, la inmigración puso en peligro el concepto de argentinidad que esta misma clase se propuso preservar, exaltando a los héroes y sus epopeyas. Era la época de la pintura de tema histórico, patrocinante de los símbolos que la Nación que se consolidaba quería proyectar entre el pueblo. ¿Respondió a su manera Cándido López a los mecanismos de formación del Estado argentino - moderno, que incluyó la creación de valores simbólicos como parte del proceso ¿Podemos pensar que su pintura forme parte de la intención de establecer en el imaginario colectivo los héroes y los hechos épicos que estimularan en los habitantes los sentimientos patrióticos de pertenencia a la Nación? Los gobiernos encargaban obras y los pintores pintaban, pero una vez más, no fue éste el caso de López. Nadie le encargó nada. Nada parece unirlo a la construcción de los héroes, aunque su pintura trate de una guerra tristemente victoriosa. No hay en sus cuadros ni héroes ni vencidos ni la exaltación de las facciones. Sólo altos árboles de maravilloso follaje; atareados campamentos; tristes y humeantes campos de batalla, en los que yacen hombres y caballos. Gloriosos amaneceres sobre los palmares; cruces de ríos y barcos perfectos balanceándose en las ondas del Paraná.Cándido López, en modestas casas de pueblos perdidos, vive y pinta en los márgenes de la naciente plástica argentina y parece apartarse de los designios nacionales para abarcar, desde esa visión panorámica que tanto utilizó, a todos los hombres de una guerra sangrienta, francamente impopular.

UN ARTISTA LARGO TIEMPO IGNORADO
por Laura Malosetti Costa

Cándido López (1840-1902) representa un caso extraño en la historia del arte argentino del siglo XIX. Es el único artista de su generación cuya obra fue rescatada del olvido y valorada mucho después de su muerte. Sin duda, las circunstancias de su vida y las características de sus cuadros contribuyeron a este fenómeno. En 1885, veinte años después de haber participado como voluntario en la Guerra del Paraguay (donde perdió su mano derecha), López realizó una única exposición de su serie de cuadros inspirados en la guerra. Tanto los organizadores de aquella muestra como la crítica periodística destacaron la "veracidad histórica" de sus pinturas y la "abnegación patriótica" de aquel inválido de guerra. No eran arte, eran documentos, y así las presentaba el pintor mismo. Hoy vemos en ellas una frescura en el dibujo, rica y compleja composición y tales sutilezas en el color que no dudamos en considerarlas objetos artísticos de alta calidad.Pese al reconocimiento de sus virtudes patrióticas, no le fue fácil interesar al Estado en la compra de sus cuadros, que finaIrr ' ¡ente fueron adquiridos para el Museo Histórico Nacional. Fue sólo en la década de 1930 cuando, gracias a la iniciativa del crítico e historiador José León Pagano, la obra de López hizo su ingreso en la historia del arte nacional. Al incluirla`en la exposición Un siglo de Arte en la Argentina en 1936, Pagano sostuvo sus valores estéticos y en 1949 publicó la primera monografía sobre el artista, instalando así -un interés que culminó con la gran exposición retrospectiva del Museo Nacional de Bellas Artes en 1971.Pero, sin duda, las claves de esta singular fortuna crítica deben buscarse en la distancia evidente entre las decisiones formales e iconográficas tomadas por Cándido López y las convenciones de su tiempo. Para su serie de la guerra, eligió un formato extraordinariamente apaisado (tres veces la altura en el ancho de la tela), que se prestaba para desplegar vastas escenas enfocadas desde un punto de vista alto, y que le permitía ofrecer una imagen de la guerra casi tan clara como un mapa, como una maqueta de las estrategias y acciones militares.Debe tenerse en cuenta que la Guerra del Paraguay fue la primera en ser ampliamente documentada gracias a la fotografía. Pero, a diferencia de otros artistas, López eligió pintar escenas imposibles de abarcar con una lente. Conocía las reglas académicas de la pintura y las técnicas de la fotografía, pero decidió tomar un camino diverso. La misma originalidad en el uso de los medios de representación puede percibirse en los bodegones o "cuadros de cocina" que realizó entre 1885 y 1895 con fines comerciales y que a veces firmó con su apellido al revés: Zepol.

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